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Mente Social
Por Guido Lara
Guido Lara es Presidente Fundador de LEXIA. Doctor en Teoría de la Comunicación y Métodos de I... Guido Lara es Presidente Fundador de LEXIA. Doctor en Teoría de la Comunicación y Métodos de Investigación Social por la Universidad Complutense de Madrid y comunicólogo de la Ibero. Ha asesorado campañas presidenciales, diseño de políticas públicas, modelos de negocio, construcción de marcas y mensajes publicitarios. Experto en consultoría basada en insights para generar soluciones de mercadotecnia, branding y comunicación. A caballo entre la capital del imperio azteca y la capital del imperio “yanqui”. Con su mirada de analista e intérprete de lo social nos pone un espejo para reflejarnos en las realidades, distintas pero ya no distantes, de México y Estados Unidos. (Leer más)
De grande quiero ser pendejo
La falta de ambición que nos caracteriza como sociedad tiene un correlato que nos corroe. Nos corroe la envidia. Se me antoja tener, ser o hacer lo que él o ella tiene pero no hago nada para lograrlo. Nomás se me antoja, pero no me fijo la meta, ni me pongo las pilas para no detenerme hasta alcanzarla.
Por Guido Lara
22 de mayo, 2013
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“Mira que coche trae ese pendejo, mira que viejorrón trae ese pendejo,

mira que ascenso le dieron a ese pendejo…”

 

Irla llevando, llegar a la quincena, irla pasando son mecanismos de sobrevivencia pero no de progreso. Son la tonada del conformismo y la mediocridad. Al mismo tiempo son caldo de cultivo de la envidia.

Los mexicanos tenemos un problema: somos poco ambiciosos y muy envidiosos. Cambiar este chip para dar cabida a la saludable ambición es la Décima Reforma Estructural de nuestra Mente Social.

La ambición es saludable cuando detona acciones que buscan conseguir metas para mejorar personal y profesionalmente. Es positiva cuando busca el desarrollo de mejores sociedades, organizaciones, instituciones, productos y servicios. Tiene su cara negativa cuando los fines que persiguen llevan consigo avaricia, depredación, deslealtad.

Es cierto, hay una ambición constructiva y otra destructiva, pero la falta de ambición solo puede ser dañina porque lastra a la persona y la pone a merced de circunstancias externas que pueden afectar sus condiciones de vida y la de la gente que lo rodea (en su familia, en un salón de clase, en una empresa).

 

“Sobrevivir no es prosperar”

Si no nos ponemos metas altas y ambiciosas. ¿Podremos algún día tener paz y seguridad en nuestras calles? ¿Podremos construir una sociedad sin groseras inequidades? ¿Podremos generar crecimiento y prosperidad económica? Si nuestra meta en la copa del mundo es ganar el famoso cuarto partido (el cual hemos perdido consecutivamente en los últimos 5 mundiales) lo que estamos haciendo es descalificarnos automáticamente para ganar el torneo. Si nuestra meta es sólo mejorar un poco los índices de seguridad, crecimiento económico o distribución riqueza, nos estamos condenando a sólo irla pasando, pero nunca mejorando de fondo y en serio.

La falta de ambición que nos caracteriza como sociedad tiene un correlato que nos corroe. Nos corroe la envidia. Y ojo, no hay “envidia de la buena”, la envidia sólo es mala, es una declaración de inferioridad,  es simplemente un infeccioso efecto secundario de la falta de ambición personal y colectiva. Se me antoja tener, ser o hacer lo que él o ella tiene pero no hago nada para lograrlo. Nomás se me antoja, pero no me fijo la meta, ni me pongo las pilas para no detenerme hasta alcanzarla.

A lo largo de mi carrera como investigador cualitativo, durante las múltiples sesiones de grupo que he analizado, la metáfora más recurrente para describir nuestro funcionamiento como sociedad es aquella de la cubeta de cangrejos donde los crustáceos se dedican fundamentalmente a no dejar subir al que tiene la ambición por escalar y salir de la cubeta.

Imagínense una cubeta con cangrejos que se pusieran la ambiciosa meta de salirse todos a la vez. Lo primero que tendrían que hacer es proponérselo y posteriormente trabajar unidos para lograrlo. Me niego a aceptar que estos estos cangrejos tuvieran necesariamente que tener otra nacionalidad y pasaporte. Podemos hacerlo nosotros pero para ello hay que reestructurar nuestra relación con la ambición y la envidia.

 

“Estar más o menos tranquilos, no perder la chamba, tener pa´pagar la renta, tener para librarla”

Millones de mexicanos tienen entre sus principales metas en la vida el estar tranquilos. La meta puede ser plenamente válida, la libertad de cada quien acaba donde comienza la de los otros y el estar tranquilos, sin duda puede ser bueno para la persona y para quienes lo rodean. No nos corresponde cuestionar las metas pero si podemos cuestionar los métodos. El conformismo y la mediocridad no son un buen camino para conquistar la tranquilidad, de hecho son la mejor receta para estar expuestos a perderla.

Nuestra Mente Social nos pone trampas. Detente un poco a pensar en una gran cantidad de personas que te caen gordas simplemente porque han tenido éxito en la vida o en tu esfera de actuación. A muchas de ellas ni las conoces o no sabes lo que han hecho para llegar a donde han llegado. Quizá la diferencia está en que ellas tuvieron la ambición y la disciplina para lograrlo.

Piaget ha demostrado que es a partir de las experiencias y las acciones como se crea el universo mental de cada quien. Popper, por su parte, nos invita a una pragmática de “los pequeños pasos” al corroborar que los pequeños cambios abren el camino para hacernos mejores. Hemos estado demasiado expuestos a un ecosistema mediocre y envidioso, hay que proceder a una limpia, poco a poco, con pasos pequeños pero incansables.

Es posible detonar cambios al modificar los marcos perceptuales y ensayar acciones novedosas y soluciones inesperadas. La onda es reestructurar haciendo las cosas de una manera diferente… Para empezar: qué tal si de grandes ya no queramos ser pendejos…  así quizá algún día lo logremos.



Las lexias de este texto y de toda la serie “11 Reformas estructurales de nuestra Mente Social” provienen de grupos de discusión realizados para elaborar la ponencia presentada en el Congreso AMAI 2012. Agradezco la participación generosa de Luis Woldenberg, Rubén Jara, Francisco Abundis, Ricardo Barrueta, Javier Alagón, Toño Turueño, Paloma Altolaguirre, Erika Puente, Mireia Ginebra, Beatriz Juárez Hagen, Eduardo Pérez, Armando Pichardo y Claudio Flores Thomas.

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