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Construir paz: actitudes, instituciones y estructuras
Pensar en reducir violencia a través de esquemas meramente punitivos, sin al mismo tiempo transformarnos en sociedades más equitativas y menos corruptas, es desatender los factores estructurales que construyen y sostienen la paz.
Por Mauricio Meschoulam
5 de abril, 2021
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Necesitamos un cambio de chip. México no está sumido únicamente en “un problema de narcotráfico”, un problema de “altos niveles de violencia a causa del crimen organizado”, o siquiera en “un problema de violencias”. México sufre de falta de paz estructural. Y no es lo mismo, porque la paz no es únicamente la ausencia de violencia. A su vez, la violencia no se limita a la violencia visible, la violencia directa o a las agresiones físicas.

Comprender la construcción de paz desde su raíz, por ende, supone aproximarse a ella de manera sistémica, desde múltiples niveles, desde la serie de factores o componentes activos que la conforman o le constituyen, algo que el Instituto para la Economía y la Paz (IEP) denomina “las actitudes, instituciones y estructuras que crean y sostienen a las sociedades pacíficas”.

La paz tiene, en efecto, un aspecto negativo —lo que la paz no es, o esa serie de factores que no deben estar presentes para que haya paz— que consiste en la ausencia de violencia y la ausencia de miedo a la violencia (Galtung, 1985; Alger, 1987; Ekanola, 2012). Sin embargo, esas son condiciones necesarias, no suficientes, para que haya paz, toda vez que ésta tiene también un aspecto positivo: aquello de lo que se compone. Para poder entender el ADN de la paz, no basta estudiar la guerra o la violencia, sino que se requiere estudiar a las sociedades pacíficas, el entorno que las favorece, y los círculos virtuosos que producen.

Así, a partir de la investigación en decenas de países que muestran altos niveles de paz a lo largo de los últimos 65 años, distintos autores nos explican los factores estructurales que se encuentran detrás de esas condiciones. Condensando esos conceptos, el IEP describe ocho indicadores en los que dichas sociedades, de manera clara y constante, muestran mejor desempeño que las sociedades que carecen de paz. Estos son los ocho pilares de la paz: 1) gobiernos que funcionan adecuadamente, 2) distribución equitativa de los recursos, 3) el flujo libre de la información, 4) un ambiente sano y propicio para negocios y empresas, 5) un alto nivel de capital humano (generado a través de factores como la salud, el bienestar, la educación, la capacitación, la investigación y el desarrollo), 6) la aceptación de los derechos de otras personas, 7) bajos niveles de corrupción, y 8) buenas relaciones entre vecinos (cohesión social).

Por ejemplo, se ha detectado que, a mayor corrupción y desigualdad en un país, más probabilidades de que éste experimente violencia. Por contraparte, las sociedades más pacíficas tienen de manera consistente un mejor desempeño en ambas variables. Por consiguiente, pensar en reducir violencia a través de esquemas meramente punitivos, sin al mismo tiempo transformarnos en sociedades más equitativas y menos corruptas, es desatender los factores estructurales que construyen y sostienen la paz, a pesar de que ciertas medidas para la reducción de violencia pudiesen tener eficacia.

Es decir, fomentar el crecimiento con desarrollo económico sustentable y con desarrollo humano, los derechos y oportunidades de género, el bienestar, el empleo, la salud, la educación, la democracia, el respeto a los derechos humanos, el combate a la corrupción y el fortalecimiento de la transparencia y rendición de cuentas, el respeto al estado de derecho y una eficiente impartición de justicia, la cohesión social, la inclusión, la reconciliación, la sanación y reparación, la protección a los periodistas y el acceso a la información no son temas “interesantes” o necesarios cada uno de manera independiente. Estos componentes se encuentran, cada uno, vinculados al sistema de paz estructural.

De igual manera, comprender la violencia desde el fondo supone valorar sus distintas manifestaciones como la que se gesta desde las actitudes. Entre otros instrumentos existentes, la pirámide del odio desarrollada por la Liga Antidifamación (ADL), nos permite incursionar en algunos de los rasgos de esa violencia.

Esa pirámide inicia con actitudes y comportamientos basados en el prejuicio, los cuales se elevan en complejidad desde abajo hacia arriba. Todos los peldaños de la pirámide representan riesgos de diverso grado, pero en la medida en que las personas o grupos van ascendiendo, estos comportamientos pueden traducirse en mayores amenazas a las vidas de otras personas. Lo más relevante es que si las actitudes en la base de la pirámide —la estereotipación, el miedo a lo diferente, las “micro agresiones”, el justificar el comportamiento sesgado o tendencioso, entre otras— reciben la aceptación o se normalizan en una sociedad (o en sectores de la misma), esa aceptación explícita o implícita tiende a facilitar ascensos hacia los siguientes niveles hasta llegar a la discriminación, los crímenes por odio e incluso el terrorismo y el genocidio. Cada nivel soporta al siguiente.

Ahora bien, aunque en México quizás no sea tan fácil encontrar personas en el pico de la pirámide, tendríamos que preguntarnos: a) ¿cuáles de los rasgos de esa pirámide se encuentran arraigados y normalizados en nuestra sociedad?, b) ¿cómo es que varios de esos rasgos caminan en paralelo con otras violencias manifiestas en nuestras calles?, c) ¿en qué medida es factible que ciertos sectores de nuestra sociedad sigan ascendiendo niveles en esa pirámide? y d) ¿cómo incorporamos ese tipo de reflexiones para pensar en la construcción de una paz positiva en el país?

Autores como Gordon Allport nos ofrecen algunas claves para responder lo último: si en la base de la pirámide del odio se encuentran el estereotipo y las actitudes prejuiciosas, el contacto rompe el prejuicio. En ese sentido, no es ilógico pensar en fomentar espacios que favorezcan el contacto, a diferencia de aquellos que tienden a evitarlo o evadirlo.

Considere por ejemplo los entornos que alimentan la formación de cámaras de eco, el pensamiento categórico y las etiquetas, que alientan la propagación de rumores y noticias falsas acerca de grupos e individuos facilitando la aceptación de aquello que confirma lo que “sentimos” como “verdad” y el rechazo de lo que no nos lo parece; esos son precisamente los ambientes que nutren la base de la pirámide. Por contraparte, los entornos de interacción humana que nos permiten encontrarnos y conectar con nuestros “otros”, mirarnos a los ojos, compartir, comunicar, escuchar y entender, pueden —no siempre, pero sí frecuentemente— conseguir dejar a la pirámide sin base.

Por consiguiente, se tiene que entender la paz como un sistema que necesita un enorme trabajo de construcción. Tan crucial es reducir la desigualdad, la corrupción, asegurar la solidez estructural de nuestras instituciones o reducir los niveles de impunidad, como garantizar condiciones que erradiquen la discriminación y garanticen la inclusión, el reconocimiento, aceptación e incorporación de nuestras diferencias, así como el desarrollo de mecanismos pacíficos para procesar el conflicto, fomentando actitudes de paz, instituciones que las garanticen y estructuras sólidas en las que puedan descansar.

* Mauricio Meschoulam (@maurimm) es internacionalista, especialista en mediación y paz, fundador y formador del programa Yo Construyo Paz de @NosotrxsMX (Facebook: @NosotrxsMX).

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