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Plata o Plomo
Por Alejandro Hope
Alejandro Hope es un investigador obsesionado con las drogas, el delito y varios puntos intermedi... Alejandro Hope es un investigador obsesionado con las drogas, el delito y varios puntos intermedios. No es legalizador, pero tampoco prohibicionista. Cree en racionar el castigo, pero no se le ocurre que la inseguridad se arregla nada más con escuelas y hospitales. Cuando no bloguea, dirige el Proyecto MC2 (Menos Crimen, Menos Castigo\\\", iniciativa conjunta en materia de seguridad pública del IMCO y MéxicoEvalúa. Síguelo en @ahope71 (Leer más)
¿Cuántos policías necesitamos?
Por Alejandro Hope
13 de noviembre, 2011
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Hace no muchos años, era habitual escuchar que México debía incrementar su gasto educativo hasta alcanzar una cifra equivalente a ocho por ciento del PIB ¿Por qué ocho y no cinco, siete, catorce o veintidos? Porque esa era “una recomendación de la UNESCO” ¿Y como llegó la UNESCO a ese número? Misterio absoluto: según he podido averiguar, la cifra apareció por primera vez en la declaración final de una conferencia ministerial celebrada en 1979 y, hasta donde yo sé, en ningún lugar de ese u otros documentos se explicitó jamás el razonamiento para llegar al objetivo ¿Pero qué más da? Si lo dice la UNESCO, debe de ser correcto, ¿no? (Marco Provencio escribió hace alguno años una crítica demoledora al número, pero no encuentro la referencia).

Esto de los números mágicos viene a cuento porque, de un tiempo para acá, se ha vuelto común, al hablar de reforma policial, afirmar que se necesitan cuando menos 2.86 policías por cada mil habitantes ¿De dónde salió tan preciso número? Es una recomendación de la ONU, se nos informa. La cifra ha adquirido tal legitimidad que, por ejemplo, el estado de Nuevo León la ha adoptado como objetivo para su policía estatal. Hay, sin embargo, un par de problemas: 1) no existe tal recomendación o parámetro de la ONU, y, 2) si existiese, sería una imbecilidad suprema.

Primero lo primero. Salvo que alguien me corrija, la Oficina de Naciones Unidas para las Drogas y el Delito (UNODC por sus siglas en inglés y la agencia de la ONU que se encarga de estos temas) jamás ha emitido una recomendación formal o fijado un parámetro sobre el tamaño óptimo o mínimo de las fuerzas policiales de un país. Simplemente, ha reportado resultados de encuestas anuales sobre tendencias delictivas y operación de los sistemas de justicia penal, respondidas por los gobiernos de algunos países miembros de la organización. Entre 2003 y 2006, la mediana de la tasa de policías por 100,000 habitantes entre los países que contestaron la encuesta fue cercana a 300 (lo que equivale a 3 por cada mil y supongo que de allí viene el 2.86, aunque no podría afirmarlo). En 2007 y 2008, la mediana bajó a algo menos de 250 por cada 100 mil, pero eso se debe a que disminuyó el número de países que reportaron datos. Eso significa que la mitad de los países tuvo una tasa superior a ese número y la mitad estuvo por debajo.

Pero, como pueden observar en la tabla que incluyo (la copié directamente de UNODC, pero le agregué el promedio y la mediana), la variación es gigantesca (notarán también que el dato para México está equivocado, ya que a algún genio del gobierno o de UNODC se le ocurrió incluir sólo a la Policía Federal). Hungría, por ejemplo, tiene menos de un policía por 1000 habitantes y en cambio, las islas Mauricio tienen más de nueve. Aún entre países relativamente similares, hay diferencias notorias: en Bélgica, hay 3.6 policías por cada mil habitantes; en Holanda, apenas 2.2. En el Reino Unido, la tasa en Irlanda del Norte es dos veces superior a la tasa en Inglaterra y Gales.

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La conclusión es obvia: el número óptimo de policías no es una constante universal. Depende en primer lugar del contexto geográfico y demográfico: el estado de Chihuahua y la zona  metropolitana de Monterrey tienen aproximadamente la misma población, pero la diferencia en superficie es de 40 a uno. Previsiblemente se requieren más policías por mil habitantes en el primer caso que en el segundo (es más facil mover personal de Apodaca a Guadalupe que de la zona tarahumara a Ciudad Juárez). Depende también de las condiciones de seguridad existentes: Mérida y Culiacán tienen más o menos la misma población, pero a nadie se le ocurriría sugerir que requieren la misma cantidad de policías. Importa también la calidad y la reputación de la policía: mientras mejor sea, previsiblemente se requerirán menos elementos para tener el mismo efecto disuasivo. Igualmente decisivos son los objetivos que se persigan: la policía no sólo está para detener delincuentes, también mantiene el orden y provee servicios diversos (v.gr., sacar borrachos molestos de bares, orientar a turistas o bajar gatitos del árbol). Y depende de los valores de una sociedad específica, de su aprecio relativo por la libertad y la seguridad.

Hay, por supuesto, mínimos. La ausencia total de policía está asociada a niveles importantes de inseguridad (si pueden vean este fascinante relato sobre lo que ocurrió con los índices delictivos en Dinamarca luego de que, como consecuencia de la invasión alemana en 1940, desapareció la policía danesa. No encontré acceso abierto, pero lo pueden encontrar en bibliotecas). Y si la policía alcanza un tamaño enorme, el delito puede irse a cero o casi (no creo que la delincuencia común sea el mayor de los problemas en Corea del Norte). Pero las sociedades más o menos libres y funcionales están en algún punto intermedio y es allí donde se complica la cosa.

Hay muchas complicaciones para determinar el tamaño ideal de la policía, pero una de las principales es lo que se conoce como el problema de la simultaneidad. Es muy difícil medir que efectos tiene una mayor presencia policial sobre los índices delictivos, porque donde hay más delito tiende a haber también más policía: eso mete ruido al medir el impacto relativo. Se requiere por tanto encontrar espacios y momentos donde haya un incremento de la presencia policial no asociado a un aumento del delito: Steven Levitt (el de Freakonomics) lo hizo utilizando el ciclo electoral (en años electorales, los alcaldes contrataban más policías) y Alex Tabarrok (uno de los blogueros de Marginal Revolution) optó por usar cambios en el semáforo de alerta terrorista en Washington, DC (cuando el semáforo cambiaba de amarillo a naranja, salían más policías locales a la calle).

Los resultados son más o menos consistentes: a más policías, menos delitos (según un par de estudios, por cada 10% de incremento de presencia policial, la incidencia de delitos violentos cae 10%) ¿Eso significa que hay que incrementar el número de policías hasta llevar a cero el delito? Por supuesto que no: llega un punto donde el costo de tener más policías (tanto en términos presupuestales como de libertades públicas) es mayor al beneficio obtenido por una reducción del delito (aún del delito violento).

¿Y como se determina ese punto? Con ensayo y error, pero, sobre todo, con evaluaciones sistemáticas de lo que la policía hace y como lo hace.  Hay muchas ganancias posibles si se mejora en el margen la calidad de los cuerpos policiales o, aún, con meros cambios de tácticas. Pero para descubrirlas se requiere un tanto de datos, un poco de método y un algo de ciencia.

En resumen, necesitamos una discusión más sofisticada sobre seguridad pública. Un buen primer paso sería dejar de usar a ciegas cifras mitológicas que apelan a un extraño principio de autoridad (“es que lo dice la ONU”). Lo siento, pero no hay recetas universales que nos eviten la molestia de pensar por cuenta propia.

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