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Phronesis
Por Luis González Placencia
Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos... Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos treinta años, la vida le ha permitido construir una aproximación vivencial de los derechos humanos. Es académico, presidente fundador de ConectaDH, primer Think Tank especializado en política pública y derechos humanos en México, y Director Ejecutivo del Centro para el Desarrollo de la Justicia Internacional A. C. Actualmente es Rector de la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Phronesis (Φρόνησις), que hace referencia en Aristóteles a la sabiduría práctica, a la comprensión necesaria para pensar y actuar para cambiar las cosas, virtud ausente en la política de hoy. (Leer más)
¿Se sostiene la idea de una violencia civilizatoria? Contrarréplica a Jacobo Dayán
Coincido plenamente en la condena al genocidio, los crímenes de lesa humanidad y en el castigo de la comunidad internacional a quienes los perpetren, pero no puedo coincidir en que, en ausencia de todo referente, haya casos en los que se admita la aniquilación, ni siquiera en nombre de la protección de terceros.
Por Luis González Placencia
30 de noviembre, 2015
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Estimado amigo,

En primer lugar quiero decirte que considero sumamente estimulante este intercambio de ideas que, si en sus consecuencias refleja posiciones divergentes, parte de una preocupación que sin duda nos es común y que nos acerca a un plano en el que quizá podríamos hallar mayor convergencia. De hecho, encuentro en tu réplica nuevos motivos para continuar conversando, porque veo que en ella introduces argumentos que construyes sobre una serie de distinciones que me gustaría problematizar.

En principio, me parece sustantivo tu llamado de atención hacia la omisión que señalas y que refleja, es cierto, un error de perspectiva. Acepto que al escribir estaba pensando en lo que llamas nuestras víctimas y añado que ello es producto de un prejuicio epistemológico que heredamos justo de occidente. Sin embargo, al reflexionar sobre ello, me parece que mi posición es sin duda extensible también a las víctimas de la zona del conflicto, porque en el fondo, la pregunta que hay que responder no es por cuáles víctimas nos preocupamos, sino si se justifica o no una acción militar contundente contra el autodenominado Estado Islámico (EI) para acabar con la violencia que produce. Esta es la tesis del texto tuyo que ha dado origen a este fructífero intercambio.

Desde ya, vale decir que concuerdo contigo en que, justo porque produce víctimas inocentes, la violencia de EI es inaceptable, tanto en París, como en Siria o en Irak. Pero este punto de partida en común no responde a la pregunta que nos ocupa y que parte de tu planteamiento inicial. Déjame citar un párrafo que considero central en tu segundo texto, en el que escribes:

Usar la violencia en contra del Estado Islámico es responder en nombre de la civilización, no de una sedienta de sangre, sino de una que la aborrece. Hay que detener ya los ataques sistemáticos y generalizados de EI contra la población civil, varios de los cuales constituyen crímenes de guerra, contra la humanidad e incluso genocidio.

Mantienes aquí la idea original de que la violencia es el camino para detener la violencia, aunque pones un par de matices que vale la pena comentar y agregas una situación que, aunque no queda clara en el texto, en mi opinión es crucial para validar tu argumento.

Por una parte, se desprende de tu posición una distinción entre dos formas de violencia: una que implica una suerte de contenido civilizatorio y otra que, por contraste, no tendría ese contenido. Déjame categorizar esas dos formas de violencia en función de esa distinción que haces, como violencia civilizatoria para el caso de la primera, y como violencia bárbara para nombrar a la segunda. Al parecer, la violencia civilizatoria tendría carta de legitimidad para abatir a la segunda que aparece entonces como irracional e ilegítima. Sin embargo, creo que hay que reparar un poco en los parámetros desde los cuáles validamos esa distinción. Si como algunos sostienen, los actos de EI y otras expresiones radicales provienen de la certeza de que occidente es la consumación del pecado y de la negación de la forma de vida y los valores que Alá quiere para todo el mundo y que, en razón de ello, las y los occidentales somos infieles y debemos ser destruidos, los términos de la relación se invierten peligrosamente. En esa perspectiva del Islam, existiría entonces una violencia divina que, por ser superior tendría carta de legitimidad para abatir a toda forma de vida que por infiel, violente los designios de su Dios. Por tanto, el valor de este argumento que plantea formas de violencia que deben ser aceptables por perseguir fines superiores y que en razón de ello pueden/deben abatir a otras formas de violencia que se les oponen, depende de la perspectiva de quien lo asuma y en consecuencia, termina justificando la aniquilación del otro como afirmación de la ley del más fuerte, aunque en un caso se apele a la civilización y en el otro a la fe.

