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Mente Social
Por Guido Lara
Guido Lara es Presidente Fundador de LEXIA. Doctor en Teoría de la Comunicación y Métodos de I... Guido Lara es Presidente Fundador de LEXIA. Doctor en Teoría de la Comunicación y Métodos de Investigación Social por la Universidad Complutense de Madrid y comunicólogo de la Ibero. Ha asesorado campañas presidenciales, diseño de políticas públicas, modelos de negocio, construcción de marcas y mensajes publicitarios. Experto en consultoría basada en insights para generar soluciones de mercadotecnia, branding y comunicación. A caballo entre la capital del imperio azteca y la capital del imperio “yanqui”. Con su mirada de analista e intérprete de lo social nos pone un espejo para reflejarnos en las realidades, distintas pero ya no distantes, de México y Estados Unidos. (Leer más)
Este presidente no se despeina
Enrique Peña Nieto se ganó la rifa del tigre al tomar las riendas de un poder ejecutivo acechado por miles de intereses antagónicos, enfrentados y en pie de lucha. Un reflejo inicial podría haber sido el hacerse guaje, sacarle al parche y dedicarse a medrar o legitimarse a partir de actos de fuerza. Sin embargo, ha demostrado con dichos y hechos que no va a contentarse con “administrar sino que su propósito es cambiar”.
Por Guido Lara
11 de septiembre, 2013
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Nada hay tan poco popular hoy en México que “atreverse” a hablar bien de Enrique Peña Nieto. Lo hacen cotidianamente los simpatizantes de su partido y varias plumas o micrófonos mercenarios fáciles de identificar y previsibles en su actuación. Lo raro es que una voz independiente y crítica se moje.

Pero la verdadera independencia no reside en oponerse sistemáticamente a los poderosos sino en observar con una perspectiva crítica sus acciones. Actualmente es miope pensar que todo depende de la figura presidencial. Hoy más que nunca sus poderes son limitados y acotados por los contrapesos institucionales y “para-institucionales” que hemos creado en nuestro país.

Peña Nieto se ganó la rifa del tigre al tomar las riendas de un poder ejecutivo acechado por miles de intereses antagónicos, enfrentados y en pie de lucha. Un reflejo inicial podría haber sido el hacerse guaje, sacarle al parche y dedicarse a medrar o legitimarse a partir de actos de fuerza. Sin embargo, ha demostrado con dichos y hechos que no va a contentarse con “administrar sino que su propósito es cambiar”, mover a México pues.

70 años de PRI y 12 años de PAN han dejado demasiadas asignaturas pendientes, oportunidades desperdiciadas, frustraciones, medias tintas, y al final del día, muchos, pero muchos resentimientos entre la población.

El gobierno de Peña Nieto está condenado a gobernar contras las cuerdas en constante lucha por no dejarse noquear por los múltiples enemigos y sin dejar de conectar golpes que le permitan ir avanzando en su agenda reformista.

El Pacto por México ha sido un instrumento político creativo e innovador, aunque frágil, para construir espacios de gobernabilidad. Qué lejos estamos hoy de un todopoderoso Presidente Salinas de Gortari que podía decir con facilidad a sus principales rivales en la oposición: “ni los veo ni los oigo”.

Hoy Peña Nieto escucha, ve, saluda, recibe y concede a todos los actores políticos. La audacia del centrismo no deja de ser audacia, pues hay peligros inminentes. Es riesgoso querer incluir intereses encontrados pues la mayoría de las veces “el que quiere quedar bien con todos, no queda bien con nadie”. Otro gran riesgo es el de la procreación de engendros legislativos forzados por la perseverante búsqueda de acuerdos.

Hay dos tradiciones priistas relevantes. La primera se basa en el autoritarismo, la imposición, el control y la censura. La segunda en la capacidad de incorporar fuerzas políticas disímbolas bajo un mismo techo y abrir espacios para el diálogo, la negociación y el acuerdo (los detractores de ésta dirán que también para la cooptación o la simple compra de voluntades). Está claro que Peña Nieto está privilegiando la segunda.

