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Phronesis
Por Luis González Placencia
Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos... Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos treinta años, la vida le ha permitido construir una aproximación vivencial de los derechos humanos. Es académico, presidente fundador de ConectaDH, primer Think Tank especializado en política pública y derechos humanos en México, y Director Ejecutivo del Centro para el Desarrollo de la Justicia Internacional A. C. Actualmente es Rector de la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Phronesis (Φρόνησις), que hace referencia en Aristóteles a la sabiduría práctica, a la comprensión necesaria para pensar y actuar para cambiar las cosas, virtud ausente en la política de hoy. (Leer más)
Para Jacobo Dayán. A propósito de Paris
Vale la pena pensar si una respuesta militar contundente es la mejor reacción posible ante los atentados terroristas del Estado Islámico en París, por los múltiples actos de violencia que podría desatar.
Por Luis González Placencia
23 de noviembre, 2015
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… se debe derrotar militarmente a, no hay alternativa. La violencia debe ser utilizada de manera racional y coordinada…

Jacobo,

el epígrafe proviene de tu texto Paris deja más preguntas que respuestas, publicado la semana pasada en tu blog. El significado literal de tus palabras despertó rápidamente reacciones en tu contra en todas las redes sociales y aunque el texto dice mucho más que ese par de líneas, tu punto de vista sobre la solución inmediata a la violencia del Estado Islámico (EI) es inequívoco: se requiere una respuesta militar que lo neutralice.

Una reacción como la que propones tiene explicación si se asume, como lo dejan ver diversos analistas, que frente a EI hay en realidad muy poco que hacer. Las posibilidades de negociar con ellos se reducen a las hipócritas transacciones que se hacen —por cierto desde occidente—alrededor del arte robado y del petróleo y que sirven justamente para financiar sus actos violentos. De igual forma, si se interpreta que, a juzgar por el objetivo de sus ataques, el principal motivo para agredir a occidente es nuestro estilo de vida y la libertad para gozar de él, dado que no quedan posibilidades para apelar al valor de la diversidad, este argumento resulta fanático y por ello, también incontestable.

Sin embargo, estimado amigo, creo que vale la pena pensar si una respuesta militar contundente es la mejor reacción posible. Primero, un argumento pragmático en contra: EI —y en general quienes antes se han movido y hoy se mueven en la órbita de intereses comunes o similares a los de este autodenominado estado— han demostrado que la relatividad del tiempo y la paciencia les han redituado. La capacidad para infiltrar occidente poco a poco se ha convertido en el principal disparador de la paranoia mundial. Este nuevo enemigo no amenaza con oprimir un botón y aniquilar al mundo, sino con emerger del asiento de al lado en un vuelo local, con entrar por la puerta en un estadio o con levantarse de la mesa de junto en el barrio donde las y los parroquianos acostumbran cenar.

Hoy, occidente sabe que sus nuevos enemigos vulneraron sus controles fronterizos aun antes de que estos se hubieren endurecido, superaron las barreras de lenguaje, de cultura y aun de nacionalidad mediante la inseminación de ciudadanos que, vía la inmigración o incluso naciendo en el propio territorio occidental, se asimilaron a las y los occidentales, han vivido entre ellas y ellos durante años, pero no han renunciado —ni lo harán— a la vocación a la que realmente responden y, por tanto, esperan pacientemente el llamado a inmolarse para, mediante la muerte de algunas decenas, y en los peores casos cientos de personas inocentes, cumplir con lo que asumen como su misión divina. Una acción militar contundente podría desatar, por tanto, múltiples actos de violencia, escalados en tiempo y espacio, en varias capitales occidentales con un costo muy elevado para civiles inocente. Supongo que el valor de este argumento está en función del cálculo efectivo que se tenga de dicho costo pero, sobre todo, de la calidad moral de los dirigentes en occidente para asumirlo.

Esto me lleva a un segundo argumento en contra, que plantea el tema desde la perspectiva de la filosofía jurídico-política. Aniquilar al enemigo ha sido históricamente una de las respuestas preferidas para asegurar la propia supervivencia: mis genes sobre los tuyos, lo cual significa mis tradiciones, mi cultura, mis valores, mi forma de vida, sobre los de cualquier otro que se oponga a ellos. De ahí a la esclavitud y la servidumbre sólo hay un paso. En eso radica en el fondo la ley del más fuerte. Y contra ello, cabe recordar que fue occidente quien construyó al estado y al derecho modernos para, mediante la expropiación de la venganza privada, racionalizar como violencia pública el uso legítimo de la fuerza a favor de la convivencia pacífica, del respeto por la diversidad y de la inclusión. No sin fuertes contradicciones, ha sido este arreglo social el que ha permitido que occidente sea como es hoy, que las y los occidentales y quienes no lo son vivan en occidente tal como lo hacen. Finalmente, creo que es a eso a lo que llamamos civilización. ¿Debe entonces occidente, querido Jacobo, renunciar una vez más a la civilización en nombre de la civilización? Mi posición es que no, y sé que la tuya trasciende con mucho la mera expresión de fuerza bruta para dejar en claro quién domina. Sin embargo, vale pensar si reacciones bélicas que se plantean como una suerte de solución final no se asemejan en el fondo, a las que sostienen posiciones como las de la pena de muerte pretendiéndolas ejemplares, contundentes y reivindicativas.

No devalúo lo acontecido pero, si como dices, es ésta una declaración de guerra, diría que es momento para que la prudencia civilizatoria ponga límite a la paranoia y a los muertos. Hechos como los de París, antes los de Nueva York, Londres o Madrid, apenas hace unos días los de Beirut, y los muchos más que han tenido menos luz pública aunque no menos importancia —junto a los múltiples actos de depredación que mediante formas de violencia menos explícita se dan intra e inter naciones— deberían motivar reflexiones serias sobre la necesidad de construir criterios universales de justicia, alrededor de un nuevo pacto civilizatorio global —tal vez una Constitución Universal— donde por civilización se entienda que la mejor manera de sobrevivir es construir el respeto por mi mismidad respetando la otredad y de garantizar el espacio para desplegarla, no invadiendo el espacio que las y los otros tienen para desplegar la suya. Cualquier respuesta que no tenga en cuenta esta premisa como horizonte, venga de donde venga, puede ser útil, puede ser explicable, pero definitivamente no se justifica, es ilegítima e incivilizatoria.

Si bien pienso que la cara predatoria del capitalismo y sus resultados —que también se miden en desgracia y muertes—, nos previenen de sobrevaluar lo que de modo genérico llamamos occidente, creo sin duda que hasta ahora, este occidente que tenemos es el más logrado avance en el camino hacia el occidente que queremos; pero justo por eso, estoy seguro de que ninguna forma de final solution es aceptable, si antes no nos proponemos demostrar que tenemos calidad moral para afirmar que en nuestras propias sociedades es posible vivir pacíficamente en diversidad, y que somos capaces de vacunarnos contra la intolerancia, la exclusión y la aniquilación.

Eso, querido Jacobo, ciertamente no detendrá otros ataques, pero al menos servirá para tener un horizonte moral desde donde condenarlos con autoridad. Eso creo.

 

@LGlzPlacencia

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