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Luces de NY
Por Juan Alberto Vázquez
Reportero sin fuente que desde el otoño del 2017 goza de sus quince minutos de anonimato en Broo... Reportero sin fuente que desde el otoño del 2017 goza de sus quince minutos de anonimato en Brooklyn, donde cocina y cuida de sus hijos mientras su mujer trabaja. Sus vecinos lo llaman Mister mom. (Leer más)
Nadie quiere a de Blasio
¿Cómo es que se halla literalmente en la lona electoral quien llegó a ser líder de los progres y los pobres, dirigiendo esta ciudad de 9 millones de habitantes?
Por Juan Alberto Vázquez
13 de abril, 2019
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De unas semanas a la fecha los neoyorquinos hemos visto muy sonriente al alcalde de la ciudad, el demócrata Bill de Blasio.

Pero oteando el horizonte, no hay a la vista un triunfo por lo cual se pueda pasear orondo. Sucede que el normalmente arrogante y frío personaje se encuentra de nueva cuenta en precampaña y de ahí el motivo por el cual intenta ser agradable.

Esta vez la aspiración por abanderar a su partido en las elecciones del 2020 es la causa por la que en recientes fines de semanas lo hemos visto de gira con su inseparable esposa Chirlane McCray, en busca de simpatizantes que compartan el sueño de verlo despachar en la Casa Blanca.

Pero haciendo un corte en la primera quincena de abril, les podemos asegurar que los intentos de mister Bill han sido un completo fracaso.

Como pruebas de esa visible impotencia vamos a soslayar el evento de hace 4 fines de semana en Concord, New Hampshire, que sólo atrajo a unas 20 personas, y también aquel que quiso organizar en Iowa en el 2015, sintiéndose ya un ídolo en crecimiento, y para el cual convocó a la plana mayor demócrata que lo desairaron de forma tal que el anfitrión se vio en la necesidad de cancelarlo.

El gran problema del alcalde más alto, aunque no el más carismático, en la historia de Nueva York, es que ni siquiera a sus gobernados emociona. La empresa Quinnipiac preguntó a los habitantes de esta ciudad qué políticos locales les gustaría que se presentaran en el 2020 y sólo el 5 % lo mencionó a él. La mayoría se inclinó por el exalcalde Michael Bloomberg, la senadora Kirsten Gillibrand o el gobernador Cuomo. Incluso la joven promesa Alexandra Ocasio-Cortes aventajó a Bill de Blasio en dicho sondeo.

El falso liberal

El alcalde 109 que gobierna esta ciudad fue elegido por vez primera en el 2013 y reelegido en el 2017 para un nuevo periodo de cuatro años. Desde entonces, su popularidad ha caído tan bajo que ni siquiera tendría asegurado el triunfo en una elección local, en caso de querer presentarse una vez más.

En sus giras fallidas de semanas recientes ha presumido algunos de sus logros que incluso son orgullo para el ala radical de su partido. Los más relevantes son el haber implementado el preescolar universal en niños a partir de dos años y obligar a las empresas a pagar a sus empleados en días de enfermedad.

Debemos a de Blasio el plan Cero Tolerancia para accidentes en la calle, la reducción en el número de procesados en posesión de cannabis y el intento por ampliar las zonas con renta congelada en departamentos de alquiler. Se le reconoce de igual forma el programa para dotar de abogados gratuitos a los inmigrantes y el hacer llegar a los empleados de la ciudad los beneficios del Weight Watchers.

Y en duda quedan ciertos alcances como el haber bajado los índices de criminalidad y aumentado los del empleo y la graduación de estudiantes universitarios, que muchos analistas achacan al orden y crecimiento legado por los 20 años que Michael Bloomberg y Rudy Giuliani gobernaron, más que al talento del actual gobernante.

Pero entonces, ¿cómo es que se halla literalmente en la lona electoral quien llegó a ser líder de los progres y los pobres, dirigiendo esta ciudad de 9 millones de habitantes?

La caída del alcalde neoyorquino, multifactorial como suele ser la de los grandotes, se puede explicar desde muchos ángulos.