Entre gritos y sombrerazos, marchas y bloqueos, mentadas de madre y troleo en redes sociales este Presidente no se despeina, mantiene el temple y trabaja para avanzar su agenda reformista.

Es claro ver que es un perseguidor de equilibrios y balances, pero no del estancamiento. No se queda parado todo el tiempo, quizá lo hace cuando sea necesario. También sabe dar pasos para atrás. Están claros los pasos de su baile. Un paso para el frente, uno en diagonal a la izquierda, otro en diagonal al centro, otro al frente, otro en diagonal a la derecha. Siempre sin salirse de los márgenes más amplios del trayecto trazado por los carriles del Pacto por México.

Ni todo al Estado (como lo quiera la izquierda estatista), ni todo al Mercado (como lo quiere la derecha neoliberal), sino un poco a ambas para ir generando un balance y un equilibrio. El resultado ideal sería encontrar un modelo de desarrollo con un mejor Estado y un mejor Mercado de los que tenemos ahora. Este vals se ejemplifica con claridad con la reforma energética y la hacendaria que han sido presentadas para su discusión.

Con la reforma energética ha decidido arrancar la partida con las piezas blancas. La ofensiva busca sacudirse la sobredosis de estatismo con base en la cual hemos manejado nuestra industria petrolera. Abre espacios para el Mercado pero no se va al extremo, sino que busca un equilibrio al respetar el mantra de “el petróleo es nuestro” y mantener el control del recurso liberando muchas actividades hoy anquilosadas por híper-reglamentaciones que sólo sirven a intereses particulares y no al crecimiento económico. Es una reforma equilibrada. Chiquita y apocada para una perspectiva de libertades económicas y participación más atractiva para los inversionistas, pero es la reforma que puede “transitar”. No con el apoyo del PRD y la izquierda, pero no tan “agresiva” como para dinamitar el Pacto. Esta reforma está hecha para pasar con el apoyo del PAN. Es una buena reforma porque favorecerá el desarrollo de la industria, la apertura a la competencia, la atracción de inversiones, la creación de empresas y empleos. Al mismo tiempo está orientada a mantener el control sobre el recurso y seguir disfrutando de los beneficios de la renta petrolera.

Con la reforma hacendaria el péndulo se mueve hacia una buena defensa con las piezas negras. Se elimina el IVA a alimentos y medicinas, el cual era visto como “la bala de plata” de la reforma ya que ayudaba a ampliar la base fiscal y generar de una manera sencilla muchos recursos para el Estado. Todo impuesto es impopular y lo son más aquellos que afectan a las clases populares, las cuales aunque pagarían menos en términos absolutos lo harían más en términos proporcionales a sus egresos, lo cual no dejaría de tener un carácter recesivo. Al darle matanga al “impuesto al hambre y al dolor” -como fuera etiquetado el dichoso IVA a alimentos y medicinas- hace una concesión importante a la izquierda y hace todo para mantenerlos en el juego del Pacto. Está hecha para pasar con el apoyo del PRD. Ahora las mentadas vienen del otro lado del espectro, se juega rudo no con los pobres sino con los ricos y las clases media altas. Ahora se cargan las tintas en las minorías y los causantes cautivos. A pesar de todo, la reforma tiene una clara visión redistributiva.

Con las piezas blancas generar riqueza en la industria petrolera. Con las piezas negras redistribuir el ingreso en beneficio de las clases populares. Todo esto con muchos panes en el horno y muy atentos a que no se le queme ninguno.

El resultado es incierto aunque está claro a qué juega el Presidente: adiós al todo o nada. Te doy un poco, y te quito un poco, a los otros también, y allí vamos juntos avanzando.

Con todo el vendaval, las mentadas y los jitomatazos, el Presidente no se despeina y sigue hacia adelante. Las piezas se mueven, la agenda avanza y México se mueve (o al menos lo intenta).

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