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Phronesis
Por Luis González Placencia
Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos... Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos treinta años, la vida le ha permitido construir una aproximación vivencial de los derechos humanos. Es académico, presidente fundador de ConectaDH, primer Think Tank especializado en política pública y derechos humanos en México, y Director Ejecutivo del Centro para el Desarrollo de la Justicia Internacional A. C. Actualmente es Rector de la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Phronesis (Φρόνησις), que hace referencia en Aristóteles a la sabiduría práctica, a la comprensión necesaria para pensar y actuar para cambiar las cosas, virtud ausente en la política de hoy. (Leer más)
Alfonso Martín del Campo: inocente
¿Alfonso Martín del Campo es inocente? Sí, porque no obstante haber sido condenado con anterioridad y dado que los elementos tomados en cuenta por quienes lo condenaron están afectados por la tortura y por múltiples vicios procesales, la verdad en la que se sostuvo su culpabilidad se ha desvanecido, lo que le devuelve al estatus previo a su acusación, es decir, al estatus de inocente, que es el que toda persona acusada de un delito tiene hasta que no se prueba lo contrario.
Por Luis González Placencia
23 de marzo, 2015
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Tengo desconfianza de los recuerdos de la infancia… porque creo que en buena parte están reconstruidos.

Jean Piaget

 

Jean Piaget, uno de los psicólogos más importantes del siglo XX, relató en una entrevista con J.C. Bringuier que su recuerdo más nítido de la infancia era el siguiente: cuando se encontraba en su carriola, llevado por una nana, una persona intentó secuestrarlo. Su cuidadora se resistió violentamente, por lo que recibió fuertes rasguños del agresor, hasta que la presencia de un policía consiguió frustrar el secuestro. Al relatar este evento, Piaget mostraba prístinamente el hecho, lo situaba con claridad en un cruce de Campos Elíseos, hablaba de los curiosos alrededor de la escena y también describía al policía, vestido con una manta y portando un bastón blanco, entre otros detalles. Años mas tarde, cuando el famoso psicólogo francés tenía quince, una carta de la nana arrepentida contaba que todo el suceso había sido inventado, que los daños habían sido auto infligidos; junto a la carta, devolvió el regalo que la familia Piaget le había dado por su valentía. El joven Jean vio incontrovertiblemente cuestionada una vivencia que durante toda su juventud dio por un hecho real, con la certeza incluso de haber sido él mismo protagonista de aquél pretendido secuestro. Este hecho incuestionable motivó al adulto Jean Piaget, ya psicólogo, a estudiar la memoria infantil y a determinar que los recuerdos también se construyen.

La anécdota viene a cuento debido a las declaraciones que María Fernanda Zamudio, hizo, once años después del asesinato de sus padres, ante el Ministerio Público, y en las que afirma, como lo ha repetido en diversas ocasiones desde entonces, haber presenciado ella misma que su tío Chacho —como llamaban a Alfonso Martín del Campo— asesinó a sus padres.

Ese recuerdo, que para Fernanda es completamente vívido y cierto, está sujeto sin embargo a los procesos de reconstrucción que tienen lugar en la memoria humana, en especial respecto de los sucesos de la infancia, los cuales deben ser adecuadamente explorados antes de darles carta de certeza plena. Desafortunadamente, hace veintitrés años, cuando los hechos ocurrieron, no se recabó el testimonio de la entonces niña, lo que es motivo suficiente para que hoy su recuerdo admita una razonable y respetuosa duda. No estoy diciendo que lo que Fernanda Zamudio dice sea falso, lo que digo es que hay evidencia teórica desde la cual es posible plantear que su recuerdo es la reconstrucción de lo que ella cree que sucedió. Es por esta razón que, al existir incertidumbre, ese testimonio notablemente extemporáneo, no puede considerarse una prueba irrefutable de la culpabilidad de Alfonso.

