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Plata o Plomo
Por Alejandro Hope
Alejandro Hope es un investigador obsesionado con las drogas, el delito y varios puntos intermedi... Alejandro Hope es un investigador obsesionado con las drogas, el delito y varios puntos intermedios. No es legalizador, pero tampoco prohibicionista. Cree en racionar el castigo, pero no se le ocurre que la inseguridad se arregla nada más con escuelas y hospitales. Cuando no bloguea, dirige el Proyecto MC2 (Menos Crimen, Menos Castigo\\\", iniciativa conjunta en materia de seguridad pública del IMCO y MéxicoEvalúa. Síguelo en @ahope71 (Leer más)
Cuatro razones para proteger a Sabritas
Por Alejandro Hope
29 de mayo, 2012
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El pasado fin de semana, en los estados de Michoacán y Guanajuato, fueron incendiados cinco bodegas y 42 vehículos de Sabritas, filial de la multinacional Pepsico. Según las declaraciones de unos individuos detenidos, el ataque fue resultado de un intento de extorsión de los Caballeros Templarios en contra de la empresa. Sabritas, por su parte, ha negado que algún grupo criminal haya intentado extorsionarla.

No quiero prejuzgar que hay detrás de esta cadena de incendios. Pero si esto fue una tentativa de extorsión (o de intimidación, para luego extorsionar, o una represalia por sabrá Dios que motivo), estaríamos ante un caso de primerísima importancia. Todos los casos de extorsión o intimidación a empresas son serios y ameritan que las autoridades investiguen a profundidad. Pero este debería de recibir un tratamiento excepcional por al menos cuatro razones:

  1. Efectos económicos: una agresión en contra de una empresa multinacional le da la vuelta al mundo. No es que no sean graves los ataques en contra de empresas locales, pero no tienen la misma reverberancia internacional.  Eventos como los del fin de semana pueden tener efectos demoledores para la imagen del país y su capacidad para atraer talento e inversión. Un intento de extorsión en contra de una empresa multinacional debería de ser considerado como un atentado directo en contra de la economía del país.
  2. Escala del crimen organizado: en diferentes momentos, he argumentado que la delincuencia organizada en México no tiene la escala ni los ingresos que a menudo se le atribuyen. Lo he dicho y lo sostengo. Sin embargo, si se les permite que extorsionen a algunas de las principales empresas del país, pueden adquirir un tamaño descomunal y convertirse, allí sí, en una amenaza severa para la integridad, estabilidad y permanencia del Estado mexicano. Un ataque en contra de una empresa como Sabritas debe ser vista como un asunto de seguridad nacional.
  3. Mensaje de impunidad: si unos bandidos de quinta se sienten autorizados a extorsionar a una de las principales empresas del país, sin temor a una reacción excepcional del Estado, probablemente se sientan con derecho a hacer cualquier otra cosa (robar, secuestrar, matar, etc.). Se me ocurren pocas cosas que manden semejante mensaje de impunidad.
  4. Costos fijos: si la delincuencia organizada no logra extorsionar a empresas grandes, es posible que dejen en paz a muchos negocios pequeños. Por una razón muy sencilla: es probable que lo que puedan extraer de changarros no sea suficiente para cubrir el costo de las horas-sicario requeridas para el cobro de piso. En cambio, con una extorsión exitosa a una empresa grande, pueden cubrir todos sus costos fijos (nómina, sobornos, armas, renta de casas de seguridad, etc.) en una región o hasta en un estado. A partir de allí, todo lo demás es ganancia y no hay negocio suficientemente chico para no ser blanco de extorsión.

Muy bien, ¿cómo proteger entonces a Sabritas (y empresas similares)? En primer lugar, hay que hacer lo que aparentemente ya se está empezando a  hacer en este caso: detener y procesar a todos los implicados en el ataque. Es necesario mandar el mensaje de que, en este tipo de incidentes, no va a haber impunidad para los perpetradores directos. En segundo lugar, se requieren medidas de disuasión táctica: apretar los sistemas de seguridad interna, reforzar controles de acceso a instalaciones, meter vigilancia adicional en centros de distribución y rutas particularmente expuestos, etc. Con alta probabilidad, la empresa y otras similares ya están en eso (aunque luego se acabe desmintiendo la hipótesis de la extorsión) y han de estar recibiendo apoyo de las autoridades (reforzando patrullajes, escoltando convoys, protegiendo a funcionarios de la empresa, etc.).

Esas acciones son necesarias, pero insuficientes. Creo que ya debería de quedarnos claro que meter a la cárcel a autores materiales de delitos específicos no tiene efectos disuasivos suficientes sobre los grupos a los que pertenecen (en muchos casos, esos individuos son absolutamente dispensables). La disuasión táctica puede ser muy útil, pero, en empresas con amplísimas redes de distribución, es difícil cubrir todos los flancos vulnerables. Se requiere por tanto pasar al plano estratégico.

Los principios de una respuesta estratégica serían similares a los de mi propuesta anti-masacres: pintar una raya en la arena y dar una respuesta excepcional al grupo que la rebase, en todos sus puntos de vulnerabilidad. En concreto, la estrategia podría funcionar de la siguiente manera:

  1. Se seleccionaría un subconjunto pequeño de empresas (¿Las 200 empresas más grandes de la lista de Expansión? ) (¿Las 100 principales empresas de la AmCham?)
  2. La lista de empresas intocables se comunicaría (por vía discreta) a los grupos criminales relevantes.
  3. Ante cualquier intento de extorsión o intimidación en contra de cualquier empresa de la lista, se respondería con acciones que redujeran temporal, pero significativamente, los flujos de ingreso y las capacidades operativas del grupo agresor (ver aquí ejemplos)
  4. La lista se iría ampliando gradualmente conforme pasaran periodos de tiempo sin incidentes.

Como en el caso de las masacres, es válida la objeción de un posible engaño (un grupo extorsionando a una empresa de la lista para incriminar a un grupo rival) y se aplican algunos de los mismos contraargumentos: a) se trataría de un número limitado de empresas e incidentes, lo cual reduciría la posibilidad de error; b) se podrían dedicar en paralelo recursos excepcionales de investigación para no equivocar la atribución organizacional; c) en este caso, se podría potencialmente contar con más elementos materiales para identificar correctamente al grupo agresor (grabaciones, fotos o videos del intento de extorsión, etc.); y d) el grupo incriminado se volvería una fuente valiosísima de información. Asimismo, habría que tener cuidado con los llamados “fakers” (individuos que, sin serlo, se hacen pasar por miembros de una banda de la delincuencia organizada), pero ese parece ser un problema que afecta más a las familias y a los pequeños negocios que a las empresas grandes.

Que quede claro: esto no erradicaría, ni mucho menos, todas las formas de extorsión. Para ello, se requieren otro tipo de estrategias: por ejemplo, se podría replicar la experiencia exitosa de la zona PRONAF en Ciudad Juárez o se podrían aplicar algunas de estas ideas. Esta propuesta simplemente tendería un manto protector sobre algunas de las principales empresas del país. Lo sé: todos los mexicanos nos merecemos protección. Pero supongo que todos reconocemos el valor colectivo de garantizar la seguridad del Presidente de la República, por ejemplo. Algo similar ocurre en este caso: se debe proteger a Sabritas no por ser Sabritas, sino porque si una empresa de ese tamaño puede ser amenazada impunemente por la delincuencia organizada, más vale que Dios nos agarre confesados.

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