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Phronesis
Por Luis González Placencia
Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos... Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos treinta años, la vida le ha permitido construir una aproximación vivencial de los derechos humanos. Es académico, presidente fundador de ConectaDH, primer Think Tank especializado en política pública y derechos humanos en México, y Director Ejecutivo del Centro para el Desarrollo de la Justicia Internacional A. C. Actualmente es Rector de la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Phronesis (Φρόνησις), que hace referencia en Aristóteles a la sabiduría práctica, a la comprensión necesaria para pensar y actuar para cambiar las cosas, virtud ausente en la política de hoy. (Leer más)
Leche para bebé, ¿sólo con receta?
Las normas e instituciones deben garantizar las condiciones para que la mujer que decide amamantar lo haga, con seguridad, higiene y respeto a su intimidad, y para que quien decida alimentar con fórmula láctea a su hijo lo haga con la garantía de que cumple con los criterios de calidad necesarios. No es función de las normas ni del Estado tomar partido.
Por Luis González Placencia
17 de agosto, 2015
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El pasado 5 de agosto, varios medios dieron cuenta de una nota cuya fuente es la Secretaría de Salud federal que anuncia la existencia de un proyecto de decreto que contiene normas que “prohibirán explícitamente el uso de fórmulas o sucedáneos de leche materna a menos que exista una indicación médica sobre su uso“. De acuerdo con la nota, se trabaja al mismo tiempo en una Norma Oficial Mexicana (NOM) que promoverá la lactancia materna. Todo ello ocurrió, según se desprende de la información, en el contexto del Tercer Foro Nacional de Lactancia Materna 2105, cuyo lema fue “trabajar y amamantar es posible”.

A reserva de ver con detalle los contenidos de las normas anunciadas —especialmente de la futura NOM, de cara al tema del foro, dado que en efecto, la ausencia de condiciones estructurales para permitir la lactancia materna en los centros de trabajo de las mujeres es una realidad que debe ser resuelta— en los hechos, la prohibición de adquirir fórmulas lácteas sin receta expropia de facto la decisión de una mujer de no amamantar a sus hijas e hijos y contribuye también a estigmatizarla. Como suele suceder en casos como estos, lo que aparece como un conjunto de buenas razones que convencen por sí mismas a quienes las esgrimen, termina convirtiéndose, por la vía de la prohibición, en una imposición para quienes, por la razón que sea, no las comparten. Una vez más, aquello que desde la racionalidad científico-sanitaria aparece como “lo que hay que hacer”, y por ello como “lo que es debido”, desde los derechos se percibe de una manera diferente. Va mi argumento.

Hay muchas formas de instrumentalizar el cuerpo de las mujeres: desde luego, cuando se las reduce a mero objeto de la sexualidad —actitud que identifica un continum que va desde las aparentemente inocuas representaciones de la sensualidad femenina en el advertising, pasa por la violación conyugal y llega hasta la trata de mujeres y niñas con fines sexuales— así como cuando se las piensa como incubadoras, o fábricas de bebés y por supuesto, también cuando se las mira como biberones humanos. En todos los casos, el común denominador identifica un prejuicio que con frecuencia se asocia a una supuesta función natural —biológica— de las mujeres asociada con la reproducción, el cuidado del marido y de los hijos.

Muchas colegas feministas han dejado claro como este prejucio ha terminado por producir una serie de estereotipos en los que se encasilla a las mujeres y desde los que se las juzga en función de lo que la hegemonía patriarcal considera, según el plano desde el que se lo mire, moral/racional/normal o inmoral/irracional/desviado. Cada uno de estos planos representa las razones desde las que se pretende justificar o explicar el rol de las mujeres.

Desde las religiones, por ejemplo, a partir de la idea de que su cuerpo no les pertenece, quedan predestinadas a cumplir la función que les ha sido asignada desde la divinidad; desde el plano científico, es la determinación biológica de su naturaleza la que señala cuál debería ser su comportamiento como individuo sano, y desde la cultura, su rol social se ha determinado con base en la tradición y la costumbre, como una expectativa de comportamiento normal o funcional. Con mucha frecuencia, estas justificaciones se entremezclan e incluso se soportan unas sobre las otras, pero, en síntesis, podría decirse que en la convergencia de estas posiciones —que son las que han prevalecido en la modernidad— de una mujer decente, racional y normal se espera que sea una buena esposa y también una buena madre, lo cual incluye, desde luego, dar el pecho a sus bebés.

Contrario sensu, cuando una mujer no cumple con esa función “esperada”, para la que además, en una familia “moral, sana y normal” se la prepara desde que es una niña, corre el riesgo de ser considerada inmoral o indecente —una puta, una zorra— o bien enferma o loca o desviada —como mucha gente considera por ejemplo, al lesbianismo, o a las mujeres que toman la decisión de no casarse y de no tener descendencia.

No obstante, la realidad de los últimos 45 años ha mostrado evidencia que no sólo contradice, sino que desafía, desde la perspectiva de los derechos humanos de las mujeres, todas estas apreciaciones, y las revela como prejuicios morales, científicos o culturales.

Los cuerpos de las mujeres no son, ni pueden ser considerados como instrumentos para la realización de fines que les trasciendan —satisfacer a sus hombres, engendrar y amamantar a su descendencia, por ejemplo. Y aun cuando esta línea de principio no es ni debe tampoco ser un referente para juzgar a las mujeres que coincidan con los roles que la moral, la ciencia o la cultura les han asignado —porque ese también es su derecho— la aparente confrontación entre ambas posiciones debe resolverla el Estado con una política pública que sea incluyente, sin tomar partido, y dejando que sean las propias mujeres las que decidan con libertad y sin estigma, cómo alimentar a sus hijas e hijos. De manera proactiva, lo que esto significa para el Estado es que sus normas e instituciones deben garantizar las condiciones para que quien decide amamantar lo haga, con seguridad, higiene y respeto a su intimidad, garantizando que ello pueda ocurrir con independencia de si se da el pecho a las y los bebés en la oficina, en situaciones tan complejas como las de la migración y la pobreza extrema, o incluso en la cárcel —de ahí la importancia de la NOM anunciada— y también, para que las fórmulas lácteas cumplan con los criterios de calidad necesarios para garantizar una alimentación del más alto nivel posible para las hijas e hijos de las mujeres que deciden acudir a esta última opción.

El tema no es menor y, de ser aprobada la modificación anunciada, tendrá que ser objeto de una acción de inconstitucionalidad a cargo de las instancias facultadas para ello: la CNDH, la PGR o el propio Congreso de la Unión. Sirva esta colaboración como un llamado de alerta para sus titulares, así como para las organizaciones de derechos humanos de mujeres que, seguramente como lo hicieron con aquella otra campaña capitalina que rezaba “dales el pecho, no les des la espalda”, estarán preparando ya lo necesario para evitar que esta iniciativa prospere o para combatirla si fuera el caso.

 

@LGlzPlacencia

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