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Phronesis
Por Luis González Placencia
Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos... Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos treinta años, la vida le ha permitido construir una aproximación vivencial de los derechos humanos. Es académico, presidente fundador de ConectaDH, primer Think Tank especializado en política pública y derechos humanos en México, y Director Ejecutivo del Centro para el Desarrollo de la Justicia Internacional A. C. Actualmente es Rector de la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Phronesis (Φρόνησις), que hace referencia en Aristóteles a la sabiduría práctica, a la comprensión necesaria para pensar y actuar para cambiar las cosas, virtud ausente en la política de hoy. (Leer más)
México desorganizado
Pasamos al nuevo milenio acostumbrados a que todo se organizaba desde arriba, y antes de poder crear mecanismos de organización más horizontal, varios políticos y empresarios aprendieron a sacar provecho para beneficiarse de las ganancias de la desorganización.
Por Luis González Placencia
8 de noviembre, 2016
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Hace unos días revisamos en clase el documental El espíritu del 45 de Ken Loach. Más allá de la utopía socialista del partido laborista inglés de la posguerra, una de las frases que mas resonó entre el alumnado fue “si el Estado pudo organizarnos para la guerra, puede organizarnos también para la paz”. La intención de la revisión era hablar sobre la forma en la que las prestaciones sociales de la Inglaterra de 1945 dieron forma al Welfare State, como reacción a la desorganización que el capitalismo inspirado en Smith o Ricardo había producido entre finales del siglo XIX y el fin de la Primera Guerra Mundial a inicios del XX.

No obstante, la discusión giró en torno a los niveles de organización social en México y sobre la articulación existente entre la clase política, la empresarial y la sociedad civil; la conclusión no podía ser distinta: México es un país desorganizado.

En mi opinión, México se desorganizó a finales del siglo XX, cuando el régimen del expresidente Ernesto Zedillo comenzó a soltar las riendas del control central que el gobierno federal mantenía por sobre los gobiernos estatales, pero también sobre el mercado y una sociedad civil sectorizada y sometida a un férreo régimen de amigos o enemigos. No quiero decir con esto que esa época del control haya sido mejor; de ningún modo. Más bien se trata de pensar en qué medida esa pérdida de control ocurrió en un contexto en el que los mecanismos para asegurar un rumbo estratégico para el país hacia una verdadera democracia horizontal simplemente no estaban dados.

Los datos de esa desorganización están a la vista: la feudalización que hizo de los gobernadores Virreyes, el desmedido crecimiento de eso que Genaro Borrego llamó en algún momento la dinerocracia, el desplazamiento del bien público por el interés privado a manos de un capitalismo de compadres, el desbordamiento de la criminalidad —esa sí— organizada.

Desde otra perspectiva, y pensando justamente en la criminalidad organizada, podría decirse que lo que sí se organizó luego de la transición fue un modelo de exclusión que ha permitido el enriquecimiento de algunos miembros de la clase política, a través de estrategias destinadas a transferir el dinero público a manos privadas, y a dejar a su propia suerte temas cruciales para la organización social como la seguridad, la justicia, una seria posición contra la impunidad y los límites a la voracidad del mercado.

Las y los mexicanos transitamos al nuevo milenio en uno de los peores mundos posibles: del viejo régimen heredamos la corrupción y el autoritarismo; en el nuevo hemos sido víctimas de la libertad con la que muchos de nuestros gobernantes saquean las arcas públicas, invierten el dinero que deberían usar para el bienestar social en sus recién creadas empresas privadas, viven en exclusivas y lujosas burbujas enclavadas en entornos de pobreza extrema, se vanaglorian de sus actos delictivos, concluyen sus mandatos sin sombra de sospecha y se van rodeados del campo de fuerza de la impunidad.

Algo en el país está roto entre una sociedad civil que tiene la fuerza y el valor para denunciar —pero que no tiene representación en las esferas donde debería tener consecuencias tal denuncia— y una clase política impermeable a estos reclamos, totalmente ajena, desinteresada por lo que los motiva. Por su parte, también están rotos los lazos que la sociedad civil debería tener con la clase empresarial, que solo se interesa por los temas públicos —como la seguridad— cuando los fenómenos sociales amenazan su patrimonio, reaccionando siempre del modo más conservador, que recurrentemente exige al estado el uso de la mano dura.

Pasamos al nuevo milenio acostumbrados a que todo se organizaba desde arriba, y antes de poder crear mecanismos de organización más horizontal, varios políticos y empresarios aprendieron a sacar provecho de la nueva situación y a crear los mecanismos para beneficiarse de las ganancias de la desorganización general y socializar las perdidas que ésta produce.

Habrá que pensar en que, tal vez más que un hombre honesto que se haga cargo de la presidencia en el 2018, lo que necesitamos es formar liderazgos honestos que promuevan formas de organización social capaces de construir un nuevo orden democrático y respetuoso de lo público.

 

@LGlzPlacencia

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