La segunda distinción que planteas, querido amigo, la derivas de la omisión que me señalas. Se trata de la distinción entre un ellos y un nosotros que presupones cuando preguntas si seguimos solo pensando en nuestras víctimas. Aunque he aceptado la crítica porque en efecto, como dije, mientras escribía pensaba en las víctimas potenciales en los países occidentales, no utilicé nunca un posesivo y por tanto mi argumento no se refería a pertenecer a un grupo u otro, sino a estar en un lugar —en efecto, en occidente— que pudiese ser objeto de un atentado. Aquí sí que tenemos un acuerdo: rechazo de entrada cualquier distinción que en razón de la pertenencia a un grupo humano, cualquiera que este sea, pretenda más valor y en consecuencia, suponga una protección privilegiada, venga de donde venga. Pero el argumento aplica también en sentido contrario: rechazo igualmente la pretensión de que una distinción basada en la pertenencia a un grupo humano justifique un argumento de aniquilación contra otro grupo humano, por la razón que sea.

Como escribí la semana pasada, si justifico esa posición, por congruencia, no tendría ninguna razón válida para oponerme a la pena de muerte. No te atribuyo de ninguna manera que afirmes que haya que aniquilar a EI por no pertenecer a ese nosotros que, de hecho, hemos ampliado gracias a tu réplica a todas las víctimas reales y potenciales de sus actos criminales. Aunque sí sostienes que hay que hacerlo por atentar —real y potencialmente añado yo— en contra nuestra. Reconozco los matices que colocas: dices que no sugieres que el uso de la fuerza sea la norma para todos los casos pero afirmas que en el caso de Siria hacerlo es necesario. Respaldas esta afirmación diciendo que en otros casos la doctrina sobre la responsabilidad internacional de protección (R2R) obliga a la comunidad internacional a intervenir para que, en casos en los que un Estado no protege a su población, adopte medidas colectivas para hacerlo de conformidad con la carta de Naciones Unidas, y dices que en Siria, no sólo ocurre que el Estado desprotege a sus ciudadanas y ciudadanos, sino que EI está cometiendo genocidio.

Coincido plenamente en la condena al genocidio, los crímenes de lesa humanidad y en el castigo de la comunidad internacional a quienes los perpetren, pero no puedo coincidir en que, en ausencia de todo referente, haya casos en los que se admita la aniquilación, ni siquiera en nombre de la protección de terceros. El uso extremo de la fuerza debería ser subsidiario, como lo afirma la doctrina R2R que citas, a todas las otras formas de intervención menos violentas. Y me parece que esta posición sienta la base para responder a la pregunta que me haces sobre si la respuesta a la Alemania Nazi debió haber sido en los términos que yo planteo. Mi posición es, sin duda, que sí. De hecho, creo que el juicio de la historia debió ser por lo menos igual de severo con los estadounidenses por Hiroshima y Nagasaki, como lo ha sido con los nazis por la Shoá, y es que el punto nodal de este asunto para mí es que es imposible sostener que haya buenas razones para matar seres humanos porque se piensa que esa es la mejor forma de evitar que ellos lastimen a otros seres humanos, ni siquiera para evitar que seamos nosotros a quienes maten. Matar por miedo, precaución o venganza, para proteger o para castigar siempre puede racionalizarse, pero definitivamente nunca será razonable.

Llego así, por último, a la situación que asoma en la intertextualidad de tu colaboración y que se refiere a la proximidad espacio temporal del riesgo en el que viven las víctimas locales y que pone un elemento que, tienes toda la razón, es imprescindible abordar. En condiciones en las que hay personas concretas que todos los días viven vejaciones de distinta índole como las que describes a manos de EI, la comunidad internacional no puede quedarse sin intervenir, e incluso te concedo que, si las condiciones no permiten medidas subsidiarias a las del diálogo y la diplomacia, esa intervención sea militar y como tu dices, contundente.

En este punto, estimado amigo, me acorralas. De hecho, como bien sabes, la decisión de intervenir militarmente se tomó hace años, me temo que con base en razones abiertamente utilitarias. En boca de los militares y de los políticos, tu argumento se ha impuesto al mío una y otra vez. Sin embargo, rescato el valor de esta discusión porque, a diferencia de los militares y de los políticos, personas como tú y como yo, y como muchos más que piensan en un mundo con sociedades que cuiden a las otras y sus entornos, tanto como se cuidan a sí mismas y los suyos, tenemos que poder decir que no a la violencia, aunque parezca simplemente necesaria. Ello es condición para exigirle cuentas a quienes deciden en los hechos usar la fuerza letal, para que se hagan cargo de la responsabilidad que implica quitarle la vida a otras personas, aún si piensan, como lo han pensado dictadores en todo el mundo, que ello se justifica en nombre de la patria, de la raza o de la humanidad entera. A eso apelo Jacobo, a que aún en los casos en los que parece no haber otra salida, nos sintamos avergonzados de que así sea, no aplaudamos, legitimemos o justifiquemos la violencia mortal, sino que por el contrario, tomemos siempre distancia moral respecto de ella.

 

@LGlzPlacencia

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