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Mente Social
Por Guido Lara
Guido Lara es Presidente Fundador de LEXIA. Doctor en Teoría de la Comunicación y Métodos de I... Guido Lara es Presidente Fundador de LEXIA. Doctor en Teoría de la Comunicación y Métodos de Investigación Social por la Universidad Complutense de Madrid y comunicólogo de la Ibero. Ha asesorado campañas presidenciales, diseño de políticas públicas, modelos de negocio, construcción de marcas y mensajes publicitarios. Experto en consultoría basada en insights para generar soluciones de mercadotecnia, branding y comunicación. A caballo entre la capital del imperio azteca y la capital del imperio “yanqui”. Con su mirada de analista e intérprete de lo social nos pone un espejo para reflejarnos en las realidades, distintas pero ya no distantes, de México y Estados Unidos. (Leer más)
¿Pueblo contra la élite?
Ni toda la “élite“ es mala ni todo el “pueblo” es bueno. La pertenencia a un nivel socioeconómico ni te santifica ni te condena.
Por Guido Lara
20 de marzo, 2019
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Divide y vencerás, reza el refrán y es cierto.

Hoy se está consolidando una narrativa que enfrenta a dos conceptos construidos socialmente y que, en caso de cuajar, solidificarse y establecerse hegemónicamente serán muy dañinos para todos, menos para los pocos que saquen ventaja política, económica y cultural de ello.

Estos dos conceptos son: pueblo y élite. En el discurso actual de la 4T el pueblo es bueno y la élite es mala. El enorme poder narrativo de esta distinción radica en su verosimilitud, es decir, parece verdad, pero sin matices no lo es, se presta al engaño y a la manipulación demagógica.

En términos generales, las élites (empecemos a hablar en plural y así dejar espacio para matices y distinciones) lo hemos hecho muy mal en un aspecto fundamental, la no inclusión de las mayorías a los procesos de mejora económica, social y democrática. Las elites la tenemos más fácil para salir adelante. Partimos de una posición de privilegio.

En términos generales, el pueblo (más adelante argumentaré lo peligroso del concepto) ha sufrido mucho, sistemáticamente excluido de los beneficios del progreso. El pueblo la tiene muy difícil. Arranca en una posición de clara desventaja.

La gran crisis mundial del neoliberalismo y la democracia representativa son responsabilidad de las élites que asumieron como natural dejar atrás a las grandes mayorías. Crearon las condiciones de posibilidad para la llegada de la nueva generación de demagogos que están aprovechando esta circunstancia (Trump, Brexit, Bolsonaro, López Obrador, Erdogan, Orban, etc.).

La ola populista mundial habla a favor del pueblo y por eso es tan popular; el linchamiento a todo lo que se etiquete como elitista también lo es. Esto es profundamente peligroso porque no todo lo creado y manejado por las élites es nocivo (la ciencia, el periodismo, las empresas, el comercio internacional, las instituciones autónomas, los equilibrios de poderes, las iniciativas de la sociedad civil, las inversiones productivas, etc.).

En México, donde solo un poco menos del 20% de la población pertenece a las élites (6% clase alta y 12% clase media alta) y el otro 80% es “pueblo” , hay un camino muy fácil para construir una hegemonía política y electoral consistente en apropiarse de los derechos de exclusividad de representar a esa contundente mayoría.

En poco más de 100 días, la narrativa de pueblo contra élite ha dado la coartada moral para la destrucción de proyectos, carreras, instituciones, programas positivos para las mayorías. Un aeropuerto de primer mundo, derechos de las mujeres, estancias infantiles, refugios para víctimas de violencia, comedores populares, proyectos de desarrollo económico, pesos y contrapesos democráticos, esfuerzos de la sociedad civil y un inagotable etcétera. En el nombre de los pobres se están creando las circunstancias para que los pobres no dejen de serlo y así sean buenos para siempre.

¿Qué hacer entonces? Primero que nada, hay que reconocer que las élites estamos en deuda con las grandes mayorías de la población. Desde luego, lo están más quienes las han explotado, ninguneado, discriminado y olvidado, pero también lo estamos quienes, desde una posición de privilegio, realizamos cotidianamente labores valiosas en las empresas, el servicio público y la sociedad civil que hasta ahora han sido insuficientes.

Una vez reconocida la necesidad de empatizar con quienes viven circunstancias más difíciles y asumir sus causas como propias lo que sigue es proponer, construir y defender ideas, iniciativas, acciones, proyectos que no vayan contra los avances positivos de la modernidad.

En otros momentos he señalado que la actual 4T no es un proyecto de progreso sino uno de regreso, por lo que es vital que quienes aspiremos a que México sea un país que vaya hacia adelante y no para atrás nos esmeremos en modificar los términos del debate y no comprar esta falsa distinción de Pueblo contra Elite -diariamente reproducida en su coloquial versión de chairos contra fifís.

Reproducir narrativas de “Fifís contra Chairos” solo alimenta una polarización de la sociedad donde los que se dejen pegar la etiqueta de Fifís tendrán garantizada una derrota eterna (quizá ganen todos los argumentos, pero perderán todas las elecciones). Por su parte, quienes se dejen pegar la etiqueta de “chairos” podrán ser entretenidos con reparaciones simbólicas sin efectos en las realidades materiales de sus condiciones de vida.

La alternativa política y narrativa a la 4T no podrá ser construida sobre los ejes de izquierda o derecha (hoy totalmente desdibujados); ni sobre los decimonónicos liberales contra conservadores; ni mucho menos sobre perversiones del tipo elites ilustradas contra masas ignorantes.

Una alternativa política, social, cultural puede erigirse sobre el contraste entre progreso y regreso, entre vanguardia y retaguardia, entre pasado y futuro. La clave está en construir ciudadanía, en defender la autonomía de las personas, en su derecho a ser y pensar de manera independiente.

Entender al pueblo como una entidad única, uniforme, masificada, indiferenciada sólo le servirá a quien se ostente como su pastor. Celebrar la entronización del concepto Pueblo como una recuperación de lo colectivo es un grave error. Lo colectivo requiere comunidad, dialogo, personas en contacto con personas. El pueblo no existe, existen las historias personales, comunitarias y colectivas. El pueblo solo existe y es útil para quienes lo ven como masa y poder.

Pero más allá de los discursos y las narrativas, el 20% perteneciente a la elite tiene que salir de la burbuja y conectar -con hechos y con palabras- solidariamente con el otro 80%. No será pendejeándolos, descalificándolos, menospreciándolos sistemáticamente como se podrá abrir un dialogo constructivo que nos lleve a una etapa de mayor civilidad y cooperación.

Hay que emparejar al terreno, hay que igualar la cancha de juego, no jalando para abajo sino impulsando para arriba. Derechos, justicia, seguridad, educación, salud, oportunidades económicas, medio ambiente, mejores para todos.

Ni toda la “élite“ es mala ni todo el “pueblo” es bueno. La pertenencia a un nivel socioeconómico ni te santifica ni te condena.

Ni pueblo, ni élites, mejor ciudadanos.

Asumámonos como individuos autónomos, libres, solidarios, comprometidos y dispuestos a jalar parejo, conscientes de la posición de privilegio (los encasillados en elite) o dificultad (los colocados en pueblo). Estas circunstancias no son pecado ni una mancha imborrable sino un punto de partida para juntos construir riqueza social, cívica, política, cultural y económica. Dejemos de agarrarnos a tuitazos y veámonos las caras sin etiquetas para reconocernos y salir de esta trampa.

 

@guidolara

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