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Phronesis
Por Luis González Placencia
Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos... Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos treinta años, la vida le ha permitido construir una aproximación vivencial de los derechos humanos. Es académico, presidente fundador de ConectaDH, primer Think Tank especializado en política pública y derechos humanos en México, y Director Ejecutivo del Centro para el Desarrollo de la Justicia Internacional A. C. Actualmente es Rector de la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Phronesis (Φρόνησις), que hace referencia en Aristóteles a la sabiduría práctica, a la comprensión necesaria para pensar y actuar para cambiar las cosas, virtud ausente en la política de hoy. (Leer más)
Psicopolítica COVID-19
La intención de producir una percepción generalizada de que la estrategia del gobierno contra el COVID-19 es errada constituye en el contexto actual un activo político para sus detractores.
Por Luis González Placencia
11 de mayo, 2020
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El “debate” sobre la información publicada por varios periódicos internacionales en torno a la cifra oscura de defunciones relacionadas con padecimientos producidos por el nuevo coronavirus constituye un ejemplo interesante de algo que anticipaba en alguna colaboración anterior sobre los efectos que más allá de la salud, traería la pandemia en México. Escribí entonces que a la biopolítica le iría ganando el paso la psicopolítica y que “la fragilidad de la razón humana (podría ser) un extraordinario campo de cultivo para la manipulación de las subjetividades. El caso de estas notas muestra la sofisticación que puede alcanzar este proceso que se funda en la manipulación deliberada de las emociones, no sólo en el miedo —como apuntaba yo en aquella colaboración— sino en la antipatía y en el enfado que muchas personas sienten frente al gobierno actual y todo lo que lo representa, con la finalidad de generar o reforzar actitudes y valores con un determinado sesgo político.

Contenidos que aparecen bajo una apariencia de racionalidad, que se validan, por ejemplo, en el prestigio de las casas editoriales que los publican, pero que carecen de todo tipo de soporte empírico, buscan mediante el uso de trozos de verdad, como la realidad de la existencia de una cifra oscura de muertes por COVID— hilar narrativas que, encabezadas con titulares sensacionalistas, alertan al público sobre historias que, construidas desde la objetividad del reportero, aparecen neutrales, creíbles, aunque carezcan de fuentes que permitan contrastarlas. Por esos creo que ese “debate” sobre las notas periodísticas merece un análisis que lo contextualice, justo en el escenario de la psicopolítica.

La psicopolítica, en términos simples, se refiere al control de las subjetividades; aunque sus antecedentes se ubican en el nacimiento de las relaciones públicas y su desarrollo se identifica con el de la publicidad y la mercadotecnia, lo novedoso radica en su uso contemporáneo para producir, mediante el recurso a la excitación de las emociones más básicas de las y los seres humanos, actitudes y comportamientos que derivan hacia la política, entendida ésta como un mercado. La psicopolítica ha sido, en mi opinión, el dispositivo más exitoso para trasladar la lógica empresarial al campo del Estado y la razón principal por la que el neoliberalismo dejó de ser solamente un modelo económico para convertirse, en un periodo de treinta o cuarenta años, en la racionalidad imperante en prácticamente todo el mundo occidental: el formateo masivo de nuestra psique, en efecto, a partir del descubrimiento de la fragilidad de nuestras subjetividades.

Como lo he planteado en otras colaboraciones, la pretensión de la 4T es producir un cambio de régimen. Y es precisamente la desconstrucción de la semiótica, de las prácticas y de las instituciones del tipo de Estado que se busca superar, lo que un cambio de régimen significa. La 4T ha elegido como herramienta una suerte de populismo híbrido, a veces a la izquierda, otras a la derecha, pero me parece que ello no es distinto al proceso mismo de construcción de la racionalidad neoliberal cuyo éxito radicó, como dirían preclaras inteligencias contemporáneas, en lograr que los electores identificaran capitalismo con democracia (W. Brown) al tiempo que las oligarquías identificaban democracia con conservadurismo (I. Wallerstein), con lo que se consiguió que la racionalidad económica actual se alejara radicalmente de los principios del liberalismo clásico —y obviamente del liberalismo social— para, bajo la denominación de neoliberalismo, dar forma a un capitalismo predatorio (N. Chomsky) en la que la acumulación por despojo (D. Harvey) ha concentrado la riqueza en pequeñas elites tanto globales como locales (T. Piketti), que mediante distintos tipos de dispositivos institucionales, materiales y sobre todo psicológicos (B.C. Han) han desplazado a las mayorías hacia la exclusión y, literalmente, al abandono, en los términos de J.L Nancy.

