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México Bizarro
Por Gabriela Warkentin
Gabriela Warkentin vive de echar choros y marear al prójimo. Académica, conductora de radio y T... Gabriela Warkentin vive de echar choros y marear al prójimo. Académica, conductora de radio y TV, articulista, docente y conferencista. Concentra la mirada en los procesos de comunicación y trata de desentrañar sus posibilidades. Ha sido casi de todo, desde directora hasta laboratorista, y a sus muchos años de edad sigue odiando el chocolate. Es un poco trotamundos, pero le encanta vivir en México. Ah, y le va a los Pumas. (Leer más)
Cuando los maestros copian y hacen trampa
La semana pasada, los padres de un niño de Nuevo León denunciaron públicamente que la maestra del curso les dictó las respuestas de la prueba ENLACE para que salieran bien (y, presumiblemente, ella pudiese acceder al bono que compensa a los profesores cuyos alumnos salen bien evaluados). El niño ahora es acosado no sólo por sus compañeros, sino también por las profesoras, la directora y la escuela misma.
Por Gabriela Warkentin
10 de junio, 2013
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Algo aprendí en la escuela. No mucho, pero algo.

Por ejemplo, a no mentir.

Por ejemplo, a no copiar.

Por ejemplo, a ser una persona de bien (lo que sea que esto signifique).

Y no lo aprendí sólo en una escuela, sino en todas por las cuales transité. Públicas, privadas. Que de variedad de escuelas hubo para echar pa’ arriba.

Tuve un profesor de educación física. En la época en que jugaba basquetbol (antes de que una ruda compañera me hiciera pedazos el tabique nasal con su codo volador). Ese profesor era lituano. Y lo recuerdo porque lo decía. Un poco su insignia. Profesor lituano de largos silencios. De vez en cuando nos contaba, en los recesos de partido, por qué había salido de Lituania y lo mucho de eso poco que extrañaba. Y aunque nos azuzaba para ganar, siempre había esa especie de mantra: lo que hagas en la cancha te acompañará el resto del día. Y no hay nada, decía el profe lituano, como dormir tranquila. Un día jugué feo, a la mala. Y me sacaron de la cancha. No la volví a pisar en los meses que quedaban. Yo sabía que les hacía falta, ellos sabían que les hacía falta. Era yo un pivote muy ágil. Pero no volví a pisar la cancha. Al final, el profe lituano me vio y medio sonrió: lo que hagas en la cancha te acompañará el resto del día.

Algo raro les darán de desayunar en Lituania, creo que pensé.

Todos tenemos una primera vez. Ya en mi papel de profe, caché a un alumno en el plagio descarado de un texto que bajó de Internet (de algún vago rincón) y presentó como propio. Me desconcertó. Había sido, hasta ese momento, un buen alumno. Cumplido, trabajador. Y me consta (soy obsesiva) que hasta entonces (por lo menos en mi clase), no había plagiado texto alguno. Hasta que pasó. Nada sucede, dice el sabio, hasta que sucede. Lo miré de frente, agachó la mirada. Reprobado. No había mucho para dónde hacerse. Un trabajo de otra envergadura, y la consecuencia habría sido la expulsión. No discutió. No había, en realidad, mucho por lo cual discutir.

Esa es un poco la escuela que recuerdo. Aquella en la que aprendes algo, no mucho. Pero en la que aprendes a no mentir. Y a tratar de ser una mejor persona (lo que sea que esto signifique).

Pienso ahora en el niño de Nuevo León. Ahí, en el Norte mexicano. El que, hace unos días, comentó a sus padres que la maestra del curso les dictó las respuestas de la prueba ENLACE para que salieran bien (y, presumiblemente, ella pudiese acceder al bono que compensa a los profesores cuyos alumnos salen bien evaluados). El padre del niño, maestro también, anduvo los medios. Se hizo escuchar, pues. A mi hijo no le pareció correcto, lo dijo, y ahora es acosado no sólo por sus compañeros, sino también por las profesoras, la directora, la escuela misma.  ¿Quién habla con la verdad ¿El niño? ¿El padre no tendrá agenda propia? ¿Las maestras? Como sea, y eso me parece lo más grave, la historia es absolutamente verosímil: claro que creemos que una profesora puede dictarles las respuestas a los alumnos en el examen (con tal de recibir el bono económico); claro que creemos que las profesoras y la directora pueden estar acosando al niño por haberlas evidenciado; claro que creemos.

Tendríamos que detenernos un poco, ¿o no?

Porque al creer la historia del niño, la profe, el examen, las respuestas y el balconeo… estamos reconociendo que no sólo todo es posible, sino que ya no hay forma de enderezar el barco hendido en el peor de los cinismos.

Otras historias circularon estos días de exámenes generalizados para medir desempeño de la educación en nuestro país. Para eso están las pruebas llamadas ENLACE, ¿o no? Evaluación Nacional del Logro Académico en Centros Escolares, para decirlo duro y directo. Que si un grupo de profesores había utilizado Facebook para estar en contacto durante la aplicación de la prueba. Incluso se habló en medios de un grupo feisbuquero llamado “Esperando Bono Enlace” (vaya nombre cutre y obvio). Ahí, según las pruebas a modo, unos profes intercambiaban respuestas de exámenes anteriores, y de algunas “niñas listas”, para pasarlas a los alumnos de hoy “a pesar de los padres de familia presentes que, ah, ¡qué lata dan!”.

Otras joyitas de todas las índoles salieron a relucir. No las suficientes, hasta ahora, como para descartar la validez de la evaluación, pero sí las necesarias para vernos en el espejo.

Si alguien está jugando a minar la prueba llamada ENLACE, mediante informaciones y acusaciones no sustentadas, ¿quién, cómo y por qué?

Si alguienes (permítaseme la bonita palabra) está jugando a dirigir los resultados de los exámenes para obtener un bono económico, ¿quiénes, cómo y bajo el abrigo de quién?

Si muchos nos hacemos weyes ante estas pequeñas historias de la cotidianeidad del aula, ¿desde dónde, hasta cuándo y para qué?

Si el que miente es el profesor, si el que copia es el profesor, si el afectado es el alumno que denuncia la treta, algo muy esencial está podrido en nuestro ser social. ¿O no?

Tendríamos que verificar hasta dónde todas estas historias son ciertas. Pero el sólo hecho de haberlas creído posibles nos coloca en el desequilibrio de lo verosímil. Si el contrato original que permite el proceso enseñanza-aprendizaje, ese que pone al profe como autoridad y guía para la construcción común de conocimiento, está podrido (así sea sólo como posibilidad en el imaginario), no hay mucho para dónde hacernos.

Pienso en mi profe lituano. El que me sacó varios meses de la cancha por jugarle rudo, y sin sentido. Recuerdo que nunca lo cuestioné. Me encabrité, sí, pero me ubiqué en el lado que me tocaba de la historia.

Cuando ahora evidenciamos que son los profes lo que copian y hacen trampa, ¿qué historia nos estamos contando?

Es pregunta.

Y sí, ante la sola posibilidad de que todo esto sea cierto, estoy indignada.

Eso también lo aprendí en la escuela.

 

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