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Plata o Plomo
Por Alejandro Hope
Alejandro Hope es un investigador obsesionado con las drogas, el delito y varios puntos intermedi... Alejandro Hope es un investigador obsesionado con las drogas, el delito y varios puntos intermedios. No es legalizador, pero tampoco prohibicionista. Cree en racionar el castigo, pero no se le ocurre que la inseguridad se arregla nada más con escuelas y hospitales. Cuando no bloguea, dirige el Proyecto MC2 (Menos Crimen, Menos Castigo\\\", iniciativa conjunta en materia de seguridad pública del IMCO y MéxicoEvalúa. Síguelo en @ahope71 (Leer más)
Cartagena: oportunidad perdida
Por Alejandro Hope
16 de abril, 2012
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Semanas de especulación, declaraciones al por mayor de presidentes y expresidentes, los medios vueltos locos con el tema. Al final, todo acabó como tenía que acabar: sin consenso en la Cumbre de las Américas en Cartagena, sin declaración final y sin pronunciamiento colectivo sobre la prohibición de las drogas. Los líderes de América apenas alcanzaron a acordar, segun afirmación del Presidente Juan Manuel Santos, que la OEA analice si ” política está funcionando y si hay alternativas más eficaces y menos costosas para enfrentar este problema de las drogas”.

No es por matar el suspenso, pero el mentado análisis no va a llegar a nada. Por dos razones: 1) le encomendaron la tarea a un órgano político, no técnico, y el proceso por tanto va a estar contaminado por las agendas de los países participantes, y 2) aún si se pudiese encapsular el trabajo, aislarlo de la discusión política, no hay conclusión realmente satisfactoria a este debate.

Como ya les he comentado en varias ocasiones, hay demasiadas incertidumbres sobre demasiados parámetros para hacer un ejercicio serio de contraste entre el régimen actual y diversas alternativas regulatorias: no sabemos cuanto caerían los precios de las drogas, no sabemos como respondería la demanda a precios notablemente inferiores, no sabemos cuantos usuarios problemáticos nuevos surgirían en un entorno de mucho más fácil acceso, no sabemos como acabaría el marco regulatorio después de pasar por la maquina de salchichas del proceso político.

Pero aún si fuera posible resolver todas esas incógnitas, nos enfrentaríamos al problema de que, en el fondo, el debate sobre las drogas no es técnico, es ético.

Me explico: en una lógica estrictamente utilitaria, no es descabellado suponer que la prohibición es el mejor de todos los mundos posibles. Al fin y al cabo, medido en PIB per cápita, la vida de un estadounidense vale cuatro veces más que la de un mexicano y diez veces más que la de un guatemalteco. El ingreso perdido por un casabolsero de Wall Street, muerto en un pasón de cocaína, equivale al de varias centenas (sino es que miles) de víctimas del narcotráfico en paises subdesarrollados.

Pero, ¿por qué debería de ser ese el único criterio posible para determinar como regular las drogas? ¿No sería preferible adoptar una lógica maximin, a la John Rawls, donde los mayores beneficios fluyen a los que menos tienen? ¿Y no podríamos asumir tal vez que la libertad individual es un bien tan precioso que nulifica cualquier otra consideración? ¿Pero no se debería igualmente incorporar nociones de virtud, de sobriedad? ¿N0 se vacía de contenido la autonomía individual cuando se pierde el control sobre uno mismo? Son amplias las posibilidades.

 James Q. Wilson, un eminente (y recientemente fallecido) criminólogo estadounidense , afirmaba que “el tabaco acorta la vida, pero la cocaína la degrada. La nicotina altera nuestros hábitos, la cocaína altera nuestra alma.”  Hay en esa aseveración algo distinto a un análisis costo-beneficio: es una visión peculiar, idiosincrática, de lo que constituye una buena vida digna de ser vivida. Para algunos es una visión noble, para otros resulta aborrecible, pero ese no es el tipo de disputas que se resuelve con un reporte técnico.

Eso es lo que hace endemoniadamente difíciles los debates sobre drogas: en el fondo, no se está discutiendo sobre alternativas de política pública, sino sobre perspectivas morales contrapuestas, sin muchos puntos de referencia comunes. Como en temas similares (aborto, matrimonio gay, etc.), no hay buenos mecanismos para zanjar las diferencias, salvo el proceso político, con todas sus imperfecciones y su paso glacial para resolver controversias.

Eso, lo sé, puede resultar muy desalentador para los que se ubican en el campo reformista: la prohibición no va a morir pronto (si es que sucede algún día). Pero esa no es razón para la parálisis: hay muchas cosas que se pueden cambiar ya y que pueden mejorar vidas desde hoy (esta es mi lista no exhaustiva). Desgraciadamente, eso es lo que no se discutió en Cartagena: no hubo el paso del pronunciamiento genérico a la propuesta concreta.

Por buscar discutir la condición legal de las drogas, se desperdició un foro para hablar de como se distribuyen y se compensan los costos de la prohibición, y de como mitigar algunas de las peores consecuencias del régimen vigente. Tal vez no se hubiera llegado a nada, pero al menos hubiera puesto la discusión en un carril donde es posible alcanzar acuerdos pragmáticos en un futuro próximo y no camino a un debate de café sobre visiones morales incompatibles. Algunos estarán contentos con el gesto simbólico de hablar de legalización en una cumbre de mandatarios, frente al prohibicionista en jefe (el presidente de Estados Unidos). Yo no: ni los gestos ni los símbolos paran las balas o detienen los gatillos.

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