El populismo híbrido de la 4T ha optado por una estrategia que busca efectos similares a los de la psicopolítica, pero prescindiendo de su ambiente tecnocrático: ha intentado reidentificar a la democracia ofreciendo reconciliar demos (pueblo) y kratos (poder) y para ello se ha servido de lo que considera signos que le permiten identificarse con las clases populares: las creencias religiosas (aquí también con una religiosidad híbrida pero peligrosamente utilitaria, especialmente en su flanco pentecostal, como lo han señalado Barranco y Blancarte recientemente y también Dussell en varias ocasiones) la sabiduría popular, el lenguaje llano, la cultura del esfuerzo, la solidaridad, entre otros que configuran una semiótica radicalmente opuesta a la elaborada por la racionalidad neoliberal. La cancha de Andrés no está en la web, sino las mañaneras de Palacio Nacional y en el contacto directo con el pueblo; su recurso de comunicación política es el uso del lenguaje para producir sentimientos, de simpatía entre quienes lo quieren, de empatía entre quienes además lo comprenden, y de franca antipatía entre quienes lo detestan. Contrariamente a lo que podría pensarse, pero con una lógica indisputable si se piensa que México es un país donde la mayoría de la gente ha sido desplazada y precarizada, esta forma de comunicación política es la que le dio el triunfo electoral y la que le mantiene con una popularidad tal que, si sus opositores no hacen algo más inteligente que lo que el borrego de la prensa internacional ha querido ser, le alcanzará para ganar otra vez las elecciones intermedias y también las del 2024.

La sola idea de lograr en efecto un cambio de régimen no debe ser del agrado de la élite mexicana, pero tampoco de la cúpula global. Las historias de Bolivia, Ecuador, Venezuela y Brasil, donde igualmente se intentó superar el neoliberalismo mediante modelos de Estado más allanados a la lógica de lo público que a la de lo privado, deben servir para alertar que, más allá de los discursos, pero sin duda a través de ellos, la derecha no se va a cruzar de brazos porque con un cambio de régimen hay, para ellos, mucho que perder. No se trata, —o no sólo, casi nada yo diría— de poner en riesgo su riqueza o sus bienes, que son tan vastos como para que sus descendientes no se preocupen por ser pobres en generaciones; sino de arriesgar la estabilidad de las condiciones que les han permitido mantener bajo el dominio consensual de la psicopolítica, a una gran mayoría de personas que mientras son víctimas de la acumulación por despojo, obtienen conformidad mediante la onírica aspiracional del consumo. Por eso, causar miedo e indignación, como es el objetivo de esas notas, resulta políticamente redituable.

Cabe hacer notar, para evidenciar la fragilidad de nuestras subjetividades, cómo en el escenario COVID se invirtieron los papeles y, paradójicamente, frente a un conjunto de notas colocadas en medios prestigiosos, bien coordinadas, con el timming preciso para aparecer en el acmé —según se había previsto— de la pandemia en la ciudad de México, pero sin sustento empírico alguno, los que reclamaban a la 4T su desdén por las cifras y el sustento científico, hoy anteponen la opinión periodística al rigor del análisis sistemático que desde hace semanas realizan científicos calificados —todos son investigadores nacionales niveles 1, 2 y 3 desde antes del triunfo electoral de Andrés— y vinculados mediante instancias —globales por cierto— como la OMS y la OPS, cuyos estándares de validez científica están estratosféricamente encima de los del más famoso y prestigiado de los diarios.

La intención de producir una percepción generalizada de que la estrategia de la 4T contra el COVID-19 es errada, de que está produciendo más contagios y más muertes que en otros lugares del mundo y que ello se debe, por una parte, a la torpeza de Andrés y por la otra, a la intención de engañar de Hugo López-Gatell, constituye en el contexto actual un activo político para sus detractores que busca hallar, en el temor a los contagios y a las muertes, tanto como en la antipatía de quienes simplemente no lo soportan, un catalizador para producir más temor y más antipatía que electoralmente les reditúe.

@LGlzPlacencia

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