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Phronesis
Por Luis González Placencia
Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos... Luis es psicólogo de formación, sociólogo de profesión y filósofo de vocación. Los últimos treinta años, la vida le ha permitido construir una aproximación vivencial de los derechos humanos. Es académico, presidente fundador de ConectaDH, primer Think Tank especializado en política pública y derechos humanos en México, y Director Ejecutivo del Centro para el Desarrollo de la Justicia Internacional A. C. Actualmente es Rector de la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Phronesis (Φρόνησις), que hace referencia en Aristóteles a la sabiduría práctica, a la comprensión necesaria para pensar y actuar para cambiar las cosas, virtud ausente en la política de hoy. (Leer más)
De Tamara a Dafne: los extremos de un continum
Pensar que los hombres podemos penetran el espacio íntimo de las mujeres con un piropo, es sólo el extremo light de una actitud permisiva que nos autorizaría también, ¿por qué no? a penetrar sus cuerpos.
Por Luis González Placencia
5 de abril, 2017
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Con atención a @Tomo_Terada

 

Para algunas personas, la denuncia realizada por Tamara de Anda de aquel taxista que le gritó guapa en la calle fue una exageración. Algún jurista publicó que Tamara ejercía una suerte de feminismo condechi-roma que no representaba a la totalidad de las mujeres y destacó el sentido experimental que Tamara otorgó a su denuncia como un capricho de clase que victimizó a un hombre pobre. En lo que me parece más grave, se afirmó también que, con este hecho, se abría la puerta para que otras “feministas” victimizaran varones indefensos bajo el mismo argumento enarbolado por Tamara.

Una perspectiva como ésta resulta, además de misógina, representativa de una tendencia hacia la llamada discriminación inversa que hace años se perfila cuestionando los derechos de las mujeres o, más bien, acusándolas a ellas de extralimitarse en su ejercicio. Es misógina porque no es capaz de reconocer que un acto dirigido a una mujer sin su consentimiento constituye una agresión si ella lo considera así. No pensar en lo que ella sentirá y en que, porque lo que decimos es amable y bien intencionado —para nosotros— ella está obligada a asumirlo así, supone una demostración de la colonización estructural masculina sobre la subjetividad de las mujeres, además de que hacerlo en el espacio público supone también una demostración de que éste de algún modo nos pertenece a los hombres, porque podemos usarlo igualmente para “piropearlas” a ellas.

Por otra parte, es asimismo representativa de esa tendencia a la llamada discriminación inversa que afirmaría que el empoderamiento de las mujeres es condición ahora de la discriminación de los varones, al grado que algunos piensan que tendría que haber “derechos de los hombres”, un “día de los derechos de los hombres” y hasta una suerte de “perspectiva masculina” para equilibrar la balanza afectada por tantos derechos que les hemos concedidos a ellas.

Pues bien, quien así piense tiene que aprender que entre el “guapa” que recibió Tamara en la calle y la violación equiparada de la que fue objeto Dafne a manos, literalmente, de Diego Cruz en el famoso caso de los Porkys de Veracruz, la diferencia es apenas de grado. Porque la idea de que podemos poseer a las mujeres con las palabras porque es normal, natural, o bien intencionado, no dista mucho de que podamos hacerlo también con la mirada, la actitud, con los dedos o con el pene. Pensar que podemos penetran su espacio íntimo con un piropo, es sólo el extremo light de una actitud permisiva que nos autorizaría también, ¿por qué no? a penetrar sus cuerpos.

El guapa del taxista penetró el espacio privado de Tamara en un grado que resulta simbólicamente equiparable a los dedos de Diego sobre el cuerpo privado de Dafne y por ello, la decisión del juez de amparo Anuar González resuena como una voz masculina que dice a los varones “estamos autorizados… que ellas se defiendan”. Cabe recordar que también en este caso algunos juristas respaldaron esta decisión tras argumentos de un formalismo verdaderamente insultante.

No puedo afirmar que el juez cívico que sancionó al señor taxista que ofendió a Tamara tuviera conciencia de que, al hacerlo, enderezaba el plato que la violencia comunitaria de género ha desbalanceado en contra de las mujeres, pero espero que su decisión reverbere en la cabeza del juez que amparó a Diego Cruz diciéndole: aprende, si un varón no puede penetrar el espacio privado de una mujer con un “guapa” sin su consentimiento, menos aún puede tocar su cuerpo. Y espero también que el mensaje de estos casos nos llegue a todas y a todos, en especial a aquellos juristas que todavía se resisten a trascender el formalismo en nombre de los derechos humanos, porque no saben cómo hacerlo —cosa que dudo— o más bien, porque, por la razón que sea, simplemente no quieren hacerlo.

 

@LGlzPlacencia

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