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Mente Social
Por Guido Lara
Guido Lara es Presidente Fundador de LEXIA. Doctor en Teoría de la Comunicación y Métodos de I... Guido Lara es Presidente Fundador de LEXIA. Doctor en Teoría de la Comunicación y Métodos de Investigación Social por la Universidad Complutense de Madrid y comunicólogo de la Ibero. Ha asesorado campañas presidenciales, diseño de políticas públicas, modelos de negocio, construcción de marcas y mensajes publicitarios. Experto en consultoría basada en insights para generar soluciones de mercadotecnia, branding y comunicación. A caballo entre la capital del imperio azteca y la capital del imperio “yanqui”. Con su mirada de analista e intérprete de lo social nos pone un espejo para reflejarnos en las realidades, distintas pero ya no distantes, de México y Estados Unidos. (Leer más)
Ley del mínimo esfuerzo: la ley que más respetamos
Es rico echar la hueva, quién puede negarlo, el problema está en que si queremos mejorar en la escuela, en el trabajo, en el oficio, en la profesión, en la amistad y/o en la relaciones de pareja, limitarnos a la ley del mínimo esfuerzo nos estanca.
Por Guido Lara
1 de mayo, 2013
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Me parece que el mexicano sigue la ley del mínimo esfuerzo,

en la chamba, en la escuela en lo que sea, librarla nada más

Se ha dicho hasta el cansancio que los mexicanos no solemos respetar las leyes, pero no siempre es así, pues hay una a la que rendimos pleitesía y sacra obediencia: la ley del mínimo esfuerzo.

Es rico echar la hueva, quién puede negarlo, el problema está en que si queremos mejorar en la escuela, en el trabajo, en el oficio, en la profesión, en la amistad y/o en la relaciones de pareja, limitarnos a la ley del mínimo esfuerzo nos estanca. Ser mejores en estas áreas implica esfuerzo, disciplina y trabajo. Reestructurar nuestra relación con el esfuerzo y la disciplina es la Séptima Reforma estructural de nuestra Mente social.

Si lo que queremos es satisfacer las necesidades más básicas y sobrevivir, la ley del mínimo esfuerzo es una buena guía para lograrlo, pues el camino más corto implica siempre un mínimo consumo de energía y recursos. Sin embargo, si de lo que se trata es de mejorar y evolucionar, la onda es subvertir y trastocar nuestra pulsión pro-hueva. 

Me enfocaré en las implicaciones que la ley del mínimo esfuerzo tiene para nuestra educación, productividad y salud como sociedad.

Disciplina y esfuerzo generan grandes rendimientos educativos

Recientes estudios han demostrado que para lograr que los niños y los jóvenes sigan mejorando en la escuela nada hay más valioso que reconocer y estimular su esfuerzo y disciplina. Hacerlo así asegura que la motivación interior sea el motor que genere que cada alumno siga creciendo y mejorando. Estos estudios señalan que el mensaje adecuado es “te felicito por tu esfuerzo y dedicación” y no el “te felicito porque eres muy listo”, ya que este último hace que el estudiante se enfoque más en mantener su imagen de “inteligente” en mayor medida que en la de seguir esforzándose.

Ahora pensemos en la baja exigencia condensada en el dicho “más de seis es vanidad” que, aunque divertida, ilustra nuestro apego por el mínimo esfuerzo. Imaginemos el daño que hacen las políticas del “pase automático” a las universidades públicas o ese otro “pase automático” a la oligarquía que supuestamente brinda el egresar de las universidades privadas a las que acuden los hijos de las clases acomodadas. Es perversa la inexistencia de incentivos meritocráticos para acceder a las mejores universidades. A las privadas ingresan simplemente quienes pueden pagarlo y a las públicas quienes hicieron cola a tiempo en la institución atinada (cabe mencionar el ligero acento meritocrático que implica el Examen Nacional de Ingreso a la Educación Media Superior EXANI-I).

Esto es totalmente diferente a lo que sucede en los países más desarrollados a los que, me imagino, nos queremos parecer. En ellos los procesos de selección y admisión están diseñados para atraer a los mejores estudiantes (no tanto a los “más listos” ni mucho menos “a los que pueden pagar” sino a los que se han esforzado más en su proceso de preparación). De esta manera las mejores universidades no sólo captan IQ´s sino jóvenes forjados en la disciplina y el valor del esfuerzo.

