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México ¿cómo vamos? es un esfuerzo constante y continuo de un grupo plural de expertos en econ... México ¿cómo vamos? es un esfuerzo constante y continuo de un grupo plural de expertos en economía y política pública, cuyo objetivo es definir metas para crecer y generar empleos a través del seguimiento puntual a diversos índices de coyuntura económica. Buscamos aportar a la discusión de los temas más importantes para la agenda del país así como coordinar los esfuerzos realizados por los diferentes actores para maximizar el impacto de las políticas públicas. Estamos convencidos que debatir y dar seguimiento a los temas que se consideran fundamentales para el país contribuirá a lograr el crecimiento y los empleos que todos queremos. (Leer más)
El futuro del T-MEC no es sólo digital, sino también eléctrico
Sin electricidad abundante y limpia, México desperdiciará una oportunidad histórica irrepetible para sentar las bases para un alto crecimiento, ya no sólo en las regiones y sectores que se han tradicionalmente beneficiado de la apertura, sino en toda la economía.
Por Luis de la Calle Pardo
25 de enero, 2022
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Uno de los principales puntos de fricción en la negociación y luego implementación del original Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) fue, sin duda, el sector agropecuario. Este tratado representaba un alto nivel de ambición en términos de los compromisos de apertura, en la medida en la que eliminaba todas las barreras para el comercio de productos del campo entre Canadá, Estados Unidos y México. Esto, en 1993, no se había logrado en el pasado, y mucho menos en un acuerdo que involucrara a un país en desarrollo.

Pocas personas consideraban que los resultados pudieren ser positivos y, menos, exitosos.  En parte, porque se subestimaron las capacidades de México de expandir su producción pecuaria y por tanto fueron incapaces de imaginarse un mercado de granos de gran dinamismo, al tiempo que no confiaron en la habilidad de adopción de los productores agropecuarios mexicanos para convertirse en grandes exportadores de frutas, hortalizas, carnes y productos agroindustriales.  Nadie hubiese creído durante las negociaciones originales que, en 2021, México tendría una participación de mercado de 25 por ciento en Estados Unidos y un superávit comercial agropecuario superior a 5,500 millones de dólares.

Muchas de las fricciones políticas internas que se sufrieron durante el periodo de transición para la implementación del TLCAN, estaban relacionadas con el tamaño de los cupos de importación de granos.  Cada año se terminaba importando por encima de los cupos originales en vista del incremento en la demanda por la expansión del consumo nacional y la mucha mayor producción pecuaria.  El país se hubiera ahorrado álgidos jaloneos políticos si se hubiera entendido el dinamismo del sector y el crecimiento acelerado de su tamaño.

Treinta años después, se puede predecir que algo similar sucederá en el ámbito eléctrico. En mi contribución anterior argumenté que el futuro del Tratado México, Estados Unidos, Canadá (T-MEC) es digital y ya no sólo manufacturero y agroindustrial 1.  La revolución de la economía digital permeará todos los sectores: en el agropecuario, desde los métodos de producción, hasta la distribución y la preparación de alimentos.  En el manufacturero, con el internet de las cosas y equipo de transporte no tanto eléctrico, como electrónico.  Y, con mayor fuerza, en los servicios donde todo terminará convergiendo en el ámbito digital y la globalización de ellos.

El combustible para la revolución digital es, y será, eléctrico.  Si bien se puede, y debe, hacer el argumento a favor de la electrificación de la energía en términos de protección al medio ambiente y lucha contra el calentamiento global, será el crecimiento exponencial del mundo digital, la robotización, la inteligencia artificial, los que aumentarán la demanda de energía eléctrica en el mundo. Además, productores y consumidores demandarán que la energía sea limpia y se descanse cada vez menos en combustibles fósiles. Será la demanda, no la oferta la que determinará la matriz de energía eléctrica.

México es ya una potencia industrial en muchos sectores.  Se conoce de sobra la expansión de la producción de automóviles y autopartes, pero tan importante o más ha sido el crecimiento de electrónicos, línea blanca, dispositivos médicos, partes de avión, herramental de maquinarias y otros rubros de manufactura.  Con energía abundante, competitiva y limpia, la competitividad del país y la posibilidad de generar empleos mejor remunerados serían mucho mayores.  Sin embargo, el reverso también es cierto: sin energía abundante, competitiva y limpia, sobre todo eléctrica, es posible perder lo ganado y retroceder, en lugar de avanzar, en la competencia con respecto a China.

Una de las principales ventajas de las economías asiáticas con relación a América del Norte y Europa es que de ese lado del Pacífico se ha logrado una integración vertical de cadenas productivas basada en la amplia disponibilidad y variedad de insumos para la producción: aceros y aluminios de varios tipos, calidades y precios;  industria química y petroquímica que ofrece una vasta gama de resinas, plásticos y fibras sintéticas de calidad; materiales y avíos para confección, calzado y marroquinería y muchos más.

El turno ahora es para esta región que puede aprovechar los precios más bajos de gas natural del mundo y la posibilidad de contar con una matriz energética para la generación de electricidad limpia: hidroeléctrica, geotérmica, nuclear o basada en renovables, incluido el hidrógeno verde que puede servir como acumulador de estas últimas.  En las próximas dos décadas se requerirá de la instalación de una gran capacidad de generación de electricidad mayoritariamente limpia.

Como sucedió en el ámbito agropecuario, ahora se corre el riesgo de subestimar las necesidades de generación para el futuro.  El problema es que, a diferencia del agro donde las consecuencias de la subestimación fueron políticas, en el caso eléctrico serán mayoritariamente económicas.  Sin un marco reglamentario conducente a mucho mayores niveles de inversión en capacidad de generación y transmisión de electricidad, no se podrán satisfacer las necesidades de la economía digital, ni se logrará la integración vertical en América del Norte.  Sin electricidad abundante y limpia, México desperdiciará una oportunidad histórica irrepetible para sentar las bases para un alto crecimiento, ya no sólo en las regiones y sectores que se han tradicionalmente beneficiado de la apertura, sino en toda la economía.

En las discusiones en torno a la propuesta de reforma constitucional eléctrica es fundamental que no se minimicen las necesidades de electricidad, y por lo tanto, de inversión tanto pública como privada.  Hay espacio para todos, pero no en un sistema controlado y sin competencia, en que se tenga monopsonio en la compra de electricidad y monopolio en su venta.

Finalmente, el éxito del T-MEC también depende de que las Partes respeten las reglas, por lo que no se puede aspirar a cosechar sus muy abundantes beneficios si se aprueba una reforma que viole varios de sus capítulos. Si el futuro del T-MEC es digital y eléctrico, el éxito de México en él depende, en buena medida, del resultado de las discusiones en curso en el Congreso.

* Luis de la Calle Pardo (@eledece) es experto México, ¿cómo vamos?. Fue subsecretario de Negociaciones Comerciales Internacionales de la Secretaría de Economía de México. Durante su gestión encabezó las negociaciones de México para los acuerdos de libre comercio bilaterales y las negociaciones regionales y multilaterales en la OMC. Fungió como Ministro para Asuntos Comerciales de la Embajada de México en Washington D.C., cargo desde el cual tuvo una participación activa en el diseño, promoción e implementación del TLCAN. Actualmente es director general y socio fundador de De la Calle, Madrazo y Mancera.

 

 

1 Disponible aquí.

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