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Phronesis
Por Luis González Placencia
Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos... Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos treinta años, la vida le ha permitido construir una aproximación vivencial de los derechos humanos. Es académico, presidente fundador de ConectaDH, primer Think Tank especializado en política pública y derechos humanos en México, y Director Ejecutivo del Centro para el Desarrollo de la Justicia Internacional A. C. Actualmente es Rector de la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Phronesis (Φρόνησις), que hace referencia en Aristóteles a la sabiduría práctica, a la comprensión necesaria para pensar y actuar para cambiar las cosas, virtud ausente en la política de hoy. (Leer más)
El Oligarclub. A propósito del caso Aristegui
En lo que va del siglo XXI, el país ha consolidado un tipo de capitalismo oligárquico, que se caracteriza por una relación estrecha entre el mercado y el estado, en el que empresarios y funcionarios públicos reciben mutuos beneficios gracias a las redes de amistad o de interés que se construyen entre ellos. En un sistema de esta naturaleza, los límites y contrapesos propios de la democracia son un problema.
Por Luis González Placencia
16 de marzo, 2015
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No —o no sólo— se trata de Carmen. El más reciente conflicto de la periodista con MVS es sintomático del frágil equilibrio entre las libertades y el autoritarismo, por una parte, y de las nuevas reglas no escritas del poder en México, por la otra.

En lo que va del siglo XXI, el país ha consolidado un tipo de capitalismo oligárquico, que, identificado por los especialistas como Crony Capitalism, se caracteriza por una relación estrecha entre el mercado y el estado, en el que empresarios y funcionarios públicos reciben mutuos beneficios gracias a las redes de amistad o de interés que se construyen entre ellos. Para el empresariado, es importante que el estado funcione como un gerente que facilite y regule los acuerdos, sean estos formales o informales, legales o ilegales, para controlar la competencia y para evitarle riesgos; a cambio el funcionariado público recibe beneficios de un mercado que le provee de fama, riqueza y estatus. Para ambos, el resultado es el incremento de las rentas. Se trata de un modelo gana/gana, sin duda, pensado para beneficio exclusivo de los miembros del Oligarclub.

En un sistema de esta naturaleza, los límites y contrapesos propios de la democracia son un problema: la transparencia, la rendición de cuentas, la libertad de expresión y la protesta entorpecen y dificultan la realización de intereses particulares. Pero como el entramado institucional los presupone, el capitalismo oligárquico mexicano poco a poco, copta, ignora o elimina tanto a las instituciones como a las personas que encarnan o ejercen de límite y contrapeso al poder en el país. De alguna manera, se trata de una discreta invitación a obtener el nivel más modesto de la distinguida membresía —si se acepta pagar el costo—, o bien, de una sentencia inapelable de destierro a la República de los inconformes, los incómodos, los críticos, los vándalos, los rijosos, si se insiste en una actitud autónoma e independiente.

Como todo club, el Oligarclub tiene reglas y concede privilegios. Entre las reglas, las formales se visibilizan en reformas que hacen legal lo necesario para que prosperen los negocios privados dentro de sectores públicos que devienen estratégicos —como el energético, las telecomunicaciones, el alimentario, el transporte, entre otros; en designaciones que llevan a instituciones cuyo mandato es controlar al poder y vigilar la supremacía constitucional, perfiles que poseen o aspiran a poseer membresía en el Oligarclub; o bien en licitaciones que simulan concursos para legitimar el gane de quien de antemano tenía ya asegurado el contrato. Las reglas informales por su parte, sirven, entre otras cosas, para asegurar los criterios de inclusión y permanencia en el club: son las reglas del pacto mafioso que por una lado mantiene el sentido de las relaciones entre funcionarios y empresarios en lo clandestino —el moche, por ejemplo— y por el otro, permite la identificación entre los miembros del club en la complicidad de saberse parte de los privilegios, a cambio de contribuir con la disolución de las responsabilidades que implica particularizar lo público a favor del interés privado.

En este interjuego de intereses, la libertad de quienes denuncian —por mandato o por convicción— lo que sucede dentro del Oligarclub es disfuncional. De ahí que el autoritarismo, la demostración de la fuerza porque se tiene y porque se quiere, por parte del estado, se convierte en un regulador fáctico que, para garantizar la discrecionalidad de los de dentro, constriñe la libertad de los de afuera, interfiriendo en sus entornos mediante la cuota —como en el caso de la imposición de ministros, comisionados, consejeros y ombudsman— la indiferencia —como ha acontecido con las 50 mil firmas contra Medina Mora, o las 100 mil a favor de Aristegui— o la censura, la exclusión y otras formas mas extremas de violencia como la tortura o la desaparición, generalizadas en nuestro país.

El caso de Carmen muestra un momento en el que convergen -por lo que públicamente se percibe- un error de la periodista al no deslindar claramente su iniciativa de integrarse en la plataforma Mexicoleaks, el interés del gobierno por castigarla a ella y su equipo por meterse con el Presidente y su gabinete, el desdén por la capacidad de influencia ciudadana de Change.org, y la oportunidad de capitalizar el interés de MVS en la banda de los 2.5 gigahertz para censurar un espacio que, guste o no, permite la reflexión crítica sobre nuestra realidad actual. Un momento en el que el club le exige a uno de sus más distinguidos miembros demostrar si es leal a su membresía o a su empleada estrella y seguidores.

No puede quedar del lado que todo ello se da justo a propósito del anuncio de la plataforma Mexicoleaks (@Mexleaks), una iniciativa ciudadana que representa hoy por hoy la única vía confiable para denunciar la corrupción en el país, lo que la constituye en un ariete capaz de hacerle daño al Oligarclub, como ya lo demostró el caso de la Casa Blanca, pero también de suscitar el más abierto autoritarismo presidencial, como el que se ha desplegado con motivo de ese mismo caso.

Por eso, no —o no sólo— se trata de Carmen. En estos tiempos de incertidumbre económica y social, el Oligarclub se está pertrechando; diputados y senadores, la procuradora general, el nuevo ministro y los que vienen, se perciben como ladrillos del muro que mantiene al mismo tiempo a salvo al club, y a raya al México que exige, critica, denuncia y reclama, respeto por sus ciudadanas y ciudadanos.

 

Una explicación breve y concreta de qué significa Crony Capitalism puede verse aquí.

Oligarclub es un neologismo que propongo para dar cuenta de cómo en México, la oligarquía se comporta como un exclusivo club que admite miembros estándar, gold, platino y titanio, en el que el ingreso, la permanencia y el upgrade dependen de la calidad de las relaciones con las élites dirigentes. El concepto es objeto de un ensayo académico en desarrollo.

Planteado así por el Ombudsman de la audiencia de MVS, en el punto 5 de su comunicado del jueves 12 de marzo, disponible aquí.

Lo que se infiere del hecho de que Daniel Lizarraga e Irving Huerta tuvieron a su cargo las investigaciones de la casa blanca y de la casa del Secretario de Hacienda Luis Videgaray. Véase el video disponible aquí.

Según lo sugiere la propia Carmen Aristegui en una conferencia de prensa que puede verse acá.

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