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Luces de NY
Por Juan Alberto Vázquez
Reportero sin fuente que desde el otoño del 2017 goza de sus quince minutos de anonimato en Broo... Reportero sin fuente que desde el otoño del 2017 goza de sus quince minutos de anonimato en Brooklyn, donde cocina y cuida de sus hijos mientras su mujer trabaja. Sus vecinos lo llaman Mister mom. (Leer más)
El amo de casa, para servir a usted
¿De esto se trata la ancestral labor de cuidar casa e hijos conocido como “trabajo casero no remunerado” del cual ahora formo parte, con mi mujer como la empoderada económicamente y yo haciendo mi mejor papel de Mr. Mom?
Por Juan Alberto Vázquez
15 de marzo, 2019
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Debido al cansancio y la frustración estoy considerando muy seriamente plasmar mi renuncia con carácter de irrevocable a esta sufrida, legendaria y laboriosa encomienda que consiste en ser el gerente operativo de asuntos relacionados con el hogar. Conozco mis límites y se los aseguro: No lo voy a lograr. No lo voy a lograr. No lo voy a lograr. Esa misma frase la he repetido todo este laborioso día en que he coronado un gran esfuerzo, alimentando a mis niños, limpiando la casa, intentando hacer mis actividades personales, yendo al supermercado, lavando trastes, preparando el desayuno y la comida, contando chistes para mantenerlos entretenidos, limpiando la mierda del gato, doblando las toallas…

Ha sido un día bastante jodido por ajetreado, pues luego de pasar a dejar al menor a la escuela, me seguí de frente cargando mi bolsa de Ikea, repleta de ropa sucia para mi visita semanal a la lavandería. Al volver a casa, comencé con el ritual de la comida −un espectacular caldito de pollo con verduras, arroz, acompañado de agua de limón− y luego de limpiar un poco la casa, me dediqué unos pocos minutos a procastinar en las redes sociales, antes de volver a buscar al chamaco a la escuela.

En el tiempo transcurrido no me pude ocupar de MIS asuntos (por ejemplo, terminar la lectura de El Otro México de Ricardo Raphael que ya debí haber entregado a la Biblioteca Pública de Brooklyn donde me lo prestaron) o avanzar en la escritura de un libro del cual luego les contaré. Porque justo estábamos en la sobremesa cuando recordé que debía ir a la farmacia para recoger las medicinas de mi hija adolescente a la que le acaban de sacar ¡tres! muelas del juicio de un jalón. La pobre está en su cama aun sedada y con la mirada perdida como si hubiera ido un fin de semana al festival de Woodstock, pero ya esos molares le estaba generando un dolor tal que parecía que hubiera dirigido una campaña para dañar a AMLO y no le hubiera funcionado.

Por si eso no fuera suficiente, tengo días luchando por evitar que me dé gripa vía infección en la garganta, y como una consulta de 120 dólares es aun más dolorosa para mi presupuesto que una muela del juicio, he tenido que recurrir a los métodos tradicionales que practicaban abuelas, tías y vecinas seudo brujas: tecitos de jengibre y canela en muchos casos acompañados de ajo y cebolla morada. O aquellos otros más salvajes que obligan a masticar ajo rebajado con miel y limón, sin dejar de lado los más moderados y exquisitos que sugieren consumo delicado de sustancias como ethanea, que ignoraba que existieran, entre otras recomendaciones a las que nunca tuve que recurrir en mi vida de empleado- asegurado-enganchado a los antibióticos del Doctor Simi.

Pero como en este país, los Yunait Steits, en el que tengo casi año y medio, casi no hay consultorios farmacéuticos en cada colonia, debo regresar a esas terapias naturistas tan legendarias que no sólo son la única salida y solución de muchas familias de escasos recursos, sino que además, lo he comprobado, funcionan pese a la mala publicidad que le hacen las grandes empresas farmacéuticas que ven en esos métodos el final de su millonario círculo vicioso.

Por lo pronto, para acelerar la digestión, tomé a mi niño de siete y medio años, lo vestí de karateca y llevé a su clase de taekwondo para respirar, de paso, un poco de aire invernal y agarrar algo de inspiración. Mientras él tiraba patadas yo me seguí hasta el pub del barrio a esperar frente a una cerveza IPA y el libro de Raphael.

Me dio mucho gusto que el ya decadente bar, cuyo edificio de dos plantas se halla a la venta, tenía buen quorum pues nunca hay más de cinco bebedores. Ahora había familias bebiendo y comiendo pizzas, enfermeros del hospital cercano, y un grupo de amigos cincuentones con ganas de celebrar y que no dejaban de meterle dólares a la rockola, cantando abrazados “Sara Smile” de Hall & Outes: lo que hace el alcohol. 

Luego de que volvimos a bañar al chamaco, lo cansé un poco más, tonteamos por ahí, lavé más trastes, preparé un té de jengibre con canela pues la madre de mis plebes también tiene principios de gripón loco, y finalmente todos ellos se acaban de ir a dormir.

Por lo que ahora que tengo tiempo de redactar, lo único que realmente quiero es dormir o encender la tv para ver ahora por cuántos puntos perdieron los Knicks de Nueva York. No me debí tomar esa deliciosa Lagunitas, pues el virus que aún no muere en mi interior al parecer también se emocionó.

¿De eso se trata la ancestral labor de cuidar casa e hijos conocido como “trabajo casero no remunerado” del cual ahora formo parte, con mi mujer como la empoderada económicamente y yo haciendo mi mejor papel de Mr. Mom? Por eso es que me repito tantas veces “no lo voy a lograr”, “esto no es para mí”, “no, no, no, no, no y no”.

Luego me acuerdo de la aburrida, reiterativa, demandante, injusta, enredada, macabra, corrupta y egocéntrica vida de oficinista… y se me pasa.

 

@juansinatra

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