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Phronesis
Por Luis González Placencia
Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos... Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos treinta años, la vida le ha permitido construir una aproximación vivencial de los derechos humanos. Es académico, presidente fundador de ConectaDH, primer Think Tank especializado en política pública y derechos humanos en México, y Director Ejecutivo del Centro para el Desarrollo de la Justicia Internacional A. C. Actualmente es Rector de la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Phronesis (Φρόνησις), que hace referencia en Aristóteles a la sabiduría práctica, a la comprensión necesaria para pensar y actuar para cambiar las cosas, virtud ausente en la política de hoy. (Leer más)
Plata o plomo: ¿la regla para la prensa en Veracruz?
El asesinato de Rubén Espinosa no puede ni debe considerarse sólo una muerte más. Representa el tamaño de la certeza que sus autores tienen sobre la garantía de impunidad que les ha permitido seguirlo hasta esta ciudad de México y asesinarlo, no obstante que Artículo 19 había emitido una alerta sobre su caso desde el 15 de junio pasado, un mes y medio antes del homicidio.
Por Luis González Placencia
3 de agosto, 2015
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Yo te di, ahora tú me tienes que atender a mí. Se trata de una frase que el fotógrafo Rubén Espinosa —asesinado hace unos días junto con cuatro mujeres en un departamento de la colonia Narvarte, en la ciudad de México— expresó en la última entrevista que concedió a Sin Embargo en torno a la situación de la libertad de expresión en Veracruz, que refleja con claridad meridiana los términos de relación que caracterizan el funcionamiento del sistema en todo el país, pero que sin duda se radicalizan en ese estado de la República.

En esa ocasión, Rubén Espinosa se refería a un desayuno para representantes de medios de comunicación veracruzanos, convocado por el diputado local Renato Tronco, quien aspira a ser gobernador, y que el fotógrafo consideraba representativo de los encuentros a los que, al llamado de las autoridades —principalmente del gobernador Javier Duarte— acudía la gente de los medios porque en ellos se rifaban coches, pantallas y ipads. En esa misma entrevista señaló que, en su opinión, el 98% de la prensa en Veracruz era chayoteada. También dejó ver su frustración porque, en el contexto creado en aquel estado porteño por la autoridad para la prensa, sus compañeras y compañeros reporteros veían como algo normal, como un riesgo del oficio, la posibilidad de ser golpeados por hacer su trabajo al cubrir las protestas sociales.

La frase pronunciada por Espinosa resuena hoy con estridencia luego de su asesinato y puede parafrasearse como “en el Veracruz de Duarte a la prensa se la invita a desayunos, se le rifan coches, se le da dinero, a cambio de que se haga cómplice”. Y su propia muerte apunta como remate, ya anunciado por los doce periodistas asesinados antes que él bajo el gobierno del mismo Javier Duarte como “…y si no, se les persigue, hostiga y mata”.

El mecanismo, que por primera vez tiene lugar fuera de Veracruz —ni más ni menos que en la capital de la República— indigna por su capacidad para generar terror: te coptan o te eliminan. Y en el proceso, por amenazas o por privilegios, se mengua el posible respaldo de un gremio local que prefiere considerar normal lo que ocurre en su entorno para no ponerse en riesgo, tanto como la respuesta del propio estado mexicano que termina construyendo el espacio de impunidad que se ofrece como garantía de acción para que los perpetradores actúen por la libre y sin temor a que les pase nada.

El asesinato de Rubén Espinosa no puede ni debe considerarse, por eso, sólo una muerte más. Representa el tamaño de la certeza que sus autores tienen sobre la garantía de impunidad que les ha permitido seguirlo hasta esta ciudad de México y asesinarlo, no obstante que Artículo 19 había emitido una alerta sobre su caso desde el 15 de junio pasado, un mes y medio antes del homicidio. Representa también la vulneración del espacio simbólico que hasta ahora había significado el Distrito Federal como refugio para las decenas de periodistas y reporteros perseguidos y amenazados en el país y, en esos términos, un mensaje más que claro sobre el hecho real de que, en México, el país más peligroso del mundo para ejercer el periodismo, nadie está seguro en ningún lado. Al mismo tiempo, ratifica el estado de censura que se impone como resultado de un régimen de plata o plomo, como aquella regla que se atribuye a Escobar, pero ahora desde la oficialidad del gobierno de Javier Duarte.

Puede que la autoridad se niegue a reconocerlo, pero la muerte del foto reportero Rubén Espinosa, y las ochenta y siete muertes más de periodistas en México que no han sido aclaradas, son evidencia incontestada de ello.

 

@LGlzPlacencia

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