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Phronesis
Por Luis González Placencia
Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos... Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos treinta años, la vida le ha permitido construir una aproximación vivencial de los derechos humanos. Es académico, presidente fundador de ConectaDH, primer Think Tank especializado en política pública y derechos humanos en México, y Director Ejecutivo del Centro para el Desarrollo de la Justicia Internacional A. C. Actualmente es Rector de la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Phronesis (Φρόνησις), que hace referencia en Aristóteles a la sabiduría práctica, a la comprensión necesaria para pensar y actuar para cambiar las cosas, virtud ausente en la política de hoy. (Leer más)
La “nueva normalidad” post COVID-19
Este periodo de confinamiento nos está dejando lecciones muy importantes acerca de cómo podría ser el mundo en los próximos años: comunidades privadas de privilegiados aislados, porque así nos habremos habituado a vivir para sentirnos seguros, donde los derechos podrían incluso no ser necesarios porque la educación, la salud y el trabajo estarán como lo están hoy por el COVID, al alcance de un dispositivo telemático y casi seguramente a disposición del mercado.
Por Luis González Placencia
22 de mayo, 2020
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Escribo estas líneas en el contexto de la pandemia ocasionada por el SARS-CoV-2, que en lo que va del año ha ocasionado la muerte de más de 300 mil personas y ha contagiado a más de 5 millones en el planeta. Esta circunstancia ha mostrado la debilidad que la racionalidad neoliberal produjo en los sistemas de salud en varias partes del mundo, pero no sólo, pues aunque aún es pronto para evaluar los resultados que en los planos económico, laboral, educativo psicológico y social tendrá como saldo final esta lamentable circunstancia, ya —ahora que el confinamiento comienza a levantarse, inserto en lo que se ha dado en llamar una “nueva normalidad”— hay indicios de que los desplazamientos sociales que el neoliberalismo también produjo en los planos político, financiero, laboral, educativo y social —además del sanitario, por supuesto— que ya se mostraban como tendencia desde finales del pasado siglo XX, se radicalizarán en la era post-COVID 19.

Esto pondrá en jaque los valores que en la segunda posguerra produjeron lo que hasta hoy ha sido el último momento igualador de la Modernidad, el de la emancipación de las identidades —mujeres, afrodescendientes, comunidades LGBTTTIQ, personas con discapacidad, poblaciones originarias— la última de las cuales, la de las poblaciones originarias, había comenzado de hecho a llamar la atención sobre la importancia de una economía solidaria, del respeto por el ambiente y sobre la necesidad de un nuevo impulso descolonizador que hiciera contrapeso al exacerbado extractivismo que, por una parte, ha sido condición de la depredación natural, del desplazamiento material de las comunidades originarias y de la destrucción de sus cosmovisiones y, por la otra, de la explotación brutal de mano de obra precaria, propiciando nuevas formas de esclavitud y servidumbre, como lo ejemplifican los casos de la explotación laboral infantil y la de los migrantes no documentados.

Esta última ola se reavivó con los movimientos de consumidores que pusieron de relieve la necesidad de frenar el consumismo voraz al que nos empujó la psicopolítica neoliberal y, mucho más recientemente, con los nuevos movimientos de mujeres, los de la llamada “cuarta ola del feminismo”, cuyo apogeo tuvo lugar este mismo año, mientras China estaba sufriendo ya los estragos del virus y cuando en Europa no se tenía la menor idea del impacto que la pandemia tendría semanas después, especialmente en Italia, España e Inglaterra. Los días 8 y 9 de marzo de 2020 estaban llamados a ser recordados como el momento en el que la consigna “cambiemos el miedo de lugar”, gritada en plazas de todo el mundo por las mujeres, se hizo realidad. La convulsión en las universidades mexicanas debida a la violencia institucional ejercida, históricamente y de manera principal, desde las y los docentes al estudiantado, produjo efectos importantes que pusieron de relieve que la igualdad de género no es independiente de la igualdad material y que formas de organización horizontal, sin caudillismos, son posibles.

