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Mente Social
Por Guido Lara
Guido Lara es Presidente Fundador de LEXIA. Doctor en Teoría de la Comunicación y Métodos de I... Guido Lara es Presidente Fundador de LEXIA. Doctor en Teoría de la Comunicación y Métodos de Investigación Social por la Universidad Complutense de Madrid y comunicólogo de la Ibero. Ha asesorado campañas presidenciales, diseño de políticas públicas, modelos de negocio, construcción de marcas y mensajes publicitarios. Experto en consultoría basada en insights para generar soluciones de mercadotecnia, branding y comunicación. A caballo entre la capital del imperio azteca y la capital del imperio “yanqui”. Con su mirada de analista e intérprete de lo social nos pone un espejo para reflejarnos en las realidades, distintas pero ya no distantes, de México y Estados Unidos. (Leer más)
Papa pobre o pobre Papa
Pobre del Papa, ha de ser muy agobiante defender lo indefendible. En la época contemporánea el papado ha estado contra la pared al no converger con la agenda de las libertades sociales ni con la de la transparencia, acorazándose en dogmas retrógrados (ay el sexo, ay maldito sexo) y prácticas delincuenciales (fraudes multimillonarios y protección a pederastas).
Por Guido Lara
31 de julio, 2013
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1. Papa pobre

El Papa a la ofensiva.

El Papa Francisco fue a Brasil a encabezar la Jornada Mundial de la Juventud y le fue bien porque tuvo un espacio inmejorable para fijar con claridad la prioridad de su papado: A lo AMLO, el mensaje es claro – Primero los pobres.

Es una buena noticia para los católicos –subrayo que no me encuentro entre sus filas– y para el mundo en general, porque la influencia y resonancia del púlpito del Obispo de Roma tienen gran impacto global, especialmente en Latinoamérica y notablemente en México donde –como dice Dany Arizpe– la gente cree más en el Papa que en Dios.

Es una buena noticia porque la Iglesia Católica será sacudida por la “revolución de la sencillez” del Papa Francisco, que desde la elección de su “brand name” inició los simbólicos pasos hacia un viraje a la humildad y la cercanía con quienes más lo necesitan.

Ha mandado mensajes claros, tanto a los acomodaticios jerarcas como a los curitas de pueblo, para que dejen atrás sus aposentos y salgan al encuentro con la gente: “No podemos quedarnos enclaustrados en la parroquia, en nuestra comunidad, cuando tantas personas están esperando el Evangelio (…) Los obispos han de ser pastores, cercanos a la gente (…). Hombres que amen la pobreza, sea la pobreza interior como libertad ante el Señor, sea la pobreza exterior como simplicidad y austeridad de vida. Hombres que no tengan ‘psicología de príncipes’” (¡sóbate Onésimo!).

El mensaje es claro: ¡A tomar la calle! Y este llamado no se limita a monjas y sacerdotes sino que incluye a los jóvenes, a quienes arengó a ser “revolucionarios que vayan contracorriente”. En otro momento dijo: “Quiero que salgan a la calle a armar lío, quiero que la Iglesia salga a la calle, quiero que la Iglesia abandone la mundanidad, la comodidad y el clericalismo, que dejemos de estar encerrados en nosotros mismos. Que me perdonen los obispos y los curas, pero ése es mi consejo”.

Autodenominado cura callejero, en medio de una ciudad peligrosa como Río de Janeiro, su decisión ha sido la de no refugiarse ni esconderse: “La seguridad es fiarse de un pueblo. Siempre existe el peligro de que un loco haga algo, pero la verdadera locura es poner un espacio blindado entre el obispo y el pueblo. Prefiero el riesgo a esa locura. La cercanía nos hace bien a todos”.

