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Phronesis
Por Luis González Placencia
Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos... Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos treinta años, la vida le ha permitido construir una aproximación vivencial de los derechos humanos. Es académico, presidente fundador de ConectaDH, primer Think Tank especializado en política pública y derechos humanos en México, y Director Ejecutivo del Centro para el Desarrollo de la Justicia Internacional A. C. Actualmente es Rector de la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Phronesis (Φρόνησις), que hace referencia en Aristóteles a la sabiduría práctica, a la comprensión necesaria para pensar y actuar para cambiar las cosas, virtud ausente en la política de hoy. (Leer más)
El año de la corrupción
2016 ha dejado en claro que hoy por hoy, el acceso al poder en los más altos niveles tiene un incentivo inequívoco: hacerse millonario en un sexenio.
Por Luis González Placencia
27 de diciembre, 2016
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2016 puede ser considerado sin duda, el año en el que estalló la corrupción en el país. No es, desde luego, que este año haya sido el que más actos de corrupción haya registrado, pero sin duda el que termina ha sido un año en el que se visibilizaron los niveles y las formas en las que este flagelo nos azota desde hace tiempo.

Como nunca en la historia reciente, al menos una decena de gobernadores son cuestionados por la forma en la que hicieron de la corrupción el mecanismo privilegiado para convertir el dinero público en propio. Ello ha dejado en claro que hoy por hoy, el acceso al poder en los mas altos niveles tiene un incentivo inequívoco: hacerse millonario en un sexenio.

Durante el año, los jaloneos en el legislativo por instaurar de una vez por todas el Sistema Nacional Anticorrupción, por poner en vigor su ley y por designar al Fiscal, han sido el marco bajo el cual presenciamos denuncias ciudadanas y de importantes medios de comunicación —como, sin duda, es el caso de Animal Político— de actos de corrupción que ocurrían en tiempo real, justo mientras eran denunciados, sin que alguna autoridad los tomara en cuenta y previera actuar con anticipación para evitar lo que hoy tenemos: un grupo de gobernadores en fuga, escondiéndose con la seguridad que les da la tradición de impunidad que existe en México, de pactos secretos y de blofeo que promete que “esta vez, si se llegará a las últimas consecuencias.”

Quienes saben que no pueden escapar de un enfrentamiento real y contundente contra la corrupción son muchos, desafortunadamente. Y seguramente han sido estas personas quienes han hallado mil pretextos para que, un año más, sigamos sin un mecanismo que permita combatirla de raíz.

Trágicamente, esa es sólo la punta del iceberg, la que demuestra que debajo hay una montaña inmensa de actos de corrupción que se cometen en todos los niveles sociales y con todos los propósitos posibles. Datos del Foro Económico Mundial colocan al país en el lugar 13 en corrupción en toda América, muy lejos del 115 que ocupa Uruguay y del 118 que corresponde a Canadá; según esta misma fuente, nueve de cada diez ciudadanos perciben a la policía y los partidos políticos como las entidades más corruptas; ocho de diez perciben de la misma forma al Ministerio Público, los gobiernos estatales, los legisladores y el gobierno federal, y un sesenta por ciento tiene esta percepción sobre los juzgadores, los empresarios y los medios de comunicación.

De los países de la OCDE, México ocupa el deshonroso primer lugar en corrupción, y dentro del país, el Estado de México, con una tasa de más de sesenta y dos mil actos de corrupción por cada cien mil habitantes, es la entidad de la República donde más corrupción hubo en 2016.

Es cierto que la corrupción representa sólo una parte de nuestros problemas, sin embargo, no tengo duda en hipotetizar que se trata de una variable que explica en mayor o menor medida los demás, desde la impunidad hasta la simulación, desde Ayotzinapa hasta Tultepec, y desde las empresas fantasma a todas las formas posibles de peculado.

Hace un par de años el presidente Peña dijo que el de la corrupción era un problema de orden cultural, como si anticipara una explicación a los conflictos de interés y los escandalosos señalamientos por mal manejo de los recursos públicos en los gobiernos locales de Francisco Vega en Baja California, Mario Anguiano en Colima, Fausto Vallejo en Michoacán, Jorge Herrera en Durango, Ángel Aguirre en Guerrero, Guillermo Padrés en Sonora, Roberto Borge en Quintana Roo, Rodrigo Medina en Nuevo León, Tomás Yarrington en Tamaulipas, César Duarte en Chihuahua y por supuesto Javier Duarte en Veracruz.

Se equivoca el presidente, la corrupción no es cultural. Es un problema social, se aprende a cometerla lo mismo que se aprende a tolerarla, a encubrirla y a justificarla; tiene que ver con el desinterés por lo público, por el beneficio común, y se relaciona con la mezquindad y con la ambición. La corrupción es relacional: en la medida en la que se acepta participar de un solo acto de corrupción se adquiere esa oscura membresía de la complicidad que hace a los corruptos parte de una cofradía mafiosa en la que denunciar es impensable, porque es tanto como escupir para arriba. Y aunque una reacción punitiva es impostergable, construir una sociedad sin corrupción comienza con las y los ciudadanos, quienes no podemos darnos el lujo de perder el poder de denunciar, de exigir a la autoridad que actúe, de influir en las decisiones públicas, pero sobre todo, menos que nunca, podemos darnos el lujo de ignorar el poder que tiene decir no ante cualquier acto de corrupción que se nos ofrezca como la salida fácil, por más inocuo que nos parezca.

El año que termina vuelve a renovar la esperanza en que el que comienza sea mejor; sin duda 2017 será definitivo en la construcción de las candidaturas que se pondrán en juego en 2018. El tiempo de pensar cómo queremos que sea el México del siglo XXI nos llegó. Los partidos lo saben, los aspirantes a esas candidaturas lo saben también, la gran pregunta es si las y los ciudadanos somos conscientes de ello, si haremos algo en consecuencia o si cerraremos los ojos y extenderemos la mano, mientras con la otra hacemos ademanes de inconformidad y de hartazgo, y seguimos señalando a otras y otros como si en lo que les reclamamos nada tuviéramos qué ver.

Algo en que pensar mientras brindamos esta noche vieja.

 

@LGlzPlacencia

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