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Plata o Plomo
Por Alejandro Hope
Alejandro Hope es un investigador obsesionado con las drogas, el delito y varios puntos intermedi... Alejandro Hope es un investigador obsesionado con las drogas, el delito y varios puntos intermedios. No es legalizador, pero tampoco prohibicionista. Cree en racionar el castigo, pero no se le ocurre que la inseguridad se arregla nada más con escuelas y hospitales. Cuando no bloguea, dirige el Proyecto MC2 (Menos Crimen, Menos Castigo\\\", iniciativa conjunta en materia de seguridad pública del IMCO y MéxicoEvalúa. Síguelo en @ahope71 (Leer más)
Delincuentes desinformados
Por Alejandro Hope
1 de diciembre, 2011
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La impunidad es uno de los temas recurrentes de la discusión sobre seguridad pública en México. Y sí, a primera vista, es un fenómeno gigantesco: más o menos, 99 por ciento de los delitos no se castigan. Pero ese dato es medio engañoso: incluye todas las formas de robo y fraude que prácticamente nunca se castigan en ningún lugar del mundo  (nota al calce: la tasa de impunidad en Estados Unidos es de 90% y para los países europeos es un número similar, pero eso será motivo de otra entrada).

En algunos delitos, la probabilidad de castigo es considerablemente mayor. Por ejemplo, según datos de México Evalúa, la impunidad en materia de homicidio es de 80%. Es una tasa alta, sin duda (en Estados Unidos, la tasa comparable es 36%), pero significa que en uno de cada cinco homicidios, alguien va a la cárcel. Es muy probable que ese número esconda un buen número de errores judiciales (todos vimos o nos enteramos de Presunto Culpable). Para fines del argumento, vamos a suponer que sólo la mitad de los procesados por homicidio sean efectivamente responsables del delito que se les imputa. Un asesino tendría entonces 10 por ciento de probabilidad de pasar una larga temporada en el fresco bote.

Pero ese no es el único riesgo que enfrentan los homicidas. Si pertenecen a o fueron contratados por una banda de la delincuencia organizada, pueden ser capturados, torturados salvajemente y asesinados por una banda rival. Pueden también morir en un enfrentamiento con la autoridad. Siendo conservadores, ubiquemos esos riesgos en 5 por ciento (cada año, uno de cada veinte acaba muerto por los rivales o por las autoridades).

Sumado, más o menos tenemos que un homicida vinculado a la delincuencia organizada tiene, por lo menos, una en seís de que le pase algo horrible en un año. Dicho de otra manera, el compañero sicario está jugando a la ruleta rusa. No sé ustedes, pero yo exigiría un premio considerable, en los cientos de miles o hasta un millón de dólares, para jugarme la vida con esos momios ¿Cúanto exigen los sicarios por tamaño riesgo? Pues en Ciudad Juárez, la tarifa para contratar a un sicario arranca en quinientos pesos y en algunos casos, llega hasta ocho mil.

Por miserables que sean sus alternativas, esos señores no están cubriendo su riesgo. Asumiendo que su única opción fuera tener un trabajo informal precario, con ingresos de apenas un salario mínimo, pero con probabilidades razonablemente altas de evitar una muerte prematura, los señores sicarios tendrían que estar exigiendo considerablemente más para compensar los riesgos propios de la profesión. No los aburro con el cálculo, pero no deberían de salir por menos de 15 mil pesos al mes.

¿Y por qué lo hacen entonces, por qué están dispuestos a correr riesgos monumentales a cambio de un sueldo de miseria? No hay una respuesta única, pero aquí les van algunas posibilidades:

  • El homicidio genera algún tipo de compensación intangible, una prestación sicológica, mezcla de adrenalina y sensación de poder, que suplementa lo que le paguen en efectivo al asesino.
  • Ya sea por una naturaleza particularmente impulsiva o porque andan intoxicados con alguna sustancia (alcohol o drogas) o por alguna otra razón, el futuro le vale gorro a los homicidas a sueldo.
  • Hay un efecto lotería: los sicarios saben que les están pagando muy poquito, pero tienen la esperanza (así sea remota) de convertirse en el siguiente Chapo Guzmán. Ese efecto fue documentado a detalle por Sudhir Venkatesh y Steven Levitt en un análisis de una pandilla en Chicago.
  • Están mal informados y subestiman severamente los riesgos en los que incurren.

