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Por Catalina Pérez Correa
Abogada, socióloga y antropóloga del derecho. Profesora - Investigadora de la División de Estu... Abogada, socióloga y antropóloga del derecho. Profesora - Investigadora de la División de Estudios Jurídicos del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Preocupada por las formas en que las normas, las estructuras y los procesos legales discriminan. En contra de los fundamentalismos. A favor de una sociedad más equitativa, libre, y sustentable. Contacto: [email protected] (Leer más)
El amor a los símbolos patrios
Por Catalina Pérez Correa
29 de agosto, 2012
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Viajo de regreso a la ciudad de México después de unos –apresurados- días en la ciudad de Lima, Perú. Es mi primer visita a esta ciudad y a este país, cuna de la cultura Inca y, según dicen sus nacionales, del ceviche. Una de las cosas que más llamó mi atención al recorrer las calles de esta nebulosa ciudad, fue el gran número de banderas que colgaban de las casas y de los comercios. En una de las calles principales del barrio de Miraflores, no se podía ver un predio sin la bandera roja y blanca agitandose por la brisa del mar. Desde ventanas y techos vuela el aire de orgullo y nacionalismo.

Cuando le comenté a uno de mis anfitriones lo impresionada que me tenía el fuerte patriotismo peruano me respondió poco afectado: “Ah, las banderas. Es que si no te multan”. Al principio pensé que no lo había entendido bien, pero luego de insistir me di cuenta que sí había entendido. Desde hace años existe una ordenanza en Lima y en otras provincias de Perú que obligan a los habitantes a colocar en toda vivienda pública y privada la bandera blanco y roja durante el tiempo que duran las fiestas patrias. En Lima, la multa por no colocar la bandera es actualmente de 193 soles (cerca de mil pesos mexicanos). Antes –me dicen- se obligaba además a pintar las fachadas de las casas (con recursos propios). Sin embargo, “esta costumbre se ha ido perdiendo y por eso ahora se ve tanto graffiti en la calles” (en los –pocos- barrios populares por los que pase, por cierto, no se ven tantas banderas -imagino que los verificadores no llegan ahí a exigir nacionalismo con base en multas).

No le puedo dar vuelta a la medida. No me queda claro si lo que se busca es forzar el orgullo y la unidad nacional a través de la amenaza y la sanción. No conozco suficiente del país para evaluar qué resultado tiene el mandato. Pero suena difícil lograr la legitimación de un sistema de gobierno, de un estado, el amor de los símbolos patrios o la unidad de una nación a través de amenazas.

Como mexicana estoy acostumbrada a ver la bandera por todas partes, sobre todo durante el mes patrio. Pero la abundancia de banderas en nuestro país tampoco es producto de la espontaneidad. Desde niños -mucho antes de entender lo qué es un país, una nacionalidad, un estado- nos obligan a saludar a la bandera y a marchar a paso de soldado frente a la tela tricolor. Conocemos los colores, su significado y dimensiones. Vemos banderas monumentales en cada ciudad del país (en 1991, Ernesto Zedillo puso en marcha el proyecto de colocación megabanderas por todo el país. La más grande del mundo se colocó en Piedras Negras, Coahuila, hoy lugar de constantes enfrentamientos entre mexicanos). Nos obligan, además, a memorizar y cantar un himno casi incomprensible y que en nada refleja el México actual.

Ahora veremos con la llegada de Septiembre, la aparición de carretas con banderas que se venden en los semáforos de las principales avenidas y afuera de los centros comerciales. Veremos estas próximas semanas como brotan las banderas en la calle, en casas, en las ventanas de los departamentos, en los comercios, en los productos de supermercado, en los autos, en las solapas de los sacos, en las bolsas. Como si los mexicanos encontráramos, o quisiéramos encontrar, ahí la unidad que no vemos ni en la calles, ni en los comercios, ni en los comicios de nuestro país. Quizás lo buscamos ahí por falta de otros símbolos a través de los cuales podamos reconocer algún sentido de lo que es ser mexicano.

El experimento peruano me hace pensar en esos otros símbolos patrios que parecen tener menos valor –simbólico- y en la posibilidades de dotarlos de sentido social. Pienso, por ejemplo en la Constitución y en lo difícil que es verla como un símbolo patrio que llame a la unidad nacional. Quizás marchando los lunes frente a ella y colgándonos prendedores de la Constitución en la solapa, podríamos provocar mayor adhesión. O, acaso la estrategia de sancionar a los pocos solidarios podría servir. En este caso, sin embargo, vemos que las trasgresiones, sobre todo las cometidas por la autoridad, no tienen repercusiones y que dificilmente la sanción va a dotar a ese documento de valor. Quizás simplemente necesitamos que ese símbolo deje de mutar año con año al paso de los intereses políticos del momento. Me pregunto qué valor tendría nuestra bandera si se hubiera cambiado tantas veces como se ha cambiado la Constitución en los últimos 10 años.

 

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