Por otra parte, es también un hecho que tampoco se investigó adecuadamente la verdad sobre lo ocurrido esa noche. El caso se procesó como muchos otros de la época: un crimen, un sospechoso, evidencia que aparece y desaparece en el momento oportuno sin ningún control, y la posibilidad de contar una historia que nadie iba a refutar, al menos por dos razones: la primera porque los guionistas de la misma —los policías que acudieron a la escena del crimen— implantaron su versión de los hechos en la boca del sospechoso, como confesión; la segunda, porque la mentalidad inquisidora y formalista, dominante en el sistema de justicia penal mexicano, iba a terminar convalidando esa versión, construyéndola al final como la verdad, misma que sería enriquecida con el testimonio de María Fernanda una década más tarde.

Tan pronto como pudo, sin embargo, Alfonso Martín del Campo denunció que había firmado su confesión bajo tortura, pero hace veinte años, como sigue ocurriendo ahora, la tortura era sistemática y generalizada como método de investigación policial. Tal vez por ello, a lo largo de todo este tiempo, ese argumento que debió suscitar la preocupación del primer juez del caso, o de quienes lo revisaron en todas las instancias a las que llegó en las jurisdicciones local y federal, simplemente se pasó por alto. Se creyó en un expediente formado a partir de la declaración autoincriminatoria de Alfonso y plagado, como muchos de esos años, de irregularidades procesales. No se trabajó seriamente la probable responsabilidad de Alfonso o, dicho en otras palabras, no se refutó seriamente la inocencia del inculpado. De esto se dio cuenta la Primera Sala de la Corte y por eso, al determinar que hubo una confesión arrancada con tortura, le concedió un amparo que reconoce su inocencia. Ello equivale a decir que, dado que Alfonso fue torturado, todo lo que se deriva de ese acto, todo lo actuado después, se torna incierto, dudoso, pierde credibilidad.

De este modo, los dos principales argumentos para culparle, su confesión junto con el expediente que se formó a partir de ella, así como el testimonio de su sobrina, se desvanecen en la incertidumbre. ¿Quiere decir eso que los hechos no ocurrieron como dice el expediente o como afirma María Fernanda? No, de ninguna manera: quiere decir que ni la policía ni el Ministerio Público pudieron probar que así fuera. ¿El caso queda impune? Sí, porque la justicia no ha sido capaz de encontrar y demostrar quién o quiénes fueron los autores del hecho. ¿Quedan como se ha dicho, las víctimas sin justicia? Sí, también. Las hijas del matrimonio y el propio Alfonso son víctimas del mismo delito, pero también de un sistema penal que no sólo no les hizo justicia, sino que les produjo un daño irreparable. ¿Alfonso Martín del Campo es inocente? Sí, porque no obstante haber sido condenado con anterioridad y dado que los elementos tomados en cuenta por quienes lo condenaron están afectados por la tortura y por múltiples vicios procesales, la verdad en la que se sostuvo su culpabilidad se ha desvanecido, lo que le devuelve al estatus previo a su acusación, es decir, al estatus de inocente, que es el que toda persona acusada de un delito tiene hasta que no se prueba lo contrario. Alfonso es inocente por que no se probó que fuese culpable, y por ello, cualquier criterio que sostenga que el fallo de la Corte no lo convierte en inocente, constituye en todo caso, un prejuicio.

En este asunto, como en el de Florence Cassez, probablemente nunca sepamos qué fue lo que ocurrió en realidad, pero en ambos, sabemos con certeza que hay responsables que nunca fueron investigados: los agentes de la policía y del MP que no hicieron bien su trabajo, y los jueces que convalidaron ambos procesos viciados. Es a ellos a quienes les debemos que estos casos hayan quedado impunes.

 

@LGlzPlacencia

 

Cfr. Bringuier, J.C. Conversaciones con Piaget. Mis trabajos y mis días. Barcelona: Gedisa, 2004.

Ver acá.

Información sobre el caso puede verse acá.

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