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Plata o Plomo
Por Alejandro Hope
Alejandro Hope es un investigador obsesionado con las drogas, el delito y varios puntos intermedi... Alejandro Hope es un investigador obsesionado con las drogas, el delito y varios puntos intermedios. No es legalizador, pero tampoco prohibicionista. Cree en racionar el castigo, pero no se le ocurre que la inseguridad se arregla nada más con escuelas y hospitales. Cuando no bloguea, dirige el Proyecto MC2 (Menos Crimen, Menos Castigo\\\", iniciativa conjunta en materia de seguridad pública del IMCO y MéxicoEvalúa. Síguelo en @ahope71 (Leer más)
Cocaína regalada
Por Alejandro Hope
14 de junio, 2012
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Ricardo Salinas Pliego, exitoso empresario y dueño de muchas cosas (TV Azteca, Grupo Elektra, etc.), lanzó ayer una audaz propuesta para acabar con el narcotráfico. En una entrevista con un medio colombiano, afirmó que “la guerra contra las drogas es un tiempo perdido miserablemente. No hay ningún avance: ni ha bajado el consumo ni se han acabado los capos. Es un fraude esto”. Como alternativa, propuso “”regalarla (la cocaína) en los centros de salud por el Gobierno para que veamos que esto es un problema de salud pública y no de criminalidad”, ya que eso “sería el acabose para el narcotráfico porque ya no podrían vender estupefacientes”.

Don Ricardo Salinas está absolutamente en lo correcto sobre los efectos de la medida: sin duda, si la cocaína fuera regalada, no habría tráfico de cocaína (asumiendo, por supuesto, que la propuesta fuera adoptada internacionalmente. Si no, habría tráfico de donde se regala a donde se vende). Pero creo que en la implementación, podría haber algunos problemas.

Primero, ¿a quién se le regalaría? ¿A todo el que quisiera? ¿En las cantidades que quisiera? De ser el caso, eso equivaldría a bajar el precio a cero y, a precio cero, la demanda es potencialmente infinita (vean la diferencia entre las calles donde hay parquímetros y las calles donde no hay parquímetros para una ilustración gráfica de lo que significa el precio cero). Desaparecería el mercado negro, pero aumentaría el consumo ¿Cuanto? No sabemos porque no tenemos una buena estimación de la elasticidad-precio, pero mucho o muchísimo no son escenarios descabellados. Piensen en un producto con demanda inelástica como la gasolina ¿Cuanto suponen que aumentaría su consumo si la regalaran? ¿No creen que cambiaría un poco las decisiones sobre que coche comprar y donde vivir? (Nota: no es casual que Venezuela, donde la gasolina es casi regalada, fuera un mercado excepcional para las Hummer).

Segundo, tal vez se quisieran establecer algunas restricciones para limitar el incremento del consumo. No se le regalaría cocaína a todos: sólo a los “adictos”, en cantidades limitadas y consumida in situ (para evitar que salgan de la clínica y la revendan a quien no tenga acceso). Muy bien: así es, más o menos, como funcionan los programas de manteninimiento de heroína en Suiza, Holanda y algunos otros países europeos (en muy pequeña escala, valga la aclaración).

Sin embargo, esa alternativa obliga a responder una pregunta nada sencilla: ¿quiénes son los adictos? Desgraciadamente, no vienen con código de barras (a la fecha, en el principal manual de diagnóstico psiquiátrico,el llamado DSM IV, el término “adicción” ni siquiera está definido como tal, aunque eso podría cambiar el año que entra, cuando se publique el DSM V). Se tendría por tanto que definir algún criterio arbitrario para determinar quien tiene acceso (¿si alguien consume cinco veces en un mes, ya se le considera “adicto”? ¿O tienen que ser diez? ¿O no importaría la cantidad y se utilizaría otro criterio sobre patrones de uso?)  y que límites cuantitativos se establecen (¿tendría acceso a medio gramo diario? ¿Un gramo? ¿Dos gramos?). Si los criterios fueran muy laxos, estaríamos de regreso en el escenario previo, con cocaína a precio (casi) cero y disponibilidad (casi) universal. Si fueran muy restrictivos, se limitaría el incremento del consumo, pero se mantendría vivo un mercado negro de muy buen tamaño.

