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Plata o Plomo
Por Alejandro Hope
Alejandro Hope es un investigador obsesionado con las drogas, el delito y varios puntos intermedi... Alejandro Hope es un investigador obsesionado con las drogas, el delito y varios puntos intermedios. No es legalizador, pero tampoco prohibicionista. Cree en racionar el castigo, pero no se le ocurre que la inseguridad se arregla nada más con escuelas y hospitales. Cuando no bloguea, dirige el Proyecto MC2 (Menos Crimen, Menos Castigo\\\", iniciativa conjunta en materia de seguridad pública del IMCO y MéxicoEvalúa. Síguelo en @ahope71 (Leer más)
Aprender de "El Lucky"
Por Alejandro Hope
20 de mayo, 2012
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En su edición de hoy, el diario Reforma publica extractos de unas declaraciones de Raúl Lucio Hernández, alias “El Lucky”, jefe regional de Los Zetas en el centro del país hasta su captura por elementos de la Marina en diciembre pasado. El testimonio, rendido según la nota en una “entrevista privada” en las instalaciones de la SIEDO (¿no fue declaración ministerial?) resulta fascinante por lo que revela de la lógica interna y la estructura de negocios de los Zetas.

La nota se centra en la aparente existencia de una red de protección político-policial de los Zetas en el estado de Veracruz (un tema importante, sin duda), pero lo que a mi me resulta más interesante es lo que dice sobre las vulnerabilidades de la banda criminal. Según “El Lucky”, “los Zetas vendían un promedio de 100 kilos de cocaína al mes en Veracruz, 40 de ellos en el puerto, y que a cada uno le ganaban 350 mil pesos libres, es decir, 35 millones de pesos mensuales sólo por vender alcaloides el año pasado.” (Nota: eso implica que a nivel nacional, se consumen aproximadamente 17  toneladas de cocaína al año y el valor del mercado es de más o menos 5000 millones de pesos).

Sin embargo, parte de esa fuente de ingresos se secó cuando llegó el operativo federal en octubre pasado: “”El puerto de Veracruz (es) el municipio donde más droga se estaba vendiendo hasta que sucedió lo de ‘Los Zetas’ que aparecieron muertos en el puerto, hasta ese entonces se calentó la plaza y dejamos de vender por orden mía, ya que les dije a la gente que se saliera de allí, que dejaran de vender hasta que terminara el operativo de Marina y los militares.” Al momento de la captura de “El Lucky”, los Zetas preparaban una contraofensiva en el puerto, pero no habían aún reabierto la plaza.

El operativo federal en Veracruz le costó a los Zetas no menos de 28 millones de pesos en ingresos perdidos tan solo por venta de cocaína en una ciudad del estado. Y por lo visto, no fueron los únicos ingresos perdidos: según “El Lucky”, un asaltante de camiones les pagaba piso, pero sólo “cuando no hay operativos y se le deja trabajar. Su cuota es de un millón de pesos mensuales, cuando trabaja poco paga la mitad.” Allí va un millón de pesos adicionales (por lo menos) de ingreso perdido en dos meses de operativo.

Nótese un dato importante: al tiempo en que todo esto sucedía, los Zetas tenían en la nómina a medio Veracruz. De acuerdo con la versión del jefe zeta, todos los meses pagaban 30 millones de pesos en sobornos a policías y funcionarios estatales y municipales. Todo ese gasto no los salvó de ver su ingreso reducido en varias decenas de millones de pesos durante varios meses

¿Qué demuestra todo esto? Algo muy sencillo: el Estado mexicano, con todas sus debilidades institucionales, su corrupción y su incompetencia, es capaz de inflingir costos severos  a los grupos criminales (al menos temporalmente). Esa es la razón por la cual las bandas delictivas intentan “calentarle la plaza” al rival: saben que no es lo mismo tener que no tener operativo encima, que les pueden apretar las tuercas e imponerles costos no anticipados.

Si eso es cierto, el gobierno federal tiene una palanca para regular el comportamiento de los delincuentes: o se comportan y le paran a las masacres o les hacemos en Nuevo Laredo o en Piedras Negras o en Matamoros o en Reynosa lo que hicimos en Veracruz. Pregúntenle a “El Lucky” y que les platique como estuvo.

Insisto: los grupos criminales no son irracionales. Buscan maximizar su ingreso y minimizar su riesgo. Y tienen vulnerabilidades que se pueden explotar para modular su comportamiento y prevenir los peores actos. No esperemos a que venga el siguiente Cadereyta (y creánme, va a venir si no hacemos nada).

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