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Phronesis
Por Luis González Placencia
Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos... Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos treinta años, la vida le ha permitido construir una aproximación vivencial de los derechos humanos. Es académico, presidente fundador de ConectaDH, primer Think Tank especializado en política pública y derechos humanos en México, y Director Ejecutivo del Centro para el Desarrollo de la Justicia Internacional A. C. Actualmente es Rector de la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Phronesis (Φρόνησις), que hace referencia en Aristóteles a la sabiduría práctica, a la comprensión necesaria para pensar y actuar para cambiar las cosas, virtud ausente en la política de hoy. (Leer más)
Capitulación. Una última reflexión para Jacobo Dayán
Si occidente decide que el exterminio de un grupo humano es legítimo porque ese grupo humano amenaza sus valores, se estaría colocando exactamente en la misma posición desde la que dicho grupo humano, por considerar que sus valores están en riesgo, busca exterminar a occidente.
Por Luis González Placencia
14 de diciembre, 2015
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Como afirmas querido amigo, nuestra diferencia fundamental es sólo una y parece irreductible. Ambos reconocemos que hay momentos en los que los medios pacíficos se agotan y en los que, frente a la impotencia de la razón, no queda más recurso que la violencia letal, lo que se traduce en un sí a la violencia, —no toda ni por cualquier razón, sino sólo aquélla que justificada como ultima ratio ocurre porque no queda alternativa.

Pero nuestra diferencia, que parece insalvable, radica en la posición desde la que cada uno ve lo que sin duda, en muchos casos ha sido y será inevitable: la imposición de la ley del mas fuerte. Aunque a la postre ambos lo hemos aceptado, tú la justificas y yo no. Que ambos lo aceptemos —como se acepta lo que es ineluctable— no significa sin embargo que lo hagamos desde el mismo lado. Para mí aceptar que se imponga la ley del mas fuerte implica hacerlo a pesar de, en la posición de quien ve en el triunfo violento sobre el otro, la derrota de sí mismo, —la vuelta al principio salvaje— y en el regocijo por el golpe asesino, la negación de la propia dignidad.

Tú en cambio, lo aceptas como afirmación de la supremacía de quien posee las buenas razones y, para protegerlas, se autoproclama su legítimo defensor y se arroga el derecho de aniquilar a quienes las pongan en peligro. Pero no sólo lo aceptas, sino que además lo justificas: dices que la violencia, en casos como los que pones por ejemplo, es plausible, es moralmente sostenible y además es redentora. Me llevas, estimado Jacobo, a los tiempos en los que el sacrificio de otros se justificaba por la propia salvación.

No estoy diciendo de ninguna forma que haya que poner la otra mejilla, lo que digo es que hay que hacerse cargo de que, si autorizamos una solución violenta y letal de nuestro lado, la aceptamos también del otro, y que la apuesta entonces no es por saber quién tiene la razón sino por ver quién sobrevive. Llegar a este punto contradice cualquier pretensión de occidente de presumir que posee valores superiores.

En mi opinión, esa superioridad de los valores radica precisamente en la posibilidad de condolerse por la derrota del otro, de avergonzarse por no haber logrado una solución menos salvaje, de no habernos podido distanciar, si quieres, de los bárbaros.

Porque imponer la fuerza no significa de ninguna forma que se tenga la razón. Significa que se tiene más fuerza, que se poseen mejores armas, mejores estrategias, más aliados, no mejores razones. Y eso supone, por tanto, que la mayor fuerza puede estar de cualquiera de ambos lados y que si, por caso, no estuviera del lado de ese nosotros ampliado del que hemos escrito antes, deberíamos aceptar que ellos dijeran que fue moral exterminarnos, que aplaudieran su barbarie y se sintieran redimidos.

Aquí está la diferencia entre aceptar y justificar: no porque las cosas sean de un modo significa que deban ser de ese mismo modo. Aceptar que la violencia letal sea el último recurso no es lo mismo que aceptar que deba serlo, y es que esa distancia entre el ser y el deber ser es lo que nos permite apelar a un horizonte de valores superiores a la fuerza bruta. Yo lo pondría de este modo: si occidente decide que el exterminio de un grupo humano es legítimo porque ese grupo humano amenaza sus valores, se estaría colocando exactamente en la misma posición desde la que dicho grupo humano, por considerar que sus valores están en riesgo, busca exterminar a occidente. En ese plano, el que extermine primero habrá ganado, habrá impuesto sus valores y desde su posición los habrá legitimado; será claro que habrá sido el más fuerte. Pero sólo podrá considerarse moralmente superior si es capaz de tomar distancia de inmediato de la violencia, avergonzarse de ella y construir su superioridad no en la fuerza de la que dispone, sino en la fortaleza de sus razones para no usarla, sino a pesar de éstas últimas.

Con esta reflexión, querido amigo, capitulo de nuestro fructífero debate. No porque no haya más que discutir, sino porque creo que no lograremos acercarnos uno al otro más de lo que ya lo hemos hecho hasta ahora. Igual creo que la amistad que nos une es la mejor demostración de que dos personas con posiciones no sólo distintas, sino irreductibles como las nuestras, pueden sin embargo profesarse respeto y admiración mutua y no liarse a golpes para ver quien es más fuerte. Gracias por este aleccionador intercambio y gracias a Animal Político por permitirlo.

 

@LGlzPlacencia

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