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Por Dalia Perkulis
Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicolo... Periodista con experiencia en publicaciones de lo que sea: salud, sexualidad, nutrición, psicología, educación, cine, tecnología, negocios, moda, cultura, farándula, política y hasta deportes. Activista de medios digitales. La típica cinéfila que le da insomnio si no recuerda el nombre del actor de una película. No nació para ser esposa ni mamá, pero ama a su esposo y a sus retoños ante todo. Síguela en twitter: @daliaperk (Leer más)
Un regalo de las luchas
“Las luchas son en un teatro enorme con un ring de pelea al centro y muchísimas butacas como las del cine, alrededor y en el segundo y tercer piso”. Le platico a mi hija.
Por Dalia Perkulis
15 de octubre, 2012
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“Te van a encantar las luchas, prometo llevarte cuanto antes”, le dije a mi hija la mañana del sábado cuando vino corriendo a preguntarme qué le había traído. La noche anterior fui con mis cuates a ver la lucha libre en la Arena México y el plan era que mi hija viniera también, ya tenía su boleto y muchísimas ganas de ir, pero se enfermó de la garganta y no fue ni a la escuela ese día. Le prometí que le traería un regalo. Le di su listón negro con el nombre y la máscara del Místico en diamantina dorada y plateada, y su llavero también del Místico en blanco y dorado.

“¡Wow! ¿Me lo pones?” Le coloqué el listón en la frente y se lo amarré detrás de la cabeza. “¡Gracias ma!, ¿qué más vendían?

“¡Uf!”, respondí, “¡hubieras querido todo!”. Le platiqué que había máscaras y capas de luchador, mini rings con muñequitos luchadores, alcancías de cerdito con cara de luchador, listones como el que le traje, playeras con máscaras de luchador plateadas o de colores, chamarras, peluches, separadores, fotos, tarjetas, imanes, llaveros, plumas y tazas de luchadores en toda la manzana de la Arena México, clásica sede de luchas desde 1956, a una cuadra de Televisa Chapultepec en la Ciudad de México. Esta mercancía está a la venta a partir de las 5 de la tarde los mismos días que hay luchas, martes y viernes.

“Hay muchísimas más cosas de luchadores que en la Ciudadela, tienes que ver”. En el verano fuimos a La Ciudadela con los primos de mis retoños que estaban de visita porque se fueron a vivir a Estados Unidos. Tanto mis hijas como sus primos se quemaron en artículos de luchadores todo el presupuesto que les dimos para comprar en ese mercado de artesanías mexicanas. Ahí se enteraron de la existencia de Blue Demon, del Santo, del Hijo del Santo, del Rey Misterio y se dejaron retratar todos los primos, anfitriones y visitantes, en actitud retadora, ataviados con sus trajes. Cada uno tomó partido de inmediato por un luchador en esa ocasión por criterios tan variables como su apodo, el diseño de su uniforme o porque el otro ya estaba tomado.

“Las luchas son en un teatro enorme con un ring de pelea al centro y muchísimas butacas como las del cine, alrededor y en el segundo y tercer piso”. Le platico a mi hija.

“Hubo seis peleas anoche, una de parejas, una de uno contra uno y las demás de tres contra tres. Pelean “rudos” contra “técnicos”. Los rudos, me explicó un amigo, son más tramposos, por ejemplo, se meten a pelear dos contra uno y se supone que no se vale”. Le enseño el cartel de anoche que dan a la entrada, en papel de estraza tamaño carta, que dice en tinta roja los nombres de los luchadores que combatieron, en letras de menor a mayor tamaño según su fama e incluye fotos de los luchadores estelares, los de la última y más esperada pelea de la noche.

“A mí me gustó el Místico”, le confesé. “Está bien fuerte y hace unas acrobacias increíbles. Hacen muchas payasadas, pero también se pegan en serio y saben muy bien cómo aventarse unos sobre otros y cómo caer para no lastimarse muy duro. Si tú y yo nos aventamos así nos rompemos la espalda a la primera. Se ve que entrenan bastante, porque tienen muy buena condición física y están fuertes. Bueno, también hay unos gordos y aguados”.
“¿Y se lastimaron ayer?”, pregunta mi retoño.

