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Luces de NY
Por Juan Alberto Vázquez
Reportero sin fuente que desde el otoño del 2017 goza de sus quince minutos de anonimato en Broo... Reportero sin fuente que desde el otoño del 2017 goza de sus quince minutos de anonimato en Brooklyn, donde cocina y cuida de sus hijos mientras su mujer trabaja. Sus vecinos lo llaman Mister mom. (Leer más)
Acabó el circo del Chapo, la farsa no
Ante esta borrachera de palmadas en la espalda y autoelogio desmedido, se antoja natural que el gobierno y la sociedad estadounidense hayan dejado para otro momento la cordura de preguntarse realmente qué se ganó con el contundente golpe de autoridad que implica condenar a un delincuente como el Chapo.
Por Juan Alberto Vázquez
19 de febrero, 2019
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La mañana siguiente al veredicto que declaró a Joaquín Archibaldo Guzmán Loera culpable de diez cargos relacionados con narcotráfico, la ciudad de Nueva York amaneció bañada de un sol esplendoroso, lejanos los nubarrones de la tormenta Nadia que causó una intensa nevada la tarde del día anterior.

Durante las últimas horas, los medios locales siguieron regodeándose en la noticia de la probable cadena perpetua al Chapo Guzmán cuyo perfil de enemigo público number one nos encargamos de moldear los medios, los gobiernos de México y Estados Unidos, y por supuesto que también el mismo acusado.

“Me siento orgulloso de ser norteamericano”, dijo el juez Brian Cogan tras leer el hoy histórico veredicto. “Nunca antes un jurado había hecho un trabajo tan completo y serio con todas las pruebas que tenían por revisar” continuó, dando el banderazo de salida al exagerado patriotismo que se expandió en el ánimo de la sociedad norteamericana.

Tras de Cogan siguió el fiscal del distrito, Richard Donoghue, que en una inusual aparición dijo que “era una victoria del pueblo” y dio crédito a los “valientes policías que aquí y en el extranjero” habían estado envueltos en este caso que al parecer condenara a Guzmán Loera a morir en una prisión de alta seguridad.

Uno de esos valientes guardianes del orden fue el oficial de la DEA Ray Donovan, quien dijo “bienvenido a Nueva York” al Chapo cuando se completó la extradición en enero del 2017. En calidad de héroe, Donovan realizó un tour de medios en los canales de televisión locales y nacionales donde no se guardó detalle alguno de las impresiones que le había causado tratar de cerca al monstruo enviado por el gobierno mexicano.

En esa gira de la victoria, Ray asestó un último golpe bajo sobre el ya inerme capo, al filtrar un video donde se mira al Chapo Guzmán llorando y realmente asustado luego de que les fuera entregado por la policía mexicana.

Sintiéndose parte esencial de esa condena que esta semana fue la noticia principal en medios de todo el mundo, la DEA llegó al absurdo de armar una campaña de reclutamiento en su página de Twitter con una imagen del Chapo Guzmán escoltado por un agente de esa corporación junto a la leyenda: “¿Quieres ir tras los capos de la droga más grandes del mundo? Averigua si tienes lo que se necesita”, animando a indecisos a sumarse a su equipo.

Ante esta borrachera de palmadas en la espalda y autoelogio desmedido, se antoja natural que el gobierno y la sociedad estadounidense hayan dejado para otro momento la cordura de preguntarse realmente qué se ganó con el contundente golpe de autoridad que implica condenar a un delincuente como el Chapo de Sinaloa.

Ante el modelo fallido impuesto por los Estados Unidos a los demás países, y que privilegia la captura de los capos del narcotráfico por encima de otras propuestas regulatorias con miras a cuidar la salud y ofrecer información, son poco alentadoras las palabras del propio fiscal Donoghue, quien insistió que “el departamento de justicia está comprometido con la erradicación de las organizaciones criminales que alimentan la epidemia de las drogas a los Estados Unidos”, como si en la realidad eso fuera posible. Sus palabras revelan el deseo de continuar la política de perseguir narcotraficantes como si fueran los únicos malos de esta historia, pues ya se dieron cuenta que extraditarlos y juzgarlos en alguna corte norteamericana además de justificar los millones invertidos les reporta muy buena publicidad.

Poco importa a la DEA y el FBI que sean México y otros países al sur del Río Bravo donde se dan las sangrientas luchas por una plaza cada que un liderazgo es detenido por las fuerzas de seguridad locales. ¿De verdad ignoran que al detener a un triste Chapo su lugar será ocupado por unos hijos desprovistos de cualquier empatía y dispuestos a apostarle a otras formas de criminalidad, como el secuestro, la trata, la extorsión, donde es la sociedad civil la que paga? El aparato de justicia de ambos países insiste en ignorar dicha regla y llegan al ridículo de juzgar a un capo por introducir mariguana cuando en los Estados Unidos ya hay ocho estados en los que esa sustancia es legal.

Hay una veladora encendida en la postura del presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, quien plantea una ruta distinta a la elegida por sus tres antecesores. Debemos recordar que Enrique Peña Nieto, Felipe Calderón y Vicente Fox coincidieron con Washington en la necesidad de enlistar una o dos centenas de objetivos prioritarios e ir por ellos sin importar las consecuencias. En la sala del juez Brian Cogan, en Brooklyn, escuchamos además que esa “guerra contra el narco” en realidad lo era contra los enemigos del Cártel de Sinaloa como en su momento lo denunciaron algunas investigaciones periodísticas como la que llevó a cabo la mexicana Anabel Hernández, pero también decenas de narcomantas atribuidas a los Zetas, los Beltrán Leyva o los Carrillo Fuentes.

AMLO no va a enfrentar más a los narcos. “La guerra acabó”, dijo en una de sus mañaneras y en los hechos ha mostrado que piensa aumentar la inversión en las áreas de reclutamiento del narco como Badiraguato, Sinaloa, donde la mañana del viernes 15 de febrero acudió a inaugurar programas sociales e impulsar la construcción de una universidad. La idea es que la falta de oportunidades, de las que tanto se quejó el Chapo Guzmán en las veces que pudo manifestar su postura, ya no sean el pretexto para enlistarse en el ejército del narco. También la titular de la SEGOB, Olga Sánchez Cordero, trajo como bandera prelectoral el tema de la legalización de la mariguana que ojalá retome ahora que ya se encuentra en la plenitud del poder.

Por supuesto que no bastan las buenas intenciones del nuevo presidente y sus aliados. Para enfrentar la indescifrable ecuación del narcotráfico entre México y los Estados Unidos es más apremiante desinflar el poder económico y destructivo de las organizaciones criminales, pues sin dinero y sin armas los Chapos del mundo poco pueden hacer y en ambas acciones es el gobierno de los Estados Unidos el que debe tomar la iniciativa.

Porque declararse víctima de los terribles narcos latinoamericanos es un cuento al que la fiscalía y sociedad norteamericana parece habérseles acabado con la cadena perpetua que le piensan aplicar al Chapo Guzmán.

Esta columna dejará descansar a Joaquín Guzmán y regresará la próxima entrega con temas más amables y fascinantes de los que rodean a una urbe tan hermosa como Nueva York.

Manténgase en sintonía.

 

@juansinatra

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