Sin embargo, estos impulsos no sólo se detuvieron porque el ejercicio del derecho fundamental a la protesta y a la libre manifestación de las ideas ocupa del espacio público, de la movilidad para convertirse en movilización, ocupa molestar cerrando calles, haciendo pintas, rompiendo cristales, y, como es obvio, nada de eso es posible ni con la sana distancia, ni con el confinamiento; y aunque hay formas de protestar mediante las redes sociales, el mismo COVID, las batallas de descalificación política y científica en torno a la política para atender la pandemia y la necesidad, casi holliwoodense, de mostrar que podemos hacer la vida cotidiana conectados —mostrándonos haciendo video-conciertos, conferencias virtuales, teletrabajo, tele-fiestas y video-cenas— terminó por cooptar el espacio virtual, marginalizando incluso las no poco frecuentes denuncias en Twitter y Facebook que dan cuenta de que tanto la violencia institucional como la comunitaria de genero también “se quedaron en casa”.

Pero, como decía, no sólo pudo el COVID lo que no logró la policía o las políticas represión y de criminalización de la protesta, ni el patriarcalismo más brutal —o sea, detener la movilización social y eficientar mecanismos de control informal suave sobre la población— sino que, además, ha sido el escenario que ha logrado mostrar con meridiana claridad—y me temo que también impulsar— que la división social del neoliberalismo no está más dada en clases socioeconómicas como antaño, sino entre dos grandes grupos poblacionales, unos excluidos y otros incluidos, a los que podemos identificar, respectivamente, como precarios y como privilegiados; con ello, también ha puesto en claro que a la lucha de clases la ha sustituido, con toda seguridad, otra lucha, la de los privilegiados por no perder los privilegios y la de los precarios, por no morir.

Para los privilegiados, los que hemos podido “guardar casa” porque nuestros salarios o nuestras rentas —o ambas— están aseguradas, el encierro nos hace soñar con que ya pertenecemos al mundo que la imaginación de William Hanna y Joseph Barbera crearon para la Jetsons family en los años sesenta (sólo hay que ver los memes que en este sentido se han divulgado en redes) aunque en la realidad nos ha empujado más bien a una distopía: la de la materialización del sueño de Silicon Valley, de una comunidad de Geeks sentados la mayor parte del día frente a los ordenadores, las tabletas y los teléfonos inteligentes, juntos pero separados, ocupado cada uno en su dispositivo, consumiendo y consumiéndose —consumiéndonos— y transformando las deterioradas e imperfectas relaciones humanas en redes de datos que se comunican mediante las más sofisticadas interfaces con los nuevos y renovados telemercados, telerestaurantes, telefarmacias, teletiendas, teletransportes —que acompañan ahora al teleentretenimiento que, si bien no es nuevo, hoy constituye quizá el más eficiente mecanismo global de sustracción de tiempo útil para convertirlo en tiempo perdido en ensoñaciones, en la onírica aspiracional del espectáculo, como me gusta llamarle. Todo ello para teleconsumir, cómodamente, desde casa y al alcance de un clic, datos y tiempo aire que nos proveerán, como se dice ahora, de experiencias únicas, personalizadas, como las que nos llegan directamente desde Netflix, Spotify o Xvideos, o las que nos hacen llegar nuestros restaurantes favoritos, nuestras tiendas departamentales, nuestros supermercados y farmacias —y si ya somos adictos a la telecompra, también Amazon, Best Buy o eBay— desde sus portales de internet hasta nuestras casas mediante las delivery que hoy se han vuelto una “necesidad”: Rappy, Uber Eats, Corner Shop, Diddy Food, Sin Delantal o bien las ya convencionales DHL, Estafeta o Federal Express. Todo ello sin reparar en que, mientras satisfacemos nuestras ansias de comprar, regalamos a las grandes corporaciones globales información muy valiosa para perfilar nuestros hábitos de consumo. De hecho, cabría hipotetizar sobre este asunto, si la crisis económica de las medianas y pequeñas empresas que se espera implique recortes, despidos y reducciones de salarios, se podrá comparar con el crecimiento de los grandes corporativos transnacionales, como Google, Apple o AT&T y, desde luego, de la banca global, en este mismo tiempo aciago.