Sólo entre 6 y 7% de los interesados en ingresar a Harvard, Yale, Princeton y Columbia fueron aceptados este año. La elite que ingresa lo ha logrado por méritos propios. Algo revelador es saber que quienes no entran ahora, pero mantienen sus miras altas, su constancia y disciplina les irá igual de bien e inclusive mejor que al promedio. En los últimos años varios estudios de monitoreo de egresados han demostrado que casi tiene el mismo valor ingresar o no a Harvard, siempre y cuando el estudiante mantenga su mística de compromiso, disciplina y superación.

Los invito a pensar dos veces ese reflejo que tenemos de “chiquear” a nuestros hijos en relación a “la mucha tarea que les dejan” y “lo tanto que se desvela estudiando”, “pobechita está muy cansada”. El futuro no va a ser condescendiente con medianías y mediocridades.

Nadie trabaja tanto –¿y tan mal?– como nosotros

Que los mexicanos no trabajamos es un mito. El estereotipo del mexicano sentado a la sombra de un cactus, inmóvil y protegido por un gran sombrero es impreciso. Medición tras medición se demuestra que los mexicanos destacamos por las horas que pasamos en el trabajo. La Ciudad de México está a la cabeza de las horas trabajadas en ¡todas las ciudades del mundo!

La bronca es que estar en el trabajo no equivale a trabajar productivamente. Solemos hacerlo de manera indisciplinada, poco metódica y desordenada. Aquí la palabra clave es concentración, llevar a cabo cualquier tarea de manera enfocada y dedicada nos permite ir mejorando. Concentrarse implica esfuerzo y disciplina.

La práctica hace al maestro, las famosas 10 mil horas de Malcolm Gladwell para graduarse en el dominio de un oficio serán válidas si se llevan a cabo de manera concentrada y no papalotenado o chacoteando.

Una nación obesa y dejada 

No se nos da muy bien la disciplina, ve a donde corren en Chapultepec

la primera quincena de Enero y vete la primera quincena de marzo,

hay 83% menos de corredores

La epidemia de obesidad que sufrimos como sociedad debe mucho de su existencia al predominio de la ley del mínimo esfuerzo. Indisciplinados para comer, indisciplinados para mover el bote y hacer ejercicio con regularidad. Indisciplinados para enseñar a comer a nuestros hijos.

Más allá de las predisposiciones genéticas que seguramente inciden en el fenómeno que nos coloca en el nada decoroso segundo lugar mundial, es evidente que somos realmente débiles antes esas gorditas de chicharrón, el sexto burrito de machaca o esas refrescantes caguamas. Huevonazos para levantarnos temprano para hacer ejercicio o correr y casi impedidos para llevar a cabo actividades deportivas de manera regular y sistemática. Morosos y omisos en la ardua tarea de “litigar” diariamente con nuestros hijos para enseñarles a tener una relación equilibrada con los deliciosos sabores de la grasa, el azúcar y la sal.

Hace poco unos amigos holandeses me contaban que en su país los domingos son los días con mayor actividad en materia de urgencias hospitalarias debido al elevado número de competencias deportivas en las que participan todos: mamás, papás e hijos. Acá en México me imagino que también la actividad hospitalaria ha de estar fuerte pero por sobredosis de chilaquiles consumidos justo antes o después de acostarnos un domingo.

Muchos estudios dedicados a comprender las causas psicológicas de la obesidad la refieren a un estado de abandono, a una renuncia al mundo y sus exigencias. Abandonar el propio cuerpo es a veces otro resultado de respetar a cabalidad la ley del mínimo esfuerzo.

No toda ley hay que respetarla, menos cuando sienta las bases de nuestra degradación. Derogar la ley del mínimo esfuerzo será una gran Reforma Estructural de nuestra Mente social.


Las lexias de este texto y de toda la serie “11 Reformas estructurales de nuestra Mente Social” provienen de grupos de discusión realizados para elaborar la ponencia presentada en el Congreso AMAI 2012. Agradezco la participación generosa de Luis Woldenberg, Rubén Jara, Francisco Abundis, Ricardo Barrueta, Javier Alagón, Toño Turueño, Paloma Altolaguirre, Erika Puente, Mireia Ginebra, Beatriz Juárez Hagen, Eduardo Pérez, Armando Pichardo y Claudio Flores Thomas.

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