Esta última posibilidad me resulta particularmente interesante. Como lo ha demostrado la psicología social, los humanos somos bastante malos para calibrar los riesgos: a veces tendemos a sobreestimarlos severamente (por ejemplo, el riesgo de viajar en avión) y a veces los subestimamos bestialmente (el riesgo de viajar en automóvil). Ese fenómeno es particularmente notorio en los mercados financieros, donde la inadecuada medición del riesgo ha sido una de las causas primarias de múltiples crisis (incluída la de 2008).

A ese rasgo humano hay que añadirle insuficiencias de información: estoy convencido de que la gigantesca mayoría de la población no tiene ni idea de cual es la sanción por un homicidio (o un secuestro o una extorsión o un robo de auto) ni, mucho menos, cual es la probabilidad de ser procesado. Y puesto a apostar, yo supondría que el sesgo tira hacia abajo, aún entre delincuentes que ya han pasado una temporada en la prisión (hay diversos estudios con población carcelaria que apuntan en esa dirección). Al fin y al cabo, ¿no escuchan todo el día y de todas las fuentes que la impunidad es total? Dentro del círculo de un grupo criminal, es posible además que la desinformación se refuerce porque nadie se atreve a expresar miedo (por temor a ser tildado de cobarde), aún si todos, de algún modo, lo sienten.

Esto es importante porque en materia de disuasión, lo que cuenta no es el riesgo objetivo, sino el riesgo que percibe subjetivamente el delincuente potencial. Esa es una de las razones por las que el incremento de la severidad de las sanciones no sirven por lo regular: los delincuentes ni se enteran. Y es también el motivo por el que una probabilidad relativamente elevada de castigo no tiene los efectos esperados: los delincuentes juegan a la ruleta rusa porque no saben que juegan a la ruleta rusa y creen más bien que están jugando a la loteria.

¿Y si les informáramos entonces de los riesgos objetivos? ¿Que pasaría si hiciéramos una campaña de comunicación dirigida a asesinos actuales y potenciales? Antes de que se mueran de la risa, les comparto que hay múltiples estudios que demuestran los efectos disuasivos, para ciertos delitos en ciertos lugares, de campañas de comunicación bien dirigidas y bien instrumentadas (sí, se pueden prevenir algunos delitos con cartelones. A ustedes les sucede todos los días ¿O me dirán que no los disuade ni tantito un letrero que diga “No estacionarse. Se ponchan llantas”?). El éxito de las estrategias de disuasión focalizada para prevenir homicidios se basan precisamente en la comunicación directa, reiterada y consistente de una amenaza creíble a los grupos de homicidas potenciales.

¿Qué les comunicamos entonces? No la severidad del castigo potencial: si efectivamente no les importa el futuro, les va a valer gorro enterarse de que pueden pasar 60 años en la cárcel. Más bien hay que comunicar la probabilidad de que algo terrible les suceda, algo así como “hemos agarrado a 5000 asesinos en el último año ¿Quieres ser el próximo?” o bien, “si sigues en la delincuencia, vas a morir en menos de dos años. No mates, no mueras”. Para probar el mensaje, se podrían realizar encuestas y grupos de enfoque en la prisión, por ejemplo.

Muy bien, ¿y como lo comunicamos? Por la vía más directa que se pueda, en las prisiones, por ejemplo, o visitando a las familias de delincuentes probados (a la manera de este programa en San Luis, Missouri), o por la vía de las iglesias (así sea la de la Santa Muerte) o por cualquier otro canal que llegue sin demasiados intermediarios a los delincuentes ¿Y cuando se debe hacer? Idealmente, en paralelo a alguna iniciativa  que establezca con claridad las prioridades del gobierno, algo como esto.

Por supuesto, puede fracasar una estrategia de este tipo, al igual que cualquier otro esfuerzo de comunicación. Conocemos mal las motivaciones de los delincuentes y por tanto, no sabemos bien a bien que botones sicológicos debemos empujar. Pero si funciona, le pegamos al premio gordo: sin disparar un tiro, sin movilizar un policía, sin construir una celda ni procesar a un inculpado, con sólo proveer información pertinente a las personas adecuadas, podemos prevenir un mundanal de crimenes. Levante la mano al que se le ocurra una estrategia más costo-efectiva.

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