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Plata o Plomo
Por Alejandro Hope
Alejandro Hope es un investigador obsesionado con las drogas, el delito y varios puntos intermedi... Alejandro Hope es un investigador obsesionado con las drogas, el delito y varios puntos intermedios. No es legalizador, pero tampoco prohibicionista. Cree en racionar el castigo, pero no se le ocurre que la inseguridad se arregla nada más con escuelas y hospitales. Cuando no bloguea, dirige el Proyecto MC2 (Menos Crimen, Menos Castigo\\\", iniciativa conjunta en materia de seguridad pública del IMCO y MéxicoEvalúa. Síguelo en @ahope71 (Leer más)
Crimen y castigo en 2040 (II)
Por Alejandro Hope
23 de noviembre, 2011
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El viernes les comentaba sobre el futuro lejano del crimen. La entrada delineaba algunas tendencias que permiten sentirse razonablemente optimista sobre la seguridad pública en décadas venideras. Me falto, sin embargo, comentarles una, fundamental a todas luces: el cambio inevitable en la forma de prevenir el crimen y aplicar el castigo

Empecemos con las policías. Por efecto espejo, las tecnologías que le harán más difícil la vida a los delincuentes se la facilitarán a los policías. La geolocalización de las cosas, la rastreabilidad de las transacciones, el acceso a datos biométricos y la multiplicación de la videovigilancia (pública y privada) incrementará exponencialmente la información a disposición de los cuerpos policiales. Sumado a capacidades crecientes de minería y explotación de datos, va a ser posible determinar con un grado de confianza bastante elevado donde y a que hora va a ocurrir el siguiente delito (y con algo menos de precisión, hasta la identidad posible de los infractores) . De hecho, algunos departamentos de policía en Estados Unidos experimentan ya (y con buen éxito) con diversas técnicas predictivas.

Si a algunos de ustedes, es futuro les parece distópico, casi sacado de una novela de Philip K. Dick, piensen lo que implica: una policía más inteligente es una policía más pequeña, la cual puede extraer más jugo disuasivo con menos números, con menos presencia fisíca, con menos intrusión directa y abierta en la vida cotidiana de la inmensa mayoría de las personas.

Es también una policía que va a tener que reorientar recursos hacia el principal escenario de la actividad criminal del futuro: el ciberespacio. Va a ser una policía compuesta en buena medida por ingenieros de sistemas, programadores avanzados, hackers, jammers, actuarios y analistas financieros, para ser capaz de monitorear millones de terabits de datos, de patrullar carreteras inmensas de información, de montar operaciones encubiertas en mundos virtuales y de prevenir ciberataques provenientes del otro lado del planeta.

Una evolución similar previsiblemente espera al sistema de justicia penal. La sofisticación creciente de métodos de identificación genética, el crecimiento de bases de datos con información biométrica y la multiplicación de material audiovisual descentralizado (celulares, sistemas privados de vigilancia, etc.) puede facilitar la impartición de justicia y prevenir muchos errores judiciales.

Sin embargo, esa evolución va requerir una transformación radical de la impartición de justicia: vamos a necesitar fiscales capaces de procesar toneladas de información compleja y de jueces capaces de interpretarla (lo siento, señores abogados del futuro: van a tener que aprender matemáticas). Se va a necesitar también una reingeniería a fondo de las reglas de evidencia para incorporar una multiplicidad de pruebas no físicas y de mecanismos para extraerlas (vean este libro para una discusión más a detalle).  Los códigos penales van a pasar por un rediseño radical para incluir decenas de tipos penales que hoy ni imaginamos, para ensanchar la definición de derechos, para protoger formas de propiedad que no son más que unos cuantos bits. Y también, los jueces y tribunales van a tener que ser mucho más agresivos para servir de contrapeso y de control de una policía que va a ver y saber mucho más que hoy.

El sistema penitenciario será tal vez donde se observen los mayores cambios. Conforme avance la tecnología de geolocalización y monitoreo a distancia, va ser posible tener cárceles extramuros: se va a poder controlar a la mayor parte de la población sujeta a supervisión judicial en las calles, limitando el uso de las prisiones a casos de alta peligrosidad. Ello implica que se va a poder ampliar el repertorio del castigo: en vez de encerrar a lo imbécil, va a ser posible ponerle a los sentenciados diversos tipos de restricciones a su libertad de movimiento sin tener que pagarles la manutención. La cárcel se limitaría a los casos de mayor peligrosidad. Eso implica varias cosas, pero una es fundamental:  la orientación del sistema penitenciario se va a mover de la administración de espacios físicos al control y monitoreo de poblaciones dispersas.

En resumen, creo que nos movemos hacia un sistema menos punitivo, pero más disuasivo y más eficaz. Eso es bueno sin duda, pero abre también una discusión complicada ¿Hasta donde queremos que vean esas policías más inteligentes? ¿Qué límites ponemos para evitar que las herramientas dirigidas contra los delincuentes se volteen contra los ciudadanos comunes y corrientes?¿Cómo conciliamos seguridad y libertad? Esas preguntas, nótese, no son sólo para el futuro lejano: en muchos sentidos, son pertinentes desde hoy. Pero en un mundo con toneladas de información estructurada, con la posibilidad de ver y oir a miles de kilómetros de distancia, con capacidades intrusivas inimaginables, se van a volver cruciales.

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