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Phronesis
Por Luis González Placencia
Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos... Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos treinta años, la vida le ha permitido construir una aproximación vivencial de los derechos humanos. Es académico, presidente fundador de ConectaDH, primer Think Tank especializado en política pública y derechos humanos en México, y Director Ejecutivo del Centro para el Desarrollo de la Justicia Internacional A. C. Actualmente es Rector de la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Phronesis (Φρόνησις), que hace referencia en Aristóteles a la sabiduría práctica, a la comprensión necesaria para pensar y actuar para cambiar las cosas, virtud ausente en la política de hoy. (Leer más)
COVID 19, ¿qué viene luego del decreto de emergencia sanitaria en México?
Mientras se atiende la dimensión sanitaria de la pandemia, las dimensiones social, psicológica y política de la crisis se están desarrollando por sí solas, atendiendo a sus propias dinámicas y sin que haya estrategias claras para atenderlas.
Por Luis González Placencia
1 de abril, 2020
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La actual crisis debida al COVID-19 tiene varias dimensiones. Por razones obvias, el gobierno federal ha puesto el énfasis en la dimensión sanitaria y tiene en el radar también la dimensión económica, pero hay otras dimensiones que es necesario considerar: la social, la psicológica y la política. Todas estas dimensiones de la crisis están generando efectos que, teniendo como epicentro la sanitaria, están repercutiendo poco a poco en lo social, en lo económico, en lo psicológico y en lo político.

La dimensión sanitaria es la única que, hoy por hoy, está produciendo información y estrategias sobre hechos que sabemos que son inevitables y que han venido planteando problemas de atención prioritaria que están siendo resueltos desde una perspectiva biopolítica, al menos desde enero de este año. Esto significa el control de las personas organizadas en grupos (sanos, vulnerables, sospechosos, contagiados, enfermos y fallecidos) mediante, por lo menos, una estrategia preventiva (inmovilidad social, quédate en casa), una estrategia de atención a los casos sospechosos (hot lines, auto-tests medicina privada), una estrategia de hospitalización y tratamiento de enfermos críticos (reclutamiento de médicos, acopio de materiales, preparación de hospitales) y una estrategia para la disposición de cadáveres (que seguro está planeada pero que no es del todo conocida, o al menos no para mí). Esta perspectiva se está acompañando de otra estrategia de tipo informativo que está actualizando cifras diariamente, generando información oficial sobre el tema.

Mientras ello ocurre, las demás dimensiones de la crisis se están desarrollando por sí solas, atendiendo a sus propias dinámicas y sin que haya estrategias claras —o por lo menos no públicamente conocidas— para atenderlas. Planteo las siguientes:

  1. En la medida en la que se refuerza el mensaje sobre la necesaria restricción de la movilidad social y se actualiza la información sobre el avance de la pandemia, es esperable una reacción social paradójica, que al tiempo que irá condenando a quienes, por la razón que sea, siguen en las calles, apoyará (tal vez discreta o secretamente) que quienes proveen servicios —empleados de seguridad privada, de supermercados, de servicios a domicilio, de limpieza y mantenimiento— sigan haciéndolo con la condición, en el mejor de los casos, de que extremen medidas sanitarias preventivas para no contagiar a los resguardados y, en el peor, evitando todo contacto con ellas y ellos; a fin de cuentas, instrumentalizándoles, es decir. Aquí hay un importante riesgo de discriminación, de cosificación y, en consecuencia, de banalización del riesgo de las y los otros, a quienes existe el peligro de considerar, al menos en alguna medida, reemplazables. De hecho, la gran mayoría de ellas y ellos ya han sido víctimas de desplazamientos económicos, sociales y laborales que los han empujado al precariato en el que, a pesar de la crisis, tendrán que seguir tratando de sobrevivir.
  2. Esta situación está poniendo en jaque, ya desde hace algunos días, a quienes no pueden atender el llamado de quedarse en casa, ya sea porque trabajan en esos sectores, o porque su sostén diario depende de lo que cotidianamente logran vender, como es el caso de los miles de personas que trabajan en la informalidad, lo que para ellas y ellos hará que el contagio signifique algo más que otro de los múltiples riesgos laborales que enfrentan; por cierto que no todo el mundo estará dispuesto a reconocerlo como tal y menos aún a remunerarlo.
  3. Como ya está ocurriendo, se incrementará la presión sobre los pequeños empresarios quienes empezarán a tener dificultades para cumplir con el pago de salarios de sus empleadas y empleados, tal como lo ordena el decreto de emergencia nacional anunciado ayer por el canciller Ebrard. Este es un sector crucial, que hay que atender porque representa al que se halla “en el medio”, en el que participan trabajadoras y trabajadores cuyos pagos dependen de formas de producción que podrían no ser esenciales, que no están en condiciones de prescindir de sus salarios, que muy probablemente no poseen ahorros y que, por tanto, tampoco están en posibilidades de emprender negocios propios, ni virtuales ni reales, al menos en lo inmediato.
  4. Para quienes tengan la posibilidad de quedarse en casa, por su parte, la situación puede presentar problemas de otra naturaleza. Es altamente probable que la convivencia diaria reclame espacios físicos y psicológicos individuales que, dadas las dimensiones de la mayoría de las casas y departamentos que existen en las ciudades, resultan difíciles de garantizar. Es probable que aparezcan síntomas de ansiedad, depresión, frustración y que se generen o exacerben adicciones y situaciones de violencia familiar o vecinal. La lejanía con los seres queridos, especialmente con los familiares que son mayores y probablemente viven en soledad, la preocupación por quienes tienen familiares que hacen parte de la fuerza de trabajo indispensable para afrontar la crisis, o de quienes deben salir porque no están en condiciones de guardar casa, así como la distancia entre las parejas que no viven juntas, las de las y los adolescentes no emancipados, entre otras situaciones posibles, pondrán a prueba la capacidad de cada uno y de todos para lidiar con esta nueva situación que, aunque en algunos casos, desafortunadamente no en todos, puedan solventarse por medios telemáticos, nada sustituye el contacto físico que para los seres humanos es esencial en la demostración de los afectos, los deseos y los sentimientos. Todo esto puede crear situaciones dentro de casa para las que no estamos preparados y sobre las cuales nadie, salvo quizá esfuerzos aislados, nos está diciendo qué podemos o debemos hacer.

En la confluencia de todas estas dimensiones, el miedo irá jugando cada vez más un rol central: en la medida en la que se conozca más información sobre el avance de la pandemia, y en especial sobre el número de infectados activos y de decesos, los temores a no poder obtener ingresos, a no poder quedarse en casa o a no poder salir de ella, a llegar a una situación que salga de control, a que amigos, familiares o uno mismo se contagien y no superen la enfermedad, entre otras posibles fuentes de miedo y ansiedad, irán creciendo y, paulatinamente, creando una situación psicológica que escapará a la racionalidad y será terreno fecundo para la generación de todo tipo de influencias por más irracionales que parezcan. La fragilidad de la razón humana puede ser un extraordinario caldo de cultivo para la manipulación de las subjetividades. Entonces, a la biopolítica le irá ganando terreno la psicopolítica y de la crisis sanitaria pasaremos, cuando ésta se supere, a un escenario de abierta disputa política, donde lo que estará en juego no es la vida nuda, como ahora, sino el sesgo ideológico que tendrá el tipo de sociedad que de todo ello emerja.

@LGlzPlacencia

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