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Mente Social
Por Guido Lara
Guido Lara es Presidente Fundador de LEXIA. Doctor en Teoría de la Comunicación y Métodos de I... Guido Lara es Presidente Fundador de LEXIA. Doctor en Teoría de la Comunicación y Métodos de Investigación Social por la Universidad Complutense de Madrid y comunicólogo de la Ibero. Ha asesorado campañas presidenciales, diseño de políticas públicas, modelos de negocio, construcción de marcas y mensajes publicitarios. Experto en consultoría basada en insights para generar soluciones de mercadotecnia, branding y comunicación. A caballo entre la capital del imperio azteca y la capital del imperio “yanqui”. Con su mirada de analista e intérprete de lo social nos pone un espejo para reflejarnos en las realidades, distintas pero ya no distantes, de México y Estados Unidos. (Leer más)
La compra del voto y la muerte de las ilusiones (1era parte)
Los procesos electorales contemporáneos han demostrado que la compra del voto funciona en la medida en que no existe entusiasmo, participación ni compromiso ciudadano en la elección.
Por Guido Lara
3 de julio, 2013
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Nuestro sistema democrático está enfermo. Sufre varias y diversas carencias. Sus órganos no funcionan óptimamente. Síntoma notorio es la centralidad de la compra del voto. Central tanto en las prácticas cotidianas como en las explicaciones de triunfos y derrotas.

Es un hecho que el perfil del puesto “operador político” en México tiene hoy más que ver con el de un gerente comercial capaz de atraer clientes y gestionar canales de distribución, más que el de un líder capaz de construir alianzas y acuerdos en torno a un programa de gobierno o agenda legislativa.

Los operadores políticos de la actualidad son más diestros en el manejo de padrones de beneficiarios de programas sociales que en la generación de mensajes inspiradores o propuestas de mejora aplicables a la función pública.

Si hay ilusión en una elección: la compra de voto le hace lo que el viento a Juárez

Los procesos electorales contemporáneos –fecha de arranque en 1997- han demostrado que la importancia de las actividades de compra del voto son inversamente proporcionales al grado de entusiasmo, participación y compromiso ciudadano envueltos en una elección.

El deseo de cambio de la ciudadanía alimentó las ilusiones despertadas por la campaña de Vicente Fox en el 2000 y no hubo compra de voto que lo impidiera. En el 2006 sólo la terquedad y auto boicot de AMLO minaron el entusiasmo que despertó su candidatura por la expectativa de un gobierno más cercano a las necesidades populares y la aspiración de una sociedad más equitativa. AMLO perdió por un pelito de 0.56% de los votos y en ese episodio electoral  se habló muy poco de compra de voto. Si AMLO hubiera hecho su parte en los últimos tres meses de la campaña, hubiera ganado caminando y la compra del voto hubiera sido anecdótica e inocua para el resultado final.

En 2000 y 2006 los votos comprados fueron menos relevantes por una simple razón. En esas elecciones predominaban emociones fuertes e ilusiones compartidas (2000) o enfrentadas (2006).  En 2000 sacar al PRI de los Pinos y la esperanza de inaugurar una nueva época en la vida del país. En 2006 la esperanza por una sociedad más justa y solidaria con los pobres enfrentada con el temor a un liderazgo mesiánico visto como un detonador de desorden económico y político.

Sin ilusiones: la elección se reduce a una competencia comercial y operativa

En 2012 la historia es diferente, pues vivimos una elección sin ilusiones. Ante el desplome de las alternativas y los claros fallos de Fox, Calderón y López Obrador, salió adelante la opción de Enrique Peña Nieto como una alternativa sustentada en el reflector y teflón mediático, el constante llamado al acuerdo y la unidad, más una sólida base territorial en la mayoría de las entidades federativas.

La izquierda y la derecha solitas exterminaron cualquier posibilidad de una ilusión mayoritaria que les diera el triunfo el año pasado. La izquierda al otorgarle su candidatura al inelegible bloqueador de Reforma (en lugar de a Marcelo Ebrard), y la derecha no al nombrar candidata a Josefina Vázquez Mota, sino al ser ella incapaz de desmarcarse de una continuidad Calderonista no deseada por nadie, salvo por la militancia dura del panismo.

El triunfo de EPN generó muy poco entusiasmo fuera de los aguerridos círculos priistas. Pero como “la esperanza no nos pertenece, le pertenece a la vida, es la misma vida defendiéndose”  (Cortázar dixit) hemos visto  algunos “brotes verdes” basados en la expectativa de un mayor oficio político, reflejos institucionales y mejor calificación de sus cuadros. Todo esto reflejado en los avances alcanzados dentro del Pacto por México. Sin embargo, en términos de ilusión y respaldo ciudadano, EPN y su gobierno enfrentan una situación compleja y cuesta arriba.

El largo y nutrido historial de promesas incumplidas e ilusiones defraudadas se vuelve contra todo actor político que trate de salir de la espiral de la desilusión.

Un estado de ánimo escéptico, desanimado y deprimido sólo favorece a los mercaderes de votos. El razonamiento de millones de electores es sencillo: si mi voto es irrelevante, al menos me echo un tamal, gano una despensa, obtengo la credencial para acceder a “un apoyo” o cualquier otro “concepto promocional” de temporada.

La compra del voto en el centro de las elecciones del 2013

Malo para ganar elecciones, pero imbatible en su capacidad para posicionar la explicación de sus derrotas, AMLO  preparó el terreno para señalar la compra de votos como el mecanismo de perpetuación del poder priista. Lo hizo entonces y lo sigue haciendo, con disciplina de mensaje, repite en Twitter: “Hace un año, comprando voluntades, millones de votos, la mafia del poder impuso a EPN para mantener la corrupción como forma de gobierno”.

Por su parte, el PAN de Gustavo Madero puso en jaque al Pacto por México al evidenciar las, no por cotidianas, nefastas marranadas del priismo veracruzano en sus acciones para lucrar electoralmente con la miseria. Tarde y con menos entusiasmo esta posición fue respaldada por el PRD de Jesús Zambrano. De manera que la compra del voto amenazó y muy probablemente amenazará (veamos que pasa después de este domingo) la joya de la corona peñista, el “mismísimo” Pacto por México.

Disminuir, acotar y castigar la compra del voto – delito no exclusivo del PRI, pues todos le entran según sus recursos y capacidades- es una muy sana iniciativa para mejorar nuestro proceso democrático. Es una bandera política ganadora y será muy deseable que tenga aterrizaje en la práctica con sanciones claras y rotundas.  Sin embargo, se quedará muy corta si la acción política se limita a contener la compra del voto y es omisa en generar mensajes, prácticas, políticas, programas, leyes y liderazgos ejemplares que restituyan las ilusiones en el electorado.

Erradicar la compra del voto cuyo éxito radica en lucrar con la miseria y la necesidad de la gente es un imperativo ético y un requisito para elevar la potencia de nuestro sistema democrático. Pero limitarse a ello es totalmente insuficiente para inyectar un nuevo entusiasmo ciudadano a la vida política.

Nuestra democracia está muy enferma y estos son los saldos de prácticas políticas que en lugar de movilizar las conciencias, los proyectos y las ideas lo que principalmente buscan es aferrarse a un hueso actuando como mañosos prestidigitadores del reparto de migajas.

 

 

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