“Pues yo creo que sí, junto a nosotros estaba sentada la esposa del Místico y nos dijo que llega a la casa bien lastimado, con heridas abiertas en la piel. También se dan unas cachetadas y unos manotazos en el torso que suenan hasta la última fila”.

“Aparte que se dan unos golpazos, luego se tiran afuera del ring y ahí se avientan unos sobre otros, muy cerca de la gente que está en primera fila, pero no le caen encima porque hay una valla de protección”.

“Mis amigas y yo les gritábamos: ‘guapo’, aunque papá está más guapo ¿eh?, ‘pégale’, ‘duro’, ‘gánale’, ‘al guapo no le den en la cara ni en sus partes privadas’ y echamos muchísimo relajo. Otras personas gritaban ‘mi abuelita pega más duro que tú’, o ‘no seas cobarde’, o la grosería con ‘p’, o ‘¡bu!’ y echaban porras, unos a los rudos y otros a los técnicos”.

“Salían una señoritas que ‘se creían las muy muy’, como dicen ustedes, desfilaban en bikini y tacones entre una pelea y otra y bailaban sexy. La gente les chiflafa ‘fiu fiu’ y también salían una por una con un letrero a anunciar que ya era la segunda o la tercera caída. Cada combate se pelea a dos de tres caídas, gana el luchador o el equipo que primero tire a su rival dos veces y lo mantenga tres segundos en el piso, hasta que el réferi dé tres golpes en la lona”.

“La mayoría traía mallones y máscaras brillosas de luchador, en diferentes colores, con muchas rayas, figuras y diamantina, pero otros salían sin máscara en unos shorts de licra con tirantes y el pecho expuesto”.

“Salió también el ‘Qué Monito’, un enano que era la mascota de los técnicos en un combate y estaba vestido de mini gorila de peluche verde y amarillo; en otra pelea, salió de mascota de los rudos un enano con una botarga parecida al Hombre Araña o al de La Mole, de Los Cuatro Fantásticos, una caricatura que estaba de moda antes. Cuando le pegaban al Qué Monito nos enojábamos y gritábamos ‘¡bu!’, se nos hacía muy injusto”.

“Hubo también una pelea entre tres luchadores mexicanos y tres japoneses. Nosotros gritábamos ‘México, México’ y por suerte sí ganaron los mexicanos…”

“¡Eh!”, celebra mi hija.

“…Aunque al último me cayeron muy bien los japoneses porque se despidieron muy bonito del público y uno de ellos besó el piso en señal de que les daba mucho gusto visitar nuestro país”.

“Unos malos que perdieron, al último cuando ya se habían retirado los técnicos vencedores, le quitaron la máscara dos de ellos a su compañero, que es lo peor que le pueden hacer a un luchador, y le empezaron a gritar que era un traidor y que perdieron por su culpa”.

“¿A su compañero de equipo? ¡Qué mala onda!”, reclama mi hija indignada, está atenta.

“Horrible”, la secundo, “pero creo que fue actuado. Son bien teatreros”.

“Había personajes de todo. Un técnico enorme súper galán que se llamaba Marco en puros shorts brillosos que decían su nombre en la pomba y botines, otro que se llamaba Máximo, traía un leotardo con faldita de licra rosa fosforescente y un hombro escotado como romano, hacía movimientos de señorita mientras luchaba, movía las pompis y mandaba besos. Ése no traía máscara, era un chaparrito de pelo negro corto. Había familias completas de papás con sus niños chiquitos. Tenemos que ir, te va a encantar y si quieres le decimos a tus amigos que vengan con sus mamás”, le ofrecí a mi hija de 8 con su listón en la frente del Místico, mi nuevo ídolo, y el llavero del mismo luchador en sus manos. “Sí mamá”, estaba fascinada.

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