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Phronesis
Por Luis González Placencia
Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos... Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos treinta años, la vida le ha permitido construir una aproximación vivencial de los derechos humanos. Es académico, presidente fundador de ConectaDH, primer Think Tank especializado en política pública y derechos humanos en México, y Director Ejecutivo del Centro para el Desarrollo de la Justicia Internacional A. C. Actualmente es Rector de la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Phronesis (Φρόνησις), que hace referencia en Aristóteles a la sabiduría práctica, a la comprensión necesaria para pensar y actuar para cambiar las cosas, virtud ausente en la política de hoy. (Leer más)
Los matrimonios igualitarios (Parte 1)
En un arco de tres lustros, 19 países han reformado sus leyes y han aprobado los matrimonios igualitarios. Estas reformas que han sido bienvenidas por varios sectores han desatado polémica en quienes piensan distinto. Vale la pena hacer un alto, antes de caer en la tentación de descalificar a unas y otras, y revisar algunos argumentos que pueden contribuir a encausar la discusión.
Por Luis González Placencia
29 de junio, 2015
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El primero de mayo de 2001 entró en vigor la reforma que en septiembre de 2000 aprobó el matrimonio igualitario en Holanda. Cuatro años mas tarde, España se convirtió en el primero entre los países de tradición latina en hacerlo y en el cuarto país en el mundo, después de Bélgica y Canadá. Entre 2005 y 2012, se sumaron Sudáfrica (2006), Noruega y Suecia (2009), Portugal, Islandia, Argentina (2010) y Dinamarca (2012); y en los últimos dos años, el matrimonio entre personas del mismo sexo es legal también en Nueva Zelanda, Uruguay, Francia, Luxemburgo, Brasil, Irlanda —donde se aprobó mediante consulta popular— México y los Estados Unidos, países en los que ya había entidades que por la vía legislativa lo permitían, pero en los que fue una decisión de sus respectivas Cortes Supremas la que lo generalizó a todos sus estados.

El matrimonio igualitario en el mundo.

El matrimonio igualitario en el mundo.

En un arco de tres lustros, estas reformas que han sido bienvenidas por varios sectores han desatado polémica en quienes piensan distinto. Vale la pena hacer un alto, antes de caer en la tentación de descalificar a unas y otras, y revisar algunos argumentos que pueden contribuir a encausar la discusión.

Primero, un argumento sociohistórico. Si bien históricamente puede hallarse convergencia entre las finalidades normativas asignadas al matrimonio religioso y al civil, como es el caso de la procreación y la consolidación de una familia, de la raza o de la propia religión, en los hechos las relaciones humanas han controvertido estas ideas, dando forma a un paulatino proceso de desnaturalización del sentido de tales relaciones y a la diversificación de sus fines y funciones. Varios factores han contribuido a que ello sea visible: la emancipación de las mujeres a través de la lucha por sus derechos, la concomitante aparición de los anticonceptivos, la legalización del divorcio y las discusiones que en algunos casos han dado lugar también a la legalización del aborto; todo lo cual se ha dado en un contexto que poco a poco ha dejado ver que matrimonio y sexualidad tienen menos relación entre sí de lo que formalmente se piensa, y que en buena medida ello ha ocurrido porque hoy, finalmente, los seres humanos hemos conseguido que la sexualidad se separe de la reproducción, y que la reproducción se separe de la sexualidad.

En este sentido es importante reconocer que, hoy en día, difícilmente se puede decir que hay un único modelo de familia formado por el padre, la madre y la descendencia, dentro de un proyecto común de conservación cultural, racial o religiosa.

Por ejemplo, hoy existen múltiples casos en los que falta uno de los miembros de esta tríada que a veces pensamos como natural: padres o madres que —a veces con ayuda de las abuelas, las tías, o incluso de las parejas actuales de sus ex-parejas, o bien sin ayuda— se hacen cargo de hijas e hijos cuando, por la razón que sea, el otro o la otra están ausentes. También encontramos casos de parejas interculturales e interreligiosas así como casos en los que —como las parejas DINK: double income, no kids— las propias parejas deciden no tener descendencia para afianzar su situación profesional y económica; o en contraste, casos en los que la descendencia no tiene que ver ni con la sexualidad ni con la reproducción de los miembros de la pareja quienes, por decisión propia o por causas biológicas, no tienen hijos, pero adoptan como propios niños y niñas, a veces de orígenes étnicos muy heterogéneos.

