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Phronesis
Por Luis González Placencia
Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos... Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos treinta años, la vida le ha permitido construir una aproximación vivencial de los derechos humanos. Es académico, presidente fundador de ConectaDH, primer Think Tank especializado en política pública y derechos humanos en México, y Director Ejecutivo del Centro para el Desarrollo de la Justicia Internacional A. C. Actualmente es Rector de la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Phronesis (Φρόνησις), que hace referencia en Aristóteles a la sabiduría práctica, a la comprensión necesaria para pensar y actuar para cambiar las cosas, virtud ausente en la política de hoy. (Leer más)
Los matrimonios igualitarios (Parte 2)
En el caso de los matrimonios igualitarios el equívoco consiste en confundir un tipo de vínculo emocional (heterosexual) y una sola de sus consecuencias (la procreación), con la vinculación emocional como tal y las múltiples consecuencias que el vínculo emocional puede tener.
Por Luis González Placencia
13 de julio, 2015
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Derivar consecuencias desde el mundo del ser al del deber ser constituye una falacia naturalista; en otras palabras, no porque algo es, debe ser. Hacerse cargo de ello exige distinguir entre el campo de las explicaciones, propio por ejemplo de la ciencia, del de las justificaciones, que es el que aplica al derecho, a la moral y a la política. Lo anterior significa que si se pretende establecer una norma en el deber ser —que es lo que se hace cuando se legisla— no se puede derivar esa norma de la explicación de un fenómeno, sino en todo caso, de su justificación. Por ejemplo, no porque la pena de muerte sea eficaz, se justifica incorporarla en un código penal.

En torno a los matrimonios igualitarios alguien podría objetar que, no porque las relaciones homosexuales existen, la ley debe protegerlas y tendría razón. Este es sin duda uno de los argumentos que más se escuchan en estos días, incluso de quienes afirman esgrimirlos desde posiciones ajenas a cualquier aproximación de origen religioso. Pero al intentar evitar desde esta posición una falacia naturalista se incurre, sin embargo, en otro tipo de falacia, la falacia normativista, que por el contrario plantea que es imposible derivar consecuencias del mundo del deber ser, al del ser. Un buen ejemplo de esta falacia lo constituiría el de un diputado que, seguro del daño que ocasionan las tormentas, presentara una iniciativa de ley para prohibirlas.

En el caso de los matrimonios igualitarios el equívoco consiste en confundir un tipo de vínculo emocional y una sola de sus consecuencias, con la vinculación emocional como tal y las múltiples consecuencias que el vínculo emocional puede tener. El matrimonio en su acepción previa a la reforma sólo considera la existencia del vínculo heterosexual y asume que su finalidad es la de procrear, descartando con ello otros vínculos emocionales diferentes al heterosexual para los cuales la descendencia puede o no estar considerada. Para entender lo que esto significa podríamos imaginar un escenario en el que la peor distopía de un homofóbico se hiciera realidad: un mundo en el que los heterosexuales fuesen minoría, donde las relaciones aceptadas fuesen solamente las homosexuales, el matrimonio civil sólo fuese para quien se casa con alguien de su mismo sexo y la procreación se diera sólo por inseminación artificial y en todo caso, sólo con fines de conservación de la especie. En ese mundo, quien quisiera contraer matrimonio con alguien del sexo opuesto y tener hijos mediante el coito heterosexual no podría hacerlo, porque ello estaría prohibido. Paradójicamente, el tipo de argumentos que validarían esa posición serían del mismo tipo que los que hoy se esgrimen contra los vínculos no heterosexuales: normalidad de la homosexualidad/anormalidad de la heterosexualidad; mayoría de homosexuales/minoría de heteros, etc.

Del ejemplo se sigue que cuando una institución civil como el matrimonio confunde la obligación de proteger los vínculos emocionales entre seres humanos, con proteger sólo un tipo de vínculo —sea este heterosexual u homosexual— termina excluyendo a los demás. De ahí la importancia de que, en un mundo de diversidad, el matrimonio escape de la contingencia y en lugar de proteger sólo un vinculo emocional —el heterosexual, o el homosexual, da igual—, proteja el vínculo emocional con independencia de la orientación o identidad sexual de quienes lo establecen.

Para que ello sea posible, el Estado, que es el obligado a garantizar esa protección, debe colocarse en una posición tal que no se comprometa, ni con quienes defienden para el matrimonio sólo los vínculos emocionales heterosexuales, ni con quienes hacen lo propio con los vínculos emocionales homosexuales, porque esta es la única forma de garantizar que quien desee casarse con alguien del sexo opuesto tenga derecho a hacerlo, y quien desee contraer matrimonio con alguien de su mismo sexo tenga igualmente ese mismo derecho; y de evitar, al mismo tiempo, que quien no desee casarse con alguien de su mismo sexo, del sexo opuesto, o simplemente no desee casarse, esté obligado a hacerlo.

Al modificarse los códigos civiles en relación con el matrimonio, no se obligó a nadie a casarse con alguien de su propio sexo, continuó garantizándose que quien quiera casarse con alguien del sexo opuesto pueda, como siempre, hacerlo, y se amplió este derecho a quien desea contraer matrimonio con alguien de su mismo sexo.

En otras palabras, con estas reformas se evitó que la visión según la cual el matrimonio civil solamente debe proteger el vínculo emocional heterosexual con fines de procreación, siguiera excluyendo a otras formas de vínculo emocional no heterosexual, del conjunto de derechos a los que accede quien se casa. Se hizo patente, además, que es justo esta institución, la matrimonial, la que —a diferencia por ejemplo de una sociedad de convivencia que pone el énfasis en un lazo de solidaridad— ha sido pensada para dar cauce legal a la decisión de compartir la vida con alguien más, justo debido al lazo emocional que se establece y que, no importa cuanto dure o cuántas veces y con cuántas personas más se presente o se haya presentado, califica como relación de pareja —de amor dirían algunos— en el sentido en el que todas y todos entendemos el término.

 

@LGlzPlacencia

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