En contraste, las personas precarizadas han tenido que enfrentar un riesgo de contagio cotidiano porque la inmediatez de sus vidas no les permite estar a salvo; les exige, por el contrario, cumplir con sus obligaciones laborales que, dicho sea de paso, resultan esenciales porque de ellas depende la producción, el abasto, los servicios que los privilegiados consumimos; o bien, como en el caso de los comerciantes informales, su cotidiana supervivencia. Son ellas y ellos, una legión de personas anónimas que han sido de antemano excluidas quienes, ante la mirada horrorizada de los televidentes —nunca mejor aplicado este término aunque hoy incluye principalmente a los espectadores de Instagram, Twitter, Facebook y Tik Tok— abarrotan por las mañanas y al caer las tardes el transporte público, caminan las calles, cruzan los parques, ataviados como pueden, con barbijos improvisados, caretas hechas de garrafas plásticas y hasta guantes de limpieza, seguramente con los dedos cruzados para no ser contagiados y llegar a tiempo al trabajo —donde estarán ahí para hacer la limpieza, vigilar, descargar camiones, cocinar, abastecer, cobrar la compra, hacer las entregas o atender a los bikers de las delivery, otra legión todavía más precarizada que hoy transita las ciudades— o bien para llegar a casa, cumplir con la faena, la pareja, la progenie, los abuelos e intentar descansar antes de iniciar de nuevo, como cada día, como todos los días, con o sin cuarentena.

Todo por no perder el estipendio diario que, para todas ellas y ellos es, como parece no ser tan obvio para muchos de los asentados en el privilegio, más importante que poner en riesgo la vida. Igual, tampoco es que haya una conciencia solidaria porque la legión de servidores pueda contagiarse o morir, sino más bien porque, en su necedad de exponerse al virus, puedan ellos contagiarnos o dejarnos sin el servicio; quizá por ello en algunas de las casas de las personas privilegiadas se optó por “ofrecer” a las y los trabajadores del hogar que no volvieran a sus casas, que se quedarán donde sus patronas, para no exponer a las familias privilegiadas, ni al contagio, ni al degradante trabajo doméstico.

Este periodo de confinamiento nos está dejando lecciones muy importantes acerca de cómo podría ser el mundo en los próximos años: comunidades privadas de privilegiados aislados, no más —es muy probable— por la amenaza de ningún contagio, sino porque así nos habremos habituado a vivir para sentirnos seguros, donde los derechos podrían incluso no ser necesarios porque la educación, la salud y el trabajo estarán como lo están hoy por el COVID, al alcance de un dispositivo telemático y casi seguramente a disposición del mercado. La democracia bien podría reducirse, como han vaticinado algunos, a darle like a nuestras opciones políticas preferidas o bien a debatir incansablemente en Twitter y a emitir comunicados plagados de abajo firmantes; nuestros hábitats serán pensados, como ya está ocurriendo, para gozar de ambientes sanos y seguros, como si fuesen campos de concentración sí, pero de concentración de la riqueza, y nuestros dioses Google, Apple o AT&T, cuidarán de mantener nuestras subjetividades al día de las tendencias del mercado, las series de moda, el mundo de los deportes y de los espectáculos, el desempeño de nuestros gobernantes y quizá, de vez en vez, también nos den noticias de lo que pasa más allá de los muros de nuestros enclaves de confort. Afuera, mientras tanto, la gran mayoría urbana estará atrapada por la precariedad, limpiando, vigilando, cargando, manufacturando, entregando, en suma: sirviendo; esperando sin saberlo que algún dispositivo precaricida les alcance: la delincuencia, la explotación, la esclavitud, la indiferencia, el odio, la enfermedad o el hambre.

Por eso la pregunta acerca de la necesidad de un nuevo igualitarismo resulta más que necesaria, porque si no hacemos algo al respecto, lejos del optimismo de quienes ven en la “nueva normalidad” una nueva era —una que depara el fin del capitalismo, o el principio de una nueva solidaridad planetaria— lo que le espera a la mayor cantidad de las personas en el mundo es más precarización y, tarde o temprano, el precaricidio.

@LGlzPlacencia

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