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Mente Social
Por Guido Lara
Guido Lara es Presidente Fundador de LEXIA. Doctor en Teoría de la Comunicación y Métodos de I... Guido Lara es Presidente Fundador de LEXIA. Doctor en Teoría de la Comunicación y Métodos de Investigación Social por la Universidad Complutense de Madrid y comunicólogo de la Ibero. Ha asesorado campañas presidenciales, diseño de políticas públicas, modelos de negocio, construcción de marcas y mensajes publicitarios. Experto en consultoría basada en insights para generar soluciones de mercadotecnia, branding y comunicación. A caballo entre la capital del imperio azteca y la capital del imperio “yanqui”. Con su mirada de analista e intérprete de lo social nos pone un espejo para reflejarnos en las realidades, distintas pero ya no distantes, de México y Estados Unidos. (Leer más)
¡Y a mí qué chingaos!
Los jóvenes en situaciones de riesgo son un sector de la población al que hemos sido sistemáticamente indiferentes: presa fácil de adicciones, sida, incorporación a la delincuencia común y al crimen organizado. Hemos dejado que se pudran generaciones enteras de jóvenes y así nos está yendo.
Por Guido Lara
20 de marzo, 2013
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La indiferencia del mexicano ante la muerte

se nutre de su indiferencia ante la vida.

Octavio Paz

Reestructurar nuestra indiferencia ante el sufrimiento y el dolor ajeno nos permitirá ir a la raíz de nuestros principales problemas. Transmutar la indiferencia por empatía, capacidad de indignación y acción es la Segunda gran Reforma de nuestra Mente Social.

Pareciera que en lugar de protector solar lo que nos aplicáramos fuera teflón para que todo se nos resbale. Más allá del exclusivo círculo de nuestra familia y algunos seres queridos, los demás nos valen madres.

Cuando tuve la oportunidad de dirigir un estudio internacional sobre la imagen de México en el Mundo fue muy interesante ver como a los extranjeros (especialmente los europeos) les parecía indignante la indiferente naturalidad con la que convivíamos entre islotes de riqueza y mares de pobreza.

En México, día con día ejercemos una cruel indiferencia contra los otros. Indiferencia para arriba, para abajo y para en medio, aunque sin duda la más dañina e injusta es la de nuestras élites políticas, económicas y religiosas al sufrimiento evitable de millones de personas.

La indiferencia es una receta para que nada cambie. Si nada cambia, las cosas no se quedan como están, se estancan, se pudren y apestan.

Como muestra un botón: La indiferencia ante millones de niños y jóvenes marginados sembró las semillas de la violencia.

Los jóvenes en situaciones de riesgo son un sector de la población al que hemos sido sistemáticamente indiferentes: presa fácil de adicciones, sida, incorporación a la delincuencia común y al crimen organizado. Hemos dejado que se pudran generaciones enteras de jóvenes y así nos está yendo.

En los estudios cualitativos de opinión realizados por LEXIA hemos identificado los principales sentimientos de los jóvenes mexicanos de la actualidad: Soledad y Aislamiento. Sentimientos no solo atribuibles al desequilibrio hormonal sino al hecho constatable de que hemos sido indiferentes a su problemática (en variante vernácula del “ni los veo ni los oigo”).

Muy poca atención pública (de la que importa: la que se refleja en propuestas, recursos y programas) nos han merecido sus vivencias de desintegración familiar, violencia en el hogar, mala alimentación, deserción escolar, precariedad de espacios de sano esparcimiento y sus miles de muertes anónimas cuya única huella es la del charco de sangre que dejan tras de sí. Sin más averiguaciones.

La indiferencia es un bumerang. Hacernos pendejos tiene costo. Hoy la crueldad inicial se nos está revirtiendo en forma de violencia inaudita.

“El argumento mexicano por naturaleza: mientras no te toque a ti o a tu familia, no pasa nada”

En el estudio “El mexicano ahorita”, publicado ya hace dos años en la revista Nexos, descubrimos como para una gran mayoría de compatriotas el sentido de la acción pública tiene una irradiación muy limitada. Mi patria es mi familia es la frase que sintetiza el último reducto del bien común.

Amigos periodistas han señalado recurrentemente la indiferencia que mostramos por las problemáticas de los otros. Me vienen a la mente los trabajos de Carlos Puig –demostrando lo poco que nos importa las circunstancias y destinos de los mexicanos que han migrado a Estados Unidos- y Salvador Camarena –quien llama la atención sobre los latrocinios en despoblado que han sufrido tabasqueños y chiapanecos sin siquiera habernos tomado la molestia de voltear para allá.

 “Sicilia mueve y mueve conciencias e hizo un movimiento social a raíz de un hecho personal, pero siempre es a partir de un hecho individual y personal”

Solo la tragedia colectiva (sismos, huracanes, explosiones) y el dolor íntimo y personal (Alejandro Martí, Isabel Miranda de Wallace, Javier Sicilia y los integrantes del movimiento por la paz con justicia y dignidad) parecieran romper el hechizo. La indiferencia es un apoyo silencioso a la injusticia y al sufrimiento innecesario y evitable.

 “No exigimos y no le damos seguimiento a nuestras exigencias, y la consecuencia de esto es que las cosas no cambian (…) nos falta capacidad de indignación”

Si no sentimos, no actuamos y  nos mantenemos al margen: a un lado del camino fumando el humo mientras todo pasa, Fito Paez dixit.

El reto es sacudirnos la indiferencia no solo en los casos extremos sino en las pequeñas injusticias, abusos, llamadas de ayuda. Modificar los marcos perceptuales al ensayar acciones novedosas y soluciones inesperadas. El chiste es romper los círculos viciosos de las soluciones ensayadas, tirar al suelo y hacer añicos los “lentes de la normalidad”. La onda es reestructurar haciendo las cosas de una manera diferente.

Ampliar nuestro círculo de interés y empatía, ir más allá del exclusivo reducto de nuestros seres queridos, permitirá ir reconstruyendo el fragmentado tejido social. El interés y las pequeñas acciones por los otros podrán ir pegando el vaso roto. Empezar quizá no con un “los otros” genérico sino con los que están cerca. Ampliemos nuestro concepto de prójimo en círculos concéntricos – empecemos por ir más allá de nuestra familia- y vayamos a nuestra comunidad, a nuestro barrio, con nuestros vecinos y así quizá algún día lleguemos con puentes firmes a los que hoy están lejos (migrante en Estados Unidos, tabasqueño y chiapanecos desfalcados, indígenas olvidados, etc.).


Las lexias de este texto y de toda la serie “11 Reformas estructurales de nuestra Mente Social” provienen de grupos de discusión realizados para elaborar la ponencia presentada en el Congreso AMAI 2012. Agradezco la participación generosa de Luis Woldenberg, Rubén Jara, Francisco Abundis, Ricardo Barrueta, Javier Alagón, Toño Turueño, Paloma Altolaguirre, Erika Puente, Mireia Ginebra, Beatriz Juárez Hagen, Eduardo Pérez, Armando Pichardo y Claudio Flores Thomas.

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