La primera mancha viene del inicio de su mandato cuando fue denunciado por tratar de implementar políticas para favorecer a los donantes de su campaña. Ese señalamiento de corrupción nunca se lo pudo sacudir pese a ser absuelto de cualquier culpabilidad por un juez.

Apenas hubo librado ese dique cuando anunció su intención de quitar los carruajes tirados por caballos, toda una tradición en Central Park y sus alrededores. Asímismo, buscó limitar el número de Ubers en circulación descubriéndose que, tanto en los caballos como en los taxis, lo que buscaba era de nueva cuenta beneficiar a sus donadores. El Consejo Municipal lo frenó en ambos casos.

Las pruebas que no halló el juez para condenarlo las ofrecía el mismo de Blasio en su estilo de gobernar y fue a partir de ahí que ya pocos le creyeron.

Si a esas sospechas de corrupción se le suma la gris personalidad de un neoyorquino arrogante, sin chispa y cuyo discurso se asemeja más al de un conferencista, pues ahí tenemos la receta para explicar su fracaso.

Luego de contar con el apoyo de celebridades, prestigio y un futuro brillante, podemos concluir que de Blasio, sencillamente la cruzazuleó.

Y los rumores en su contra son interminables. Por ejemplo, se habla de que que su terquedad por venir cada mañana a la YMCA de la avenida 9 de Brooklyn, en su querido barrio de Park Slope (por hoy vive en la Gracie Mansion en el Upper East Side de Manhattan), no sólo le hace perder tiempo, sino que además esas dos horas de ejercicio le pasan factura más tarde y lo obligan a echarse uno o más sueñitos reparadores.

Ni siquiera su inexplicable afición por los odiados Red Sox de Boston le debe restar tantos puntos a Mr. Bill como esa imagen de ser el narcoléptico gobernante de la “ciudad que nunca duerme”.

Por cierto, también vivo en Park Slope a donde Di Blasio regresará a vivir cuando finalice su mandato. Lo he visto en muchas ocasiones en esa misma YMCA donde compartimos suscripción. La primera llegó a pedalear en una bicicleta fija a mi lado y no me atreví a saludarlo siquiera pues los guardias que lo cuidaban a pocos metros y su expresión de Tanus a punto de derretir unos cuantos Avengers me intimidaron lo suficiente como para intentarlo.

Mientras ganábamos millas imaginarias, él viendo las noticias y yo un video donde recorría virtualmente un bosque encantado, noté que el buen Bill sacudía su brazo izquierdo como buscando liberar el estrés al que lo tiene sometido gobernar la ciudad más grande de los Estados Unidos.

La segunda vez fue aun más bochornoso pues esa mañana, antes de la ducha final, me pasé por el sauna de dos por tres metros donde el alcalde se hallaba cubierto sólo por una toalla de la cintura a las rodillas. Por supuesto que ignoró mi “morning”, y continuó meditabundo esperando que el calor extremo expulsara las toxinas que impiden el buen funcionamiento del cuerpo.

Otras veces que lo he visto a lo lejos no suele intercambiar ni una palabra con los demás usuarios del gimnasio lo cual, digo yo, refuerza la idea de su bajo carisma.

Como niño sin amor, de Blasio se halla sólo en su idea de candidatearse a la presidencia. Su esposa dijo en una entrevista que “no es el momento indicado” y sus más cercanos colaboradores consideran que en el Partido Demócrata hay muchas figuras que ya le comieron el mandado.

Él se aferra a la idea y les recuerda que, en anteriores elecciones cuando compitió para ser gobernador o abogado de la ciudad, iba a la saga de otros a los que finalmente terminó imponiéndose.

No parece ser el caso.

Una buena noticia para él es que tiene la opción de terminar su mandato al que le restan dos años e intentar reconstruir su imagen, impregnada del tufo oportunista de quien utiliza la política para escalar posiciones personales sin aportar algo por lo cual ser recordado. No le haría mal comenzar a reconfigurar también esa imagen de viejo cascarrabias que ha decido pelearse con todos.

Apuesto a que no pasa de mayo el urgente anuncio de que ha decidido bajarse de la carrera presidencial para concentrarse en su amada ciudad.

@juansinatra

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