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Por Dalia Perkulis
Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicolo... Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicología, educación, cine, tecnología, negocios, moda, cultura, farándula, política y hasta deportes. Activista de medios digitales. La típica cinéfila que le da insomnio si no recuerda el nombre del actor de una película. No nació para ser esposa ni mamá, pero ama a su esposo y a sus retoños ante todo. Síguela en twitter: @daliaperk (Leer más)
Síndrome del impostor
Por Dalia Perkulis
2 de diciembre, 2011
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Hay un dicho que tener hijos no te hace papá, así como un piano en la casa no te hace pianista.

Cuando te vuelves papá de la noche a la mañana te das cuenta de que cualquier pendejo puede ser papá.

Desde que te enteras que estás embarazada, te preguntas “¿cómo, así nomás, ya voy a ser mamá?” -mi caso, afortunadamente- “…si yo ni hice nada, obvio cogí, no soy la virgen inmaculada, pero sólo hice mi vida normal, pues, y resulta que ya voy a ser mamá”. “¿Así llegué yo a la vida de mis papás? Qué poco dramático para mi -según yo- tan emocionante vida”.

Como parafrasea Woody Allen a Shakespeare en Conocerás al hombre de tus sueños (2010): la vida es mucho drama y al final no pasa nada. Algo así.

Pero la paternidad como el evento supremo de trascendencia sólo encabeza una larga lista de “¿y eso es todo(s)?”, porque pasa igual con lo demás.

Cuando obtienes tu licencia te das cuenta de que cualquier pendejo maneja con licencia.

Cuando te conviertes en Licenciado te das cuenta de que cualquier pendejo tiene una carrera.

Cuando publicas, te das cuenta de que publican a cualquier pendejo.

Cuando eres mamá, insisto, lo mismo.

Cuando haces tu primer millón de dólares, igual. Ay ajá.

Y ya veo venir que cuando publique mi primera novela, mi ambición enferma por el momento, podría pasar lo mismo.

De esto se desprenden las siguientes conclusiones:

1. A lo mejor no soy tan pendeja.

2. A lo mejor el mundo está regido por pendejos. No desechar esta teoría.

3. A lo mejor hasta los más picudos se sienten -“en el fondo”- pendejos con suerte.

Y no hay que descartar la número 3 tampoco.

Es inconcebible situar a un ídolo como un ser inseguro que se siente favorecido por un factor de timing o suerte, por un buen contacto, o simplemente por una buena jugada, de mérito personal desde luego, pero finalmente “una buena jugada” que demerita en su propia percepción el crédito a su talento. Claro, la tenacidad, el tesón son méritos también, todo suma, pero hablamos de una sensación muy íntima de no considerarse suficientemente capaz.

Mi maestra y gurú, psicóloga y filósofa Patsy Rosemberg, me contó que existe una teoría psicológica que aun el más culto -el médico titular del simposio, el científico más destacado, el autor más leído- siente en el fondo temor a ser descubierto como un farsante que no sabe suficiente y que ocupa un puesto de supremacía que no merece del todo.

Esto, según Patsy, aplicaría desde a Einstein, hasta a Steve Jobs, García Márquez, Stephen King,  Woody Allen, Pink Floyd, Caifanes, Mark Zuckerberg, Gandhi, La Madre Teresa, Michelangelo Antonioni, el que se les ocurra. Piensen en su ídolo: Enrique Ganem, El Explicador, el director de un periódico, el CEO de Procter & Gamble, el presidente de un país, el dueño de un emporio: Carlos Slim.

¿Carlos Slim se sentirá un pendejo con suerte? A lo mejor sí, habría que preguntarle.

Sólo en esta última semana oí dos entrevistas a artistas exitosos admitiendo sus complejos. El actor Jesús Ochoa, ¡JESÚS OCHOA! le decía a Fernanda Familiar que cuando se ve en sus películas (le choca verse) no puede creer que la gente “se la cree”. El artista gráfico Jis, por su parte, quien ilustra el libro recién estrenado Blasfemias Ilustradas, Editorial Tusquets, con aforismos de Ari Volovich, decía que no dibuja bien, en entrevista con Reactor 105 desde la FIL, y que usa otros recursos para compensar esa carencia. Inverosímil.

No creo que Gisele Bündchen se sienta una guapa con suerte de haber sido descubierta y que se considere una farsante por ganar millones de dólares, mientras otra igual de buena gana un sueldo de barista en Starbucks, así como dudo que Xavier Velasco piense que hay miles de autores mejores que él pero no se han movido suficiente para publicar. Yo lo admiro muchísimo, pero vayan ustedes a saber, a lo mejor piensa eso.

A lo mejor Stephen Hawking, científico brillante, no se siente suficientemente inteligente. ¿Kate Winslet y Meryl Streep se sentirán actrices con suerte y no sólo estupendas actrices? Hitchcock, nuestro jefe en la oficina, el director de la empresa, nuestros padres: ¿se sentirán impostores?

No es mi intención equipararme con las personalidades que menciono, pero me parece interesantísimo el supuesto “síndrome del impostor”. ¿Y si sí atormenta a nuestros ídolos? Reitero y ya lo he escrito antes: los ídolos están bien de lejitos. No vayan a resultar humanos.

 

Lo más cómodo sería no esforzarme porque igual me va a dar esa sensacion frustrante de “¿y eso es todo?” cuando logre mis sueños más guajiros, pero quiero llegar ahí para averiguarlo. Quiero escribir mi novela, ser una gran mamá, una gran esposa, para afirmar que cualquier pendejo puede hacerlo.

 

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