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Phronesis
Por Luis González Placencia
Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos... Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos treinta años, la vida le ha permitido construir una aproximación vivencial de los derechos humanos. Es académico, presidente fundador de ConectaDH, primer Think Tank especializado en política pública y derechos humanos en México, y Director Ejecutivo del Centro para el Desarrollo de la Justicia Internacional A. C. Actualmente es Rector de la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Phronesis (Φρόνησις), que hace referencia en Aristóteles a la sabiduría práctica, a la comprensión necesaria para pensar y actuar para cambiar las cosas, virtud ausente en la política de hoy. (Leer más)
¿Por qué en México nunca pasa nada?
Bien valdría la pena preguntarse qué más, en el fondo del modo en el que funciona el país, estructura las condiciones para que, año tras año, escándalo tras escándalo, tragedia tras tragedia, simplemente no pase nada.
Por Luis González Placencia
16 de febrero, 2015
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En los noventa el mundo hablaba del año 2000 con esperanza, pero los últimos treinta años del siglo XX y los primeros tres lustros de este milenio han sido, para nuestro país, una caída continua por el desfiladero de la violencia, la corrupción, la degradación institucional y el establecimiento de regímenes criminales. Ya son muchos años de decisiones equivocadas, de ausencias notables del estado que, con distinta intensidad, han permitido que los grupos criminales, con la aquiescencia o participación directa de agentes estatales, expropiaran la cotidianeidad de habitantes y transeúntes en Chihuahua, Michoacán, Tamaulipas, Morelos, Guerrero, solo por citar los casos conocidos.

Ayotzinapa y Tlataya constituyen epifenómenos de una realidad que hace mucho impera en México y que se ha y se sigue construyendo con muchos casos como esos. Bien valdría la pena preguntarse qué más, en el fondo del modo en el que funciona el país, estructura las condiciones para que, año tras año, escándalo tras escándalo, tragedia tras tragedia, simplemente no pase nada.

En México hace tiempo que existe tácitamente un pacto que permea nuestras transacciones cotidianas, sean estas políticas, económicas o sociales, en prácticamente todos los niveles: aquí todo se factura y de buena o mala gana, por conveniencia, se juega a administrar los costos, aunque al final pagarlos resulte inevitablemente caro. Así funciona para conseguir un contrato, un permiso o un puesto. Ese precio representa dinero, intereses, compromisos y acuerdos que, a pesar de su naturaleza ilícita o inmoral, son considerados condiciones funcionales al sistema. Mientras en la mayoría de los países la corrupción funciona dentro de un umbral de tolerancia que la mantiene controlada y marginal, en México hemos permitido que se rebase ese umbral hasta un punto tal en que la corrupción es ella misma el sistema.

Tal vez por eso, a la espontánea solidaridad que suscitó la desaparición de los normalistas —con el enojo y la protesta que le acompañaron— poco a poco se impuso un discurso que desde el gobierno, parte del empresariado y algunos sectores sociales, llama a dar vuelta a la página, a superar el duelo y seguir adelante. El relato oficial desliga la desaparición de los estudiantes en Iguala de la de miles de personas más a lo largo de todos estos años —así como de las ejecuciones, desplazamientos y secuestros— y tiende a condenar todo reclamo, toda exigencia para que los servidores públicos no se cansen, para que los casos no se cierren, para que los nombres de quienes están ausentes y de quienes han perdido la vida no se olviden. La solidaridad oficial se agota cuando, en razón de los intereses de esos sectores, el dolor común estorba para continuar con los negocios, implementar las reformas, llevar a buen término las elecciones, retomar nuestras vidas y volver las cosas al estado que guardaban antes de Ayotzinapa.

Quizá esa necesidad de superar la crisis fuese comprensible si la realidad mas allá de los sucesos en Guerrero —o Tamaulipas, o Michoacán— fuese de certezas; pero no, lo increíble es que esa pretensión ocurre mientras una y otra vez emergen nuevos casos de conflicto de interés, nuevos casos de colusión de ediles con el crimen organizado, nuevas fosas y más cuerpos sin vida, más migrantes secuestrados, más periodistas asesinados, más desapariciones, más cinismo de los partidos y de los políticos, y en un contexto en el que el gobierno federal responde con medidas cuya simpleza e inocuidad indignan y cuya arrogancia ofende.

Que el Presidente nombre a un subalterno para que lo investigue sin que exista una posibilidad seria de llegar a consecuencias debería ser inaceptable; que el Procurador quiera sustituir el derecho a la verdad de las víctimas con el poder institucional para oficializar la historia debería ser inadmisible; que el Partido Verde siga exhibiendo sus spots en los cines debería provocar un boicot generalizado contra ese partido y contra las salas que lo permiten; que el estado mexicano no se allane a las recomendaciones del Grupo de Trabajo contra las Desapariciones Forzadas de la ONU y se ponga a trabajar en ellas, debería ser objeto de una censura social sin precedente.

Algo en el pasado, no sé si reciente o remoto, nos vacunó contra la indignación. Pero hoy, más que nunca, lo que hagamos como sociedad, la manera cómo reaccionemos, determinará qué México tendremos dentro de los próximos años. Esa es nuestra responsabilidad histórica y por ello, en esta coyuntura, es imperativo evitar que una vez mas, simplemente pase nada.

 

@LGlzPlacencia

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