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Mente Social
Por Guido Lara
Guido Lara es Presidente Fundador de LEXIA. Doctor en Teoría de la Comunicación y Métodos de I... Guido Lara es Presidente Fundador de LEXIA. Doctor en Teoría de la Comunicación y Métodos de Investigación Social por la Universidad Complutense de Madrid y comunicólogo de la Ibero. Ha asesorado campañas presidenciales, diseño de políticas públicas, modelos de negocio, construcción de marcas y mensajes publicitarios. Experto en consultoría basada en insights para generar soluciones de mercadotecnia, branding y comunicación. A caballo entre la capital del imperio azteca y la capital del imperio “yanqui”. Con su mirada de analista e intérprete de lo social nos pone un espejo para reflejarnos en las realidades, distintas pero ya no distantes, de México y Estados Unidos. (Leer más)
Péguenle al IFE o el punching bag de nuestras miserias
Sólo tardamos seis años darle en la madre a la confianza en las instituciones y a un proceso ciudadanizado en el que participan millones de mexicanos de todas las regiones, las educaciones y las inclinaciones.
Por Guido Lara
11 de diciembre, 2013
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La sociedad mexicana y sus actores políticos y ciudadanos crearon una Institución ejemplar: ciudadana, transparente, profesionalizada, eficiente y confiable: el IFE.

El IFE tuvo el 2 de Julio del 2000 su momento estelar: organizó, cuidó y vigiló las elecciones presidenciales que significaron la alternancia. Lo hizo bien, firme, sobrio, institucional. Lamentablemente no somos buenos para fortalecer nuestras grandes conquistas políticas y desde entonces lo hemos sometido a duras presiones que lo han afectado.

Desde entonces el IFE ha soportado múltiples embates, su cuerpo y su rostro muestran las cicatrices del camino. Fortalecido en algunos aspectos, debilitado en otros, ahora transfigurado en INE -no sólo nuevo nombre sino nueva responsabilidades-.

La tentación de pegarle al árbitro es la salida fácil. Recuerdo muy bien cuando Vicente Fox en plena campaña acusó al IFE de hacer “marranadas” porque los consejeros dirimieron que un logotipo con su imagen fusionada con los logos del PAN y el Verde no iría en la boleta electoral. Recuerdo cómo lo convencimos de no minar las emergentes instituciones de la democracia, además de no resultar muy inteligente golpetear a la única institución que tarde o temprano le podía levantar la mano como ganador de la contienda.

El desgaste del IFE ciudadano por parte de los partidos políticos había empezado ya cuando en la renovación de Consejeros realizada en 2003 se impuso el principio de cuotas y se dejó fuera de la jugada al PRD, lo que prefiguraba un conflicto futuro dada la vulnerabilidad de un arbitro cuestionado.

Posteriormente el mismo Fox sembró el huevo de la serpiente al emprender el proceso de desafuero contra López Obrador, quien atinadamente lo llamó traidor a la democracia y se posicionó como un firme y sólido candidato opositor al demostrar que lo querían “sacar a la mala” de la competencia electoral. Este antecedente fue fatídico porque dejó abonado el terreno para que la semilla de la acusación de fraude en 2006 germinara con facilidad en la mente de al menos un tercio de la población mexicana.

Exactamente seis años después del gran momento de la alternancia vivido el 2 de julio del 2000, lo que entonces fue luz ahora era una gran sombra. López Obrador, carente de temple, sentido de Estado y visión estratégica rechaza el resultado de la elección y habla de un fraude generalizado. Sólo nos duró seis años darle en la madre a la confianza en las instituciones y a un proceso ciudadanizado en el que participan millones de mexicanos de todas las regiones, las educaciones y las inclinaciones.

En ese momento López Obrador optó, creo que de manera inconsciente, en ser el abanderado eterno del México derrotado, frustrado, resentido. Hoy lo sigue abanderando, pero en lugar de curar nuestras heridas y ver hacia adelante –qué lejos, qué terriblemente lejos está de Nelson Mandela- nos demostró sus terribles limitaciones como hombre de Estado. Tremendo luchador social, pésimo estadista.

En un periodo breve de unos cuantos meses (marzo a julio del 2006), la acumulación de errores de López Obrador -la soberbia, la ausencia en el debate, la chachalaca, el berrinche y la acusación de fraude, la toma de Reforma- le hicieron perder dos elecciones presidenciales que pudo haber ganado con facilidad, las de 2006 y las del 2012 – y si su corazón valiente lo sigue acompañando también podremos decir que allí perdió las del 2018.

Se imaginan lo que hubiera pasado en 2012 si en lugar de jugarle al Presidente legítimo, una payasada, hubiera reconocido el resultado de la elección y se hubiera comportado como un legítimo líder de la oposición. Hubiera ganado caminando. No lo hizo y dejó el camino libre para el reagrupamiento del PRI en torno a la eficacia política y comunicacional de Enrique Peña Nieto.

López Obrador ha causado severos daños, de fondo, dolorosos e innecesario tanto a los anhelos de la mayoría de la sociedad mexicana por tener un gobierno más cercano a sus necesidades, más parejo, más justo y más solidario, como a la Institución por excelencia de la democracia mexicana, al IFE.

Al mandar “al diablo a las instituciones” y atacar sin recato a millones de mexicanos que organizaron y vigilaronlas elecciones en 2006, y extendiendo su descrédito en 2012 tan sólo a esos “5 millones de mexicanos” a quienes “les compraron el voto” en 2012. Nos ha dejado un cochinero.

Pero AMLO no ha estado solo en este proceso. Los partidos políticos han erosionado sistemáticamente la vena ciudadana del IFE y han minado la consolidación de su estructura. Afortunadamente muchos consejeros y la estructura profesional de funcionarios de la Institución han servido como un buen amortiguador de las embestidas desnaturalizantes.

Tras las elecciones del 2006 la Reforma política nos trata como ciudadanos menores de edad al prohibir las campañas negativas y limitar profundamente la posibilidad de establecer contrastes entre las opciones políticas. Tutelar, irrespetuoso de la libertad y paternalista, el Frankenstein creado puso en manos del IFE el administrarnos la “spotiza” recibida en 2012.

Hoy la nueva reforma política se carga de una manera innecesaria y costosa (tanto en recursos frescos como en brand equity) la identidad del nombre IFE  y lo sustituye por el INE. ¿Saben cuántos millones de pesos y cuantos años pasarán para que el INE tenga la recordación y apreciación de marca con la que cuenta hoy el IFE? Muchos, en verdad muchos.

El INE, impulsado especialmente por el PAN como un mecanismo para atarles las manos a los gobernadores de los estados, especialmente a los priistas que habían convertido a los Institutos Estatales Electorales en simulacros democráticos y espacio de atropellos. Aquí la vena centralista, conservadora y comodona del PAN  se impone a su vertiente liberal y democrática. De la misma manera que para Felipe Calderón la solución estaba en aventar a las fuerzas federales para sustituir a las locales, ahora sucede lo mismo con un Instituto que va a tener que meter sus narices y manos en los procesos estatales, dejando para otro tiempo y momento la maduración de las fuerzas democráticas locales.

De acuerdo en que hay que evitar, limitar y castigar las trampas, pero tanta reforma tutelar que nos trata como niños va a contracorriente de los mejores tiempos de un IFE ciudadano y un México con verdaderas estructuras democráticas.

Ya es tiempo de que nuestro Instituto Electoral deje de ser el punching bag de todas nuestras miserias ciudadanas y políticas. No lo merece el Instituto, no lo merecemos como sociedad.

 

@guidolara

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