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Phronesis
Por Luis González Placencia
Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos... Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos treinta años, la vida le ha permitido construir una aproximación vivencial de los derechos humanos. Es académico, presidente fundador de ConectaDH, primer Think Tank especializado en política pública y derechos humanos en México, y Director Ejecutivo del Centro para el Desarrollo de la Justicia Internacional A. C. Actualmente es Rector de la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Phronesis (Φρόνησις), que hace referencia en Aristóteles a la sabiduría práctica, a la comprensión necesaria para pensar y actuar para cambiar las cosas, virtud ausente en la política de hoy. (Leer más)
¿Qué quiere decir una Constitución con perspectiva de derechos?
La legitimidad de una Constitución no se agota solamente en la legitimidad política del constituyente, sino en la que es posible conseguir por su nivel de armonía con los derechos humanos.
Por Luis González Placencia
15 de febrero, 2016
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No puedo agotar en una sola colaboración el tema porque éste supone, por lo menos, poder responder tres preguntas básicas: qué es, cómo debe ser y para qué sirve una constitución con perspectiva de derechos. Cada una de ellas merece un mínimo de argumentación. Me ocupo ahora de argumentar la primera pregunta y me hago cargo de una muy posible sobresimplificación en aras de ofrecer una mirada asequible sobre un tema sin duda altamente complejo.

Primero lo primero: para decirlo de modo simple, una Constitución es el documento fundante de un Estado; es el lugar en el que se establecen los acuerdos fundamentales en torno a su organización, la división de poderes, así como los derechos y responsabilidades de las y los ciudadanos. Una Constitución es, en principio, un acuerdo político que se transforma en derecho para normar la vida de quienes habitan y transitan un territorio en particular y que se desagrega, por así decirlo, en un conjunto de leyes y reglamentos que deben ser armónicos —coherentes, es decir— con lo que en ese documento fundante queda constituido. En ese sentido, una Constitución es, al mismo tiempo continente y contenido; es decir, es el documento que contiene los acuerdos, pero es también los acuerdos constituidos.

Como es natural, las constituciones no escapan a la historia y sus características se relacionan con aquello que importa a los constituyentes en cada momento histórico y en ese sentido, responden a una ideología que de algún modo soporta también una cierta forma de mirar el mundo. Por ello, recientemente, los constitucionalistas —es decir, los expertos en materia constitucional— han llamado la atención sobre la necesidad de que el acuerdo político fundacional, que es el que representa esa ideología, se exprese en normas jurídicas que lo validen. Este planteamiento puede expresarse en lo que podría considerarse una fórmula de legitimidad: si al principio es la autoridad del constituyente la que valida el acuerdo político, luego es la autoridad de la ley la que valida a la Constitución y las normas que de ella emanan.

Mucho se ha escrito sobre el tema de la validez pero para hacerlo sencillo es posible identificar al menos dos modos de considerarla. El primero, planteado por el jurista alemán Hans Kelsen y tributario de la separación ilustrada entre derecho y moral descansa en la vigencia de la ley. Lo que ello significa es que, dada la autoridad del constituyente —y en general del legislador— las normas que están vigentes, al haber sido producidas por los medios que autorizan tal producción (un poder legislativo electo por el pueblo y que por tanto ejerce la soberanía popular) son válidas. Esta forma de ver la validez cumple con la primera parte de la formula de legitimidad porque se agota en la legitimidad política del constituyente y de los procedimientos para producir normas jurídicas.

El segundo modo de considerar la validez es el propuesto por otro jurista, italiano esta vez, de nombre Luigi Ferrajoli, quien asume sin duda la separación entre derecho y moral como necesaria, pero distingue entre la ley válida y la ley vigente pues afirma que la autoridad del modo de producción de la ley no es suficiente para garantizar la validez de la misma, porque entonces queda sujeta solamente a la ideología del legislador. El ejemplo mas claro de que la confusión entre vigencia y validez puede producir un estado de derecho que al mismo tiempo es un estado autoritario es el del nacionalsocialismo alemán cuyas leyes vigentes autorizaron actos de barbarie y de exclusión que de ningún modo hallan justificación.

Para construir su argumento, Ferrajoli tiene que encontrar un referente que, distinto de la moral, pueda constituir una especie de deber ser para el derecho mismo, un marco contra el cual poder decir si una ley, no obstante ser vigente, debe ser también considerada válida. En su búsqueda Ferrajoli se da cuenta de que la única manera de hacerlo es recurriendo a normas positivas cuyo fundamento, valor jurídico y potencial de inclusión reforzaran el devenir civilizatorio de occidente y conectaran de modo directo con una noción de democracia inoculada contra el autoritarismo; esas normas propuestas por el jurista italiano no son otras que los derechos humanos, que representan acuerdos juridificados que emanan de las luchas sociales por la inclusión y la visibilización de las víctimas del estado (libertades), del mercado (derechos económicos, sociales, culturales y ambientales) y de las asimetrías sociales (derechos de solidaridad).

Con ello el concepto de validez encuentra en los derechos humanos un referente de legitimación que, en consecuencia, permite afirmar que para que una norma se considere válida debe, como decía Kelsen, ser vigente, pero además debe ser legítima.

En ese orden de ideas, la legitimidad de una Constitución no se agota solamente en la legitimidad política del constituyente, sino en la que es posible conseguir por su nivel de armonía con los derechos humanos. Con ello, la formula de legitimidad queda asegurada lo que además tiene derivaciones muy importantes en el modo desde el que se mira el porque y el para qué de una constitución, cuestiones de las que me ocupo en próximas colaboraciones.

 

@LGlzPlacencia

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