El recuerdo reciente de un Benedicto XVI gris, hermético y distante, o el del beato Juan Pablo II sabio encantador de multitudes –más por su simpatía que por sus mensajes- contrasta con la de un Papa con agenda de cambio como Francisco, quien sin temblarle la voz les dice a los jóvenes: “No sean cobardes, no balconeen la vida, no se queden mirando en el balcón sin participar, entrad en ella, como hizo Jesús, y construid un mundo mejor y más justo”.

 

II. Pobre Papa

El Papa a la defensiva.

Pobre del Papa, ha de ser muy agobiante defender lo indefendible. En la época contemporánea el papado ha estado contra la pared al no converger con la agenda de las libertades sociales ni con la de la transparencia, acorazándose en dogmas retrógrados (ay el sexo, ay maldito sexo) y prácticas delincuenciales (fraudes multimillonarios y protección a pederastas).

Francisco le entra al toro y responde preguntas. Es sintomático el breve tiempo que le dedica a responder. Lo hace para no sacarle al parche, no deja espacios vacíos; sin embargo es claro que si fuera por él no tocaría esos temas. Es evidente en la entrevista concedida a medios internacionales donde ante el aborto y el matrimonio homosexual “defiende la posición institucional, pero no se extiende”, como lo ha señalado el enviado de El País. Es claro que no es la prioridad de su agenda: “La Iglesia se ha expresado ya perfectamente sobre eso, no era necesario volver sobre eso, como tampoco hablé sobre la estafa, la mentira u otras cosas sobre las cuales la Iglesia tiene una doctrina clara. No era necesario hablar de eso, sino de las cosas positivas que abren camino a los chicos”.

Su estrategia es atrincherarse en las posiciones de la Iglesia conservadora, aunque poco a poco va dejando caer leves matices progres.

Sobre la participación de las mujeres  en la Iglesia: “no nos podemos limitar a las mujeres monaguillo, a la presidenta de Cáritas, a la catequista (…). Tiene que haber algo más, hay que hacer una profunda teología de la mujer. En cuanto a la ordenación de las mujeres, la Iglesia ha hablado y dice no. Lo dijo Juan Pablo II, pero con una formulación definitiva. Esa puerta está cerrada. Pero sobre esto quiero decirles algo: la Virgen María era más importante que los apóstoles y que los obispos y que los diáconos y los sacerdotes. La mujer en la Iglesia es más importante que los obispos y que los curas”.

Sobre los homosexuales: “Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarlo? El catecismo de la Iglesia católica lo explica de forma muy bella. Dice que no se debe marginar a estas personas por eso. Hay que integrarlas en la sociedad. El problema no es tener esta tendencia. Debemos ser hermanos”.

Aunque aún se queda corto con un trato verdaderamente incluyente a los homosexuales y a las mujeres, en ambos casos, sus pasos, aunque mínimos, no son hacia atrás sino hacia adelante.

Sobre los escándalos financieros, con frases sugerentes como “ya saben que hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece”, matiza el peso de los escándalos para poner en valor a quienes hacen bien su trabajo en estas instituciones. Pero no funge como tapadera y señala: “tenemos este monseñor en prisión (Nunzio Scarano, acusado de lavado de dinero) y no ha ido a la cárcel porque se pareciera precisamente a la beata Imelda”.

Indignante y reprobable ha sido la evidencia de la protección a pederastas de la talla de Marcial Maciel, entre muchos más. Aquí también hace un deslinde relevante al distinguir entre pecado y delito. Unos se perdonan, los otros deben castigarse: “muchas veces en la Iglesia se va a buscar los pecados de juventud (…). No los delitos, los delitos son otra cosa. Los abusos de menores son delitos. Me refiero a los pecados. Pero si una persona —laico, cura o monja— comete un pecado y luego se arrepiente, el Señor la perdona”.

La Iglesia Católica ha puesto en el timón a un Papa que quiere llevarla a otros puertos y romper la inercia palaciega y el desapego con los humildes. Arranca una lucha que toca múltiples intereses, prejuicios y zonas de confort. ¿Ganará el Papa pobre? O al final diremos… pobre Papa.

 

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