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Días de guardar, historia de bronce
El problema no reside en que los alumnos de secundaria no asocien al general Zaragoza con el 5 de mayo, sino que se crea que la parafernalia nacionalista de las efemérides y los rituales que los acompañan es la vía pedagógica para construir ciudadanía.
Por Jesús Rodríguez Zepeda
11 de febrero, 2020
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Vuelve a suceder: una propuesta del presidente más o menos excéntrica despierta la inquietud de las redes sociales —esa mezcla de asombro, enojo y burla que ahora acompaña a los hitos del debate público mexicano— y quedamos inundados de memes y mensajes ocurrentes. “#ConlosPuentesNo”, reza el hashtag más socorrido. El primer mandatario ha anunciado, en su conferencia del 5 de febrero, que presentará una iniciativa “para que las fechas históricas se celebren en su día”; esto con el fin de fortalecer la “memoria histórica” y de que los alumnos conozcan el significado de conmemoraciones como la de la Constitución, pues según el presidente los niños no saben siquiera por qué no asisten un lunes o un viernes a la escuela. La traducción de la exhortación cívica al vocabulario de la opinión pública es directa: se acabaron los puentes.

Es curioso el argumento, pero no es novedoso. Pertenezco a una generación, la de los sesenta, en la que las fechas históricas se celebraban en su día. Más aún, crecí en una ciudad de provincia en la que en los 16 de septiembre o los 20 de noviembre, por decirlo así, la mitad de la población desfilaba y la otra mitad se volcaba a las calles a ver el desfile. No es solo una experiencia personal, porque creo que esta imagen vale para gran parte del país. Y puedo recordar que la queja de educadores, líderes políticos y demás constructores de opinión era exactamente la misma: “los niños ya no conocen el significado de las efemérides históricas”. No se usaba el espinoso concepto de “memoria histórica”, pero se lamentaba la pérdida del civismo de los mexicanos del futuro. Del mismo modo que desde entonces los clérigos se lamentaban de que las fechas religiosas se hubieran transformado en mera diversión pagana —menos mal que no tenían el poder de decretar la vuelta de los genuinos días de guardar— nuestra mala conciencia se alimentaba con el reclamo de que estábamos traicionando, con la ignorancia, a nuestros héroes, fechas y mitos forjadores de identidad nacional.

Ya desde entonces, y eso es lo que ahora se presenta con viejos-nuevos ropajes, el cascarón de la discusión sustituía a su sustancia, porque muchos debaten sobre el asueto escatimado, pero pocos parecen discutir el problema central de la onomástica y el calendario cívicos: su endeble sustento historiográfico, su rigidez simbólica, su esquematismo moral, su impermeabilidad ante otras narrativas posibles y, acaso por todo lo anterior junto, su siempre posible manipulación política para tornarlas en vehículos de proselitismo. El problema, en realidad, no reside en que los alumnos de secundaria no asocien al general Zaragoza con el 5 de mayo, sino que se crea —más bien, que se vuelva a creer— que la parafernalia nacionalista de las efemérides y los rituales que los acompañan (desfiles, izamientos de bandera, redobles de tambores y, por supuesto, discursos encendidos de los gobernantes) es la vía pedagógica para construir ciudadanía. Que las niñas y niños falten a la escuela un 5 de febrero y no un 3 no significa cambio alguno en la conciencia cívica ni en la memoria histórica de nadie.

La propuesta de “conmemorar en su día” las fechas históricas esconde la gran falacia de la educación cívica en México: solo en la historia de bronce mexicana, que ningún historiador sensato defendería como discurso pedagógico para nuestra niñez, los enemigos acérrimos se reconcilian en el altar de la patria o las etapas históricas se hilvanan con precisión para hacer del presente el puerto de llegada del sueño de nuestros visionarios ancestros. Para solo hablar de la Constitución, pretexto de este sobresalto identitario, únicamente en el día de la Carta Magna Zapata no es enemigo de Carranza, ni Villa de Obregón. Esa falacia es la que nos escatimó durante décadas una genuina formación en ciudadanía.

Manuel Gil Antón, un experto en educación nada sospechoso de conservadurismo o neoliberalismo, dio voz a una idea proveniente de muchas educadoras y educadores y envió una contrapropuesta al presidente: que las fechas históricas, celebrados en día escolar hábil, se puedan dedicar a que la comunidad educativa se informe y discuta en la escuela sobre el significado de los hitos históricos del país, dejando que las familias gocen de un asueto que también es educativo. A ello podría yo agregar que esa discusión escolar no tendría que ser la mera repetición de los rituales y ceremonias como las que nos agobiaban todos los lunes escolares, sino un verdadero debate histórico acerca de quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos: independencia, reforma, liberalismo, revolución y democracia pueden ser así palabras vivas. Esa sería la mejor manera de honrar a las figuras heroicas, que desde luego las hay, de nuestra historia patria.

* Jesús Rodríguez Zepeda es Profesor-Investigador del Departamento de Filosofía de la UAM-Iztapalapa. Miembro de la Comisión Ejecutiva de @NosotrxsMx.

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