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Phronesis
Por Luis González Placencia
Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos... Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos treinta años, la vida le ha permitido construir una aproximación vivencial de los derechos humanos. Es académico, presidente fundador de ConectaDH, primer Think Tank especializado en política pública y derechos humanos en México, y Director Ejecutivo del Centro para el Desarrollo de la Justicia Internacional A. C. Actualmente es Rector de la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Phronesis (Φρόνησις), que hace referencia en Aristóteles a la sabiduría práctica, a la comprensión necesaria para pensar y actuar para cambiar las cosas, virtud ausente en la política de hoy. (Leer más)
Otros contaminan más
En lugar de llamar a la desobediencia civil por un fin tan egoísta como usar todos los días el auto particular en una emergencia ambiental, contribuyamos a la solución.
Por Luis González Placencia
11 de abril, 2016
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En las últimas semanas ha sido notable la polémica que ha suscitado la modificación al programa Hoy No Circula en la CDMX. En diversas sobremesas me ha tocado escuchar toda clase de argumentos, la mayoría adversos a la idea de que se implementen las medidas destinadas a extender la prohibición de circulación a los automóviles que obtuvieron y han mantenido los hologramas cero y doble cero.

Incluso algunos WhatsApp han atribuido a personajes como Sergio Sarmiento el llamado a la desobediencia civil, como un mecanismo para reaccionar contra lo que, dicen que él dice, constituye un traslado de costos hacia la ciudadanía ocasionado por la incompetencia de las autoridades. Según este argumento, circular a pesar de la prohibición, aunque implicaría que algunos automovilistas fueran multados pero ante la imposibilidad de multarlos a todos, redundaría en la necesidad de que, tarde o temprano, las autoridades echaran atrás el programa.

Razones les sobran a las personas que comparten esta posición. En fila de un supermercado escuché a una señora increpar a su hija adolescente, quien al parecer estaba a favor de que los autos no circularan todos los días, diciéndole que los aviones contaminan más y que dejar de circular no sería una solución hasta que el aeropuerto estuviera lejos de la ciudad. En otros espacios he leído y escuchado a ciudadanos decir que mientras el transporte público no mejore, la autoridad no tiene argumentos para prohibir el uso del propio automóvil. También hay quien ha argumentado que los camiones de servicio, los trailers, los taxis y los coches utilitarios deberían ser los primeros en dejar de circular, antes de prohibírselo a los autos particulares.

Todas y todos sabemos que, con todo y lo que otros contaminen, nuestros autos también emiten gases tóxicos y que, sin importar si lo hacen más o menos que los demás vehículos o las fábricas, un auto más circulando es un aporte extra a la situación de contaminación.

Por ello, de todo este asunto me sorprende la facilidad con la que el debate se orienta hacia la defensa de los intereses particulares cuando éstos se ven afectados por una decisión que indubitablemente tiene una repercusión en el bien público. Esa indignación no despierta cuando los afectados son otros —los desaparecidos, las jóvenes violadas, los ataques contra defensores de derechos humanos— sino cuando lo que se ve afectada es una prerrogativa particular.

También me sorprende el déficit de altruismo que representa una actitud en la que, no importa si uno mismo contamina o no, porque como al final otros contaminan más, ese hecho parece asumirse como un argumento de legitimación que justifica incluso desobedecer la ley con tal de no ceder en lo que algunos consideran podría ser el derecho a usar su propio auto. De uno y otro lado destaca el carácter profundamente egoísta de nuestra ciudadanía.

Seguramente es cierto que al programa Hoy no circula debieron acompañarle múltiples otras políticas de movilidad, entre las cuales está el incremento y mejoramiento del transporte público, la promoción de autos eléctricos e híbridos para ofrecer el servicio de taxi, la reducción del espacio de rodamiento para vehículos automotores privados, el incremento de tarifas de estacionamiento, una mejor infraestructura para el uso de las bicicletas, más espacio peatonal, en general una mejor cultura vial; todo eso debió impulsarse desde los noventa y seguramente para este inicio de siglo nos habríamos olvidado de la contingencia.

No obstante, no fue así, y todo parece indicar que la contaminación nos seguirá acompañando hasta que por fin se tomen las medidas necesarias.

Quizá precisamente porque la autoridad no ha sabido qué hacer, a las y los ciudadanos toca hacer lo que está en sus manos para, por lo menos, no ser parte del problema. En lugar de llamar por un fin tan egoísta a la desobediencia civil —si de verdad queremos hacer desobediencia civil sobran motivos de mucha mayor importancia como los que mencioné antes—, hagamos algo que contribuya de verdad con la solución al problema.

En lo personal, creo que planear mejor el tiempo y decidirse a usar, según las capacidades de cada quien, el transporte público, la bicicleta y hasta pagar un poco más por el UBER, a pesar de las molestias que ello nos pueda suponer, implica un costo menor que todas y todos deberíamos estar dispuestos a pagar para sanear el ambiente y para agilizar el tráfico en nuestra ciudad. Se trata de sacrificar algo de la comodidad individual por el beneficio común.

Yo hace días que tomé la decisión de dejar en casa el coche, no uno o dos días, sino todos los días y por cierto, me siento ahora con mucha mas autoridad moral para criticar la ineficiencia gubernamental en el tema, y a los miles que se niegan a dejar la comodidad de sus propios vehículos.

 

@LGlzPlacencia

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