El común denominador para todas estas posibilidades de familia, no está entonces en quienes la conforman, en si tienen o no descendencia, o en si quieren que prevalezca su cultura o su religión, sino en la existencia de un proyecto de vida en común que es pensado como duradero en el tiempo.

Junto a ello, se ha hecho visible que, dado que sexualidad y reproducción son, hoy en día, independientes para todas las identidades y orientaciones sexuales, la diversidad de prácticas sexuales que existen han echado por tierra la idea de que sólo una de ellas —la heterosexual— es normal, tanto como la idea de que ésta sólo se ejerce dentro de relaciones que constituyen proyectos de vida a largo plazo, como aquéllas que dan lugar a los matrimonios.

Realidades como la de las madres adolescentes, las mujeres casadas que contrajeron VIH porque sus maridos tuvieron sexo con otros hombres, las practicas lesbianas de mujeres que están casadas con varones, las redes de swingers, la prostitución, el sexo por internet, así como la ancestral existencia de descendencia extramatrimonial, del amasiato y la infidelidad, en contraste con la disminución de la sexualidad en las parejas casadas, son reveladoras de que sexo y matrimonio no son en absoluto isométricos. De igual forma hay que decir que esta independencia entre sexualidad, matrimonio y reproducción explica la existencia de padres o madres solteros o divorciados que son gays o lesbianas, bisexuales, trasvestis, transexuales o transgénero, con y sin hijas e hijos propios, y con o sin hijas e hijos adoptados.

En la intersección de todas estas realidades puede hallarse, sin embargo, convergencia entre orientación sexual y proyectos de vida de largo plazo, por una parte, e intención de criar hijas e hijos, o de no hacerlo, por la otra. El cruce de posibilidades es múltiple, pero se puede plantear del siguiente modo: parejas —hombres y mujeres, sólo hombres, sólo mujeres, hombres bisexuales, o trasvesti y mujeres heterosexuales o viceversa, hombres y mujeres ambos trasvesti o bisexuales, hombres biológicos y mujeres transexuales, mujeres biológicas y hombres transexuales, hombres y mujeres transexuales entre sí— que se plantean un proyecto de vida en común, y que quieren o no, procrear o adoptar hijos.

Así las cosas, matrimonio y divorcio en tanto que instituciones públicas y civiles adquieren, frente a estas realidades, fines y funciones particulares: por el lado de los fines, se trata de aceptar que todas estas relaciones existen y que, como cualquiera de ellas que aspire a un proyecto de vida común, todas tienen derecho a que el estado reconozca oficialmente sus uniones mediante la institución matrimonial, así como la disolución de sus vínculos a través del divorcio; en lo que se refiere a las funciones, la del matrimonio civil es garantizar para esas parejas, con independencia de su identidad y orientación sexual, que su proyecto de vida en común sea viable y que puedan, si así lo quieren procrear o adoptar descendencia con acceso pleno a los derechos que a todos y todas corresponden; o bien, la del divorcio, garantizar que si, por la razón que sea, ese proyecto de vida en común cesa, sin importar su duración, el vínculo matrimonial se disuelva con plena protección de los derechos de ambos miembros de la pareja y de las hijas e hijos si existieren.

De ahí que se pueda afirmar que, en el mundo de los hechos y mas allá de lo que formalmente se ha puesto en los códigos civiles, los matrimonios han servido para dar seguridad en derechos a quienes lo contraen. Antes de las reformas, que ello fuese posible sólo para las uniones de hombres con mujeres, resultaba, como es posible observar, notoriamente excluyente. En este sentido, estas reformas han penetrado el cerco de los derechos de las personas casadas, incluyendo dentro del mismo a todos los tipos de parejas posibles en el amplio crisol de las relaciones humanas.

Me hago cargo de una posible falacia naturalista que late en el fondo de este argumento sociohistórico y dejo para una segunda entrega una argumentación de filosofía política que demuestra que dicha falacia es solo aparente.

 

@LGlzPlacencia

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