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México ¿cómo vamos?
Por México cómo vamos
México ¿cómo vamos? es un esfuerzo constante y continuo de un grupo plural de expertos en econ... México ¿cómo vamos? es un esfuerzo constante y continuo de un grupo plural de expertos en economía y política pública, cuyo objetivo es definir metas para crecer y generar empleos a través del seguimiento puntual a diversos índices de coyuntura económica. Buscamos aportar a la discusión de los temas más importantes para la agenda del país así como coordinar los esfuerzos realizados por los diferentes actores para maximizar el impacto de las políticas públicas. Estamos convencidos que debatir y dar seguimiento a los temas que se consideran fundamentales para el país contribuirá a lograr el crecimiento y los empleos que todos queremos. (Leer más)
Felicidad, renta, desarrollo y su crecimiento
La evidencia empírica apunta a que los mexicanos no son cada vez más felices por la simpatía o esperanza que genere un personaje político, sino porque el sistema en el que vivimos actualmente nos permite disfrutar de más recursos durante una vida cada vez más larga.
Por México cómo vamos
27 de agosto, 2019
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Por: Jorge Alonso (@economicliberal)

“De la felicidad no sabemos de cierto más que la bastedad de su demanda (…)”.

Fernando Savater

Recientemente el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) anunció que, tras su victoria, los mexicanos nunca habíamos sido tan felices y que podía haber desarrollo sin crecimiento. Dado que son afirmaciones que contrastan con la experiencia anecdótica del común de los mexicanos que se enfrenta a un país donde el crimen, la corrupción y la desigualdad son costumbre, merece la pena explicar cómo obtenemos medidas de felicidad en ciencias sociales, especialmente desde la teoría económica.

El presidente tiene razón: hemos alcanzado un máximo de felicidad histórico. Cuando preguntamos a las y los mexicanos que evalúen su felicidad en una escala del 1 al 10, la calificación alcanza 8.33, un 1.6 % por encima de la medición del cuarto trimestre de 2018. Cabe mencionar que la calificación que los mexicanos le dan a su felicidad ha crecido desde 2013 a una tasa anual de 1 %, por lo que es difícil que el impacto de AMLO sobre la felicidad de los mexicanos supere 0.6 puntos porcentuales. Además, la felicidad es caprichosa y de naturaleza volátil: creció en un 4.8 % cuando se hicieron “gratuitas” las llamadas de larga distancia en el primer trimestre de 2015 y cayó en un 2 % con el anuncio del “gasolinazo”.

No obstante, el crecimiento reciente de la felicidad de los mexicanos ha situado al país en el puesto 23 de los más felices del mundo, solo 4 puestos por debajo de Estados Unidos de América (EUA), con quien vamos a comparar a México, a pesar de ser casi 3.5 veces más pobre que el vecino del norte en términos de renta por habitante. Sorprende que las diferencias en desarrollo económico no se traduzcan en diferencias similares en niveles de felicidad. Esto se debe a cómo se elaboran los índices y también a que la felicidad no se alinea perfectamente con la renta su crecimiento, ya que los seres humanos valoramos otras cosas también.

El hecho de preguntarle directamente a las personas tiene la ventaja de poder medir, aunque de forma subjetiva, imponderables como el amor, la amistad, la familia o la calidad del trabajo. El inconveniente es que estos índices muestran profundos sesgos culturales transnacionales, habiendo países que reportan niveles de felicidad altos sin necesidad de que haya una explicación “objetiva”. Al igual puede haber sesgos generacionales para un mismo país, lo que hace muy difícil distinguir cuánto de un cambio dado en felicidad se debe a que, por ejemplo, la “generación X” tenga un sistema de valores distinto que los “millennials”.

Para intentar corregir estos sesgos culturales hay economistas que han optado por seguir una estrategia bastante distinta que preguntarle directamente a las personas: no preguntarlas en absoluto. A esta estrategia se la puede llamar “axiomática”, ya que el cálculo del indicador de felicidad se fundamente en suponer que los individuos valoran de forma similar determinantes del bienestar que son observables. Los que resultan más evidentes son: cuánto años vivimos, cuánto consumimos, de cuánto ocio disfrutamos y cómo el consumo y el ocio se distribuyen entre las personas. Este método supone que, por ejemplo, los mexicanos y estadounidenses valoramos de igual manera el incremento de un año de vida, tener un peso (dólar) más para consumir o que se reduzca la desigualdad.

La ventaja de este método es que permite medir y comparar la felicidad de dos países distintos en términos de una misma moneda ajustada por diferencias en el poder adquisitivo de ese dinero en países distintos y no la tasa de crecimiento de la felicidad para un mismo país como mucho. Si se lo preguntan, los economistas convertimos la felicidad en dinero buscando cuánto consumo durante el resto de su vida estaría una persona dispuesta a pagar por vivir en otro país con combinaciones de ocio, consumo y esperanza de vida distintos a su país de origen.

Los datos que necesitamos para medir la felicidad en la forma descrita provienen de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) desde 1982 hasta 2006, ya que no se ha hecho ningún estudio posterior para el periodo 2006 hasta 2018. Los resultados contrastan parcialmente con la medida de felicidad auto-reportada que enarbola el gobierno ya que mientras que México se encuentra a 4 posiciones de EUA en la escala de felicidad, los mexicanos son un 4.5 veces más infelices que los americanos, lo que es más coherente con un México que es 3.5 veces más pobre que Estados Unidos. No obstante, la felicidad de los mexicanos ha crecido a una tasa anual de 1.87 % durante más de 22 años, superior al crecimiento de la renta por habitante que se situó en torno a un 1.04 % anual.

Hay dos observables que han limitado el nivel de felicidad de los mexicanos respecto de EUA. El más importante es que los estadounidenses aún viven 3 años más en promedio que los mexicanos. El segundo es que el consumo se distribuye de forma más igualitaria en EUA que en México. No obstante, a pesar de que somos más infelices que pobres, la felicidad ha crecido más rápido que la renta porque la esperanza de vida aumentó en 3.8 años desde 1982 y el consumo por habitante creció en un 25 %. Por lo que la evidencia empírica apunta a que los mexicanos no son cada vez más felices por la simpatía o esperanza que genere un personaje político, sino porque el sistema en el que vivimos actualmente nos permite disfrutar de más recursos durante una vida cada vez más larga.

Para concluir es fácil afirmar que pueda haber desarrollo sin crecimiento, como lo hace superficialmente nuestro presidente, ya que hay indicadores como la esperanza de vida o la desigualdad que sugieren que México podría aumentar su felicidad sin necesidad de crecer. Sin embargo, encuentro difícil poder financiar el sistema de salud necesario para proveer a los mexicanos de una vida más larga o los programas de protección social necesarios para reducir la desigualdad sin que crezca la renta por habitante, y ésta ha caído en un -4% en los últimos dos trimestres desde el inicio de la administración actual. A ver durante cuánto tiempo los mexicanos siguen contentos.

* Jorge Alonso cursó la Licenciatura en Economía por la Universidad Autónoma de Madrid, la Maestría en Economía y finanzas en el Centro de Estudios Monetarios y Financieros, la Maestría y el Doctorado en Economía en la Universidad del Estado de Arizona. Desde 2010 es profesor de tiempo completo e investigador en el ITAM. Forma parte del grupo de expertos de @MexicoComoVamos.

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