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No es broma: enfrentamos una sindemia
La sindemia que nace del cruce entre pandemia y desigualdades estructurales arroja el saldo de un exceso de muertes evitables bajo esquema sociales menos asimétricos. Así que hay gente que está muriendo por la injusticia social.
Por Jesús Rodríguez Zepeda
28 de diciembre, 2020
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En un reciente y muy interesante artículo de opinión, Olivia Muñoz-Rojas nos recordaba o, según el caso, nos hacía saber que la gigantesca corriente de contagio y enfermedad que ahora asuela al mundo debe ser entendida más como una sindemia que como una pandemia. Qué ganas de enredar las cosas con neologismos, dirán algunos; qué importante que los términos que usamos para describir lo que acontece se ajusten a su complejidad, deberíamos decir nosotros.

Las denominaciones cuentan y las palabras no son irrelevantes: disponer de los conceptos adecuados permite y orienta las acciones capaces de incidir en los hechos, mientras que la falta de lenguaje cancela la acción racional y nos deja a merced de las inercias de siempre. No es lo mismo decir “usen siempre el cubrebocas”, a soltar un desdeñoso “si se sienten más seguros, usen el cubrebocas”, como irresponsablemente se ha dicho desde el poder. Por ello, y regresando a nuestro hilo, entender, sobre todo desde el espacio de la autoridad decisora, este trágico fenómeno global como una sindemia y no solo como pandemia podría habilitarnos para identificar las estrategias de intervención pública a la altura del desafío mayúsculo que ahora enfrentamos.

Desde un enfoque epidemiológico o sanitario convencional, una sindemia no es otra cosa que el cruce e interacción de dos pandemias, por ejemplo, ahora mismo, la coexistencia en el tiempo de la epidemia de COVID-19 y la de Influenza H1N1, intersección de suyo grave, por cierto. Sin embargo, conforme a la definición que en los años noventa hiciera el antropólogo Merril Singer en el contexto de sus estudios sobre el Sida, una sindemia debe ser entendida no solo como el conjunto de procesos endémicos y epidémicos que dan lugar a morbilidades y contagios de alcance social (tuberculosis, enfermedades de transmisión sexual, hepatitis, cirrosis, mortalidad infantil, abuso de drogas, suicidio, el Sida mismo, etc.), sino también como un fenómeno articulado con la pobreza, la precariedad de las viviendas, la ausencia de derechos sanitarios, la estigmatización y otras formas de desigualdad.

Lo que sostuvo Singer, y que hoy en día parece cada vez más claro, es que epidemias y pandemias no son nunca fenómenos mórbidos aislados y discretos, es decir, meramente hechos sanitarios, sino que son experiencias agregadas y multidimensionales que, por un lado, expresan las asimetrías y disfunciones del orden social y, por otro, las agravan y escalan (véase su obra Introduction to Syndemics: A Critical Systems Approach to Public and Community Health, ed. Jossey-Bass).

Acaso la evidencia más poderosa de este punto de vista son los altísimos niveles de letalidad que la infección por COVID-19 está teniendo en México entre la población más desaventajada. Esto sucede no solo porque se trata de los grupos de menores ingresos cuyo acceso a satisfactores médicos y sanitarios es, por definición, limitado, sino también porque la explosión pandémica se da en un contexto de amplia extensión de enfermedades que se agudizan cuando están asociadas con la pobreza y con la carencia de recursos educativos, como la obesidad, la hipertensión o la diabetes.

Más aún, la exclusión social padecida por estos grupos acarrea un déficit de capital informativo y cultural que hace muy difícil la alineación de las conductas de las personas con las estrategias de comunicación que, con todo, difunden la información correcta y que podrían salvar vidas. Así que la sindemia que nace del cruce entre pandemia y desigualdades estructurales arroja el saldo de un exceso de muertes evitables bajo esquema sociales menos asimétricos. Así que hay gente que está muriendo por la injusticia social.

Por ello, la decisión de animar una política social estructural -y no solo remedial y de reparto como la que se ha hecho con mínimo éxito- y la intervención estatal en el ahora tambaleante circuito económico deberían ser vistas como acciones antisindémicas tan necesarias como el reforzamiento del sistema hospitalario, la compra de medicamentos o la disponibilidad de camas.

Durante los primeros meses de la sindemia detonada por el COVID-19 circuló en México y en otros países un bienintencionado pero equívoco argumento: “el covid no discrimina”. Se quería decir con ello que cualquiera podría enfermarse y morir y que era necesario cuidarse. Pero la verdad es que sí lo hace. Y ello es así porque ni siquiera en sus inicios se trató de un fenómeno solo sanitario, sino que siempre ha sido social y estructural que afecta más a los grupos subalternos.

En 1981, Amartya Sen publicó su libro Pobreza y hambre que revolucionó el estudio de las hambrunas, pues demostró que éstas no se daban por el recorte de los suministros de alimentos o por factores naturales, sino que eran el resultado de la ausencia de derechos. Pues lo mismo pasa con la sindemia de nuestros días: más graves son sus efectos mientras más desiguales somos.

* Jesús Rodríguez Zepeda es Profesor-Investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa. Integrante de la Comisión Ejecutiva de Nosotrxs.

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