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Phronesis
Por Luis González Placencia
Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos... Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos treinta años, la vida le ha permitido construir una aproximación vivencial de los derechos humanos. Es académico, presidente fundador de ConectaDH, primer Think Tank especializado en política pública y derechos humanos en México, y Director Ejecutivo del Centro para el Desarrollo de la Justicia Internacional A. C. Actualmente es Rector de la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Phronesis (Φρόνησις), que hace referencia en Aristóteles a la sabiduría práctica, a la comprensión necesaria para pensar y actuar para cambiar las cosas, virtud ausente en la política de hoy. (Leer más)
Ciudad de México: una entidad menor de edad
Medidas como el alcoholímetro y los límites de velocidad establecidos en el nuevo reglamento de tránsito pueden convertirse en promotoras de autonomía y responsabilidad sí y sólo sí tuviesen fecha de caducidad.
Por Luis González Placencia
4 de enero, 2016
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En los últimos años, en la Ciudad de México se han aprobado una serie de reglas cuyo objetivo ha sido disminuir los efectos de ciertos comportamientos, ciertamente muy arraigados entre las y los capitalinos, que ponen en riesgo la vida, la integridad o la salud de uno mismo o la de las y los demás. Algunos, desde luego, se quejan, pero a la postre ha sido frecuente escuchar que, gracias a esas reglas, muchas vidas se han salvado, se han evitado accidentes y se ha mejorado la convivencia entre ciudadanas y ciudadanos de la capital. Tal es el caso del alcoholímetro, los límites de velocidad establecidos en el nuevo reglamento de tránsito, los autobuses y vagones especiales para mujeres, la prohibición de exhibir la sal en restaurantes y las anacrónicas restricciones denominadas ley seca.

Sin embargo, es mi opinión que mientras se trate sólo de reglas y no de políticas públicas de mediano y largo plazo, resulta inevitable hallar en ellas un componente paternalista, asistencialista y en el fondo, secretamente conservador. En todos los casos se trata de reglas que ven en las personas a seres que no son capaces de gobernarse con autonomía y responsabilidad y por tanto, contienen amenazas y sanciones como los mecanismos idóneos para poner límites a la libertad de decisión. No es que ello esté mal en sí mismo, sino que no es suficiente.

Es muy conocida la teoría del desarrollo moral de Lawrence Kohlberg quien, basado en los estudios que Jean Piaget hizo sobre el tema, plantea una serie de estadios que en resumen suponen tres niveles de desarrollo moral: uno que denomina pre moral que comienza con una orientación hacia el castigo y la obediencia propia de la primera infancia —cuando se reacciona fundamentalmente para evitar ser castigado— y que prosigue con un comportamiento hedonista ingenuo, etapa en la que se aprende a valorar las acciones con fines egoístas, de modo que se actúa por conveniencia propia. En ambos casos las reglas son vistas como incuestionables debido al temor que se genera ante quien las impone. El segundo estadio es el de la moral convencional, que se alcanza entre la adolescencia y la adultez y que representa el momento en el que se empieza a pensar en las reglas como un sistema de acuerdos sociales en razón de los cuales es que aquéllas deben ser respetadas, ya sea para sentirse incluido en la sociedad —como pasa con las y los adolescentes—, o bien, en el último peldaño de este estadio, porque se tiene la convicción de que la motivación detrás de las reglas no es la sola autoridad de alguien a algo —la policía, Dios, el Estado— sino su sentido social. De acuerdo con Kohlberg, este es el nivel que alcanza la mayoría de las personas y es suficiente para mantener un orden común basado en el acuerdo y también para producir desacuerdo cuando la legitimidad de las reglas se pone en duda.

El tercero y último nivel de la teoría lo ocupa una moral post convencional, que representa una posición más allá de los acuerdos debido a la cual, quien alcanza este nivel no se compromete con ninguno de tales acuerdos —aunque puede compartir algunos de sus contenidos— y justo por ello, admite la convivencia pacífica de varios e incluso distintos y contrapuestos sistemas de acuerdos que representan aproximaciones a la moral, a la religión o estilos de vida que son comunes en sociedades heterogéneas y complejas como las nuestras.

Una sociedad moralmente evolucionada supondría que el Estado y sus instituciones deben asumir una posición de moral post convencional y que sus ciudadanas y ciudadanos deben alcanzar, por lo menos, el nivel de convencionalidad para garantizar que, con menos reglas y en consecuencia menos castigos, las personas se comportaran de acuerdo con estándares de convivencia y respeto mutuo por lo que es público y por lo que les es común. Esa posición del Estado implica por tanto, no sólo el establecimiento de reglas, sino el desarrollo de políticas que generen convicción sobre sus motivaciones y sobre sus fines —que no pueden ser otros que lograr comportamientos autónomos y responsables destinados a armonizar la convivencia social— así como de contextos en los cuales, por ejemplo, no conducir alcoholizado sea el producto de la convicción de que hacerlo puede ocasionar un daño a otros o a sí mismo y no de la amenaza de que uno puede ir a dar con el alcoholímetro.

Medidas como todas las que aquí he considerado paternalistas pueden convertirse en promotoras de autonomía y responsabilidad sí y sólo sí tuviesen fecha de caducidad. Por ejemplo, no deberíamos festejar que hace más de diez años tenemos transporte especial para las mujeres, porque eso significa que en todo ese tiempo ni los varones aprendimos a respetarlas, ni el estado hizo nada que, más allá de la amenaza y el castigo, contribuyera a construir una relación de respeto entre los hombres y las mujeres. Lo mismo podemos decir del alcoholímetro, la sal en los restaurantes, la ley seca e incluso de varias de las medidas que plantea el nuevo Reglamento de Tránsito.

Es obvio que se requiere más que las solas reglas para producir cambios sociales eficientes; de hecho, la persistencia de estas restricciones tiene un efecto pernicioso porque supone desplazar la responsabilidad sobre el propio comportamiento al supuesto deber de cuidado que asume un estado paternalista.

No deberíamos sentirnos orgullosos de estas reglas, sino al contrario, avergonzarnos de su existencia y, en consecuencia, pensar seriamente hasta cuando queremos ser tratados como quienes no han alcanzado todavía la mayoría de edad.

 

@LGlzPlacencia

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