Existe probablemente un nivel de acceso medio donde se tenga una combinación socialmente óptima de consumo y mercado negro, pero no tengo ni idea de donde se encuentre. Con dos dificultades adicionales: 1) es posible que el comportamiento del consumo sea no lineal. Es decir, la eliminación de las primeras restricciones al acceso probablemente no generen mucho incremento, pero tal vez haya un “tipping point” no obvio a partir del cual el problema se vaya hasta el techo; y, 2) si no le atinas a la primera, el ajuste puede ser complicadón: si crece mucho el número de consumidores dependientes, ya no se les puede cerrar el acceso sin ampliar tremendamente el tamaño y los problemas asociados del mercado negro.

Tercero, las características farmacológicas de la cocaína, y en particular del crack, hace muy difícil el establecimiento de programas de mantenimiento como los que existen para la heroína. Es un tema complicado, pero más o menos se reduce a lo siguiente: el consumo de heroína le produce a un usuario dependiente una sensación de saciedad, mientras que el consumo de cocaína (y sobre todo de crack) genera una sensación similar a cuando se nos abre el apetito: se quiere más y más. Eso tiende a hacer muy descontrolado el consumo de algunos usuarios y hace muy difícil establecer cuotas cuantitativas. Y eso no lo digo sólo yo, malvado prohibicionista (que no lo soy, pero bueno). Lo dice la Transform Drug Policy Foundation, una de las principales organizaciones británicas en favor de la regulación/legalización de las drogas. Cito a la letra de uno de sus documentos: “Aunque incluso los consumidores más caóticos de heroína responderán a prescripciones normales que satisfagan sus necesidades, los usuarios de crack a menudo se desbocarán en un consumo frecuente e incontrolable. Aunque los consumidores de heroína pueden aceptar prescripciones con sustitutos como la metadona, no existen tales alternativas para el crack.” (Y no se preocupen: donde hay cocaína disponible, hay crack. Lo único que se requiere para producirlo es, además de cocaína, una estufa y un poco de polvo de hornear. Eso también lo dice Transform).

Esos problemas no demeritan por sí mismos la propuesta del señor Salinas ni otras similares. Simple y sencillamente, busco señalar un dilema básico de la política de drogas: hay un trade-off entre el nivel de consumo y el tamaño del mercado negro. Cuando hay pocas restricciones a la producción, el intercambio y el uso, hay alta disponibilidad y bajo precio, con lo cual el mercado negro y sus consecuencias negativas son menores, pero tiende a haber más consumo. Cuando hay muchas restricciones, hay baja disponibilidad y precios altos, con lo cual hay menos consumo, pero el mercado negro y sus muchas patologías son de gran escala.

Ahora, es perfectamente válido y legítimo estar a favor de la reducción del mercado negro y todos los problemas asociados, aún si eso implica un crecimiento importante del consumo. Otros opinarán lo contrario (que se debe tolerar la violencia, corrupción y desorden de los mercados ilegales, a cambio de contener el consumo). Muchos más (yo entre ellos) estarán en algún punto intermedio. Esa divergencia se tendrá que resolver en un proceso de deliberación democrática,

Lo que si no debemos de olvidar todos los que participamos en este debate es que no hay varitas mágicas ni almuerzos gratuitos. Cualquier alternativa que elijamos acarrea costos, algunos muy serios. Ya lo he dicho antes, pero lo vuelvo decir: en política de drogas, sólo se escoge entre males ¿Cuál es el mal menos malo? Pues no sé, pero sí estoy seguro de que la respuesta no es ni fácil ni obvia.

PD: cada vez que escribo de estos temas, alguien saca el asunto de la regulación del tabaco ¿No demuestra la experiencia reciente con el tabaco que con impuestos y regulaciones, sin prohibir ni uso ni producción ni comercio, se puede reducir el nivel de consumo? Sin duda, pero hay que recordar de donde venimos en materia de tabaco: hace 20 años, los cigarros gozaban de gran tolerancia regulatoria y bajos precios (no sé ustedes, pero yo llegué a fumar legalmente en un avión). Con el paso de los años, fue disminuyendo la tolerancia y fueron aumentando los precios (por el efecto de mayores impuestos). El resultado ha sido precisamente el esperable: menor consumo y mayor mercado negro. Con las drogas que hoy son ilegales, estamos en la esquina contraria: baja tolerancia y altos precios. En cualquier alternativa de legalización/regulación, aumentaría la tolerancia y se reducirían los precios (si no, no serviría de nada). Luego entonces, se reduciría el mercado negro y crecería el consumo ¿Cuanto de cada uno? Quien sabe: depende de los detalles. Pero no hay duda sobre la dirección del efecto.

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