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Plata o Plomo
Por Alejandro Hope
Alejandro Hope es un investigador obsesionado con las drogas, el delito y varios puntos intermedi... Alejandro Hope es un investigador obsesionado con las drogas, el delito y varios puntos intermedios. No es legalizador, pero tampoco prohibicionista. Cree en racionar el castigo, pero no se le ocurre que la inseguridad se arregla nada más con escuelas y hospitales. Cuando no bloguea, dirige el Proyecto MC2 (Menos Crimen, Menos Castigo\\\", iniciativa conjunta en materia de seguridad pública del IMCO y MéxicoEvalúa. Síguelo en @ahope71 (Leer más)
El paraguas nuclear de la DEA
Por Alejandro Hope
5 de febrero, 2012
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En la madrugada del sábado, una punta de malnacidos entró a un bar de la ciudad de Chihuahua y rafagueó con cuernos de chivo a los parroquianos . Murieron en el acto nueve personas, entre ellas cinco integrantes de un grupo musical y una mujer embarazada. No sé por cuantos iban, pero no hay duda de que no les importaba a cuantos se llevaban.

¿Por qué hicieron eso? ¿Por qué la violencia indiscriminada? Por dos razones: 1) matar sin mirar a quien es rápido (todo el incidente tomo menos de un minuto), y 2) no genera costos adicionales (los asesinos enfrentan el mismo riego de captura o represalia que si hubieran matado a una sola persona).

Para todo el que haya tomado un curso básico de economía, la solución para prevenir este tipo de acto debería de resultar obvia: es necesario aumentar el costo del homicidio marginal. Es decir, se requiere graduar la respuesta de la autoridad: a partir de un número específico de víctimas (el que quieran), la persecución en contra de los asesinos debería de intensificarse. Si los delincuentes saben donde está la raya, evitarían actos de violencia indiscriminada por temor a pasarse de la cuota. Ya he explicado esto a más detalle en varias ocasiones.

Ahora, gente muy, muy seria dice que eso no se puede hacer porque: 1) los delincuentes son unos psicópatas que no responden a incentivos, y/ó, 2) las autoridades mexicanas son tan incompetentes que jamás podrían emitir una amenaza creíble (no deja de sorprenderme que personas cercanas al gobierno defiendan al gobierno alegando que es incapaz).

La primera objeción es notoriamente falsa, como lo demuestra esto. Como bien dice Mauricio Meschoulam, no hay que confundir enfermedad mental con irracionalidad. La segunda crítica también es falaz: hay capacidades limitadas, pero capacidades al fin y al cabo. Bien direccionadas, pueden ofrecer resultados e imponer costos a los grupos criminales (como lo demuestran casos como éste, éste o éste). Podrían por tanto servir de palancas de disuasión. Sin embargo,  para fines del argumento, estoy dispuesto a conceder el punto: las instituciones mexicanas no le dan miedo a nadie.

Bueno y vale. Pero lo mismo no se puede decir de las agencias estadounidenses: esas sí que intimidan (y bastante). En los 27 años desde el asesinato de Enrique Camarena, han pasado por México algunos cientos de agentes de la DEA, operando en condiciones de altísimo riesgo, al filo de un violentísimo submundo criminal ¿Cuántos han muerto de bala? Exactamente cero.

Otras agencias no tienen ese récord perfecto, pero casi: de 2007 a la fecha, en el peor periodo de violencia criminal de la historia reciente del país, han sido asesinados en México tres representantes del gobierno de Estados Unidos (y uno fue por confusión de un imbécil). Tres de varios cientos.

¿Por qué tanto respeto? Por una sencilla razón: los narcos saben que si le tocan un pelo a un agente de Estados Unidos, la respuesta es feroz, inmediata e implacable. Luego del asesinato de Camarena, la DEA se encargó de cazar y apresar a absolutamente todos los involucrados en ese crimen: la venganza tomó una década, pero nadie quedó impune. Luego del ataque en contra del personal del consulado en Ciudad Juárez, fueron detenidos en cuestión de horas más de 200 integrantes del Barrio Azteca. Algo similar sucedió luego del homicidio del agente de ICE, Jaime Zapata: al cabo de unos días, estaban en la cárcel más de 500 integrantes de bandas involucradas en la importación de drogas en Estados Unidos (además de los estúpidos perpetradores del homicidio, capturados por las fuerzas armadas mexicanas).

Esa amenaza sirve de manto protector para un número limitado de personas, pero podría potencialmente extenderse ¿Qué pasaría si el gobierno de Estados Unidos le comunicara a los grupos criminales, por los canales que quieran (públicos o discretos), que ciertos actos cometidos en contra de la población mexicana (por ejemplo, una masacre con ocho y más víctimas como la de Chihuahua) detonaría una respuesta similar a la que habría en caso de un atentado en contra de personal estadounidense? Yo estoy seguro de que los delincuentes se la pensarían dos veces antes de cometer una salvajada, sin que las autoridades mexicanas tuvieran que hacer gran cosa (así que ya no vale la objeción de la debilidad institucional en México)

Impensable, dirán algunos ¿Por qué el gobierno gringo nos habría de hacer ese favor? Por tres razones: 1) la violencia extrema en México no es exactamente la mejor publicidad para su política antinarcóticos, 2) la violencia está siendo usada por los adversarios políticos de Obama para golpear a su administración (vean si no el escándalo sobre Rápido y Furioso), y 3) el gobierno de Estados Unidos podría colgarse una medalla por la reducción de la violencia en México, tal como se la ha colgado en Colombia.

Además, hay un precedente obvio: la ampliación del paraguas nuclear de Estados Unidos a Europa Occidental (y algunos países asiáticos y del Medio Oriente) durante los cuarenta años de la Guerra Fría. La Unión Soviética no invadió a los aliados de Estados Unidos porque no quisiera o no pudiera (siempre tuvo ventaja en fuerzas convencionales), sino porque el liderazgo soviético sabía que un ataque detonaría de inmediato una respuesta nuclear estadounidense.

El arsenal nuclear tenía además la ventaja de ser un instrumento (relativamente) barato: bastaba con la amenaza de su uso para mantener a raya a los rivales (ese es el atractivo de la bomba atómica para Corea del Norte, Irán, Paquistán, India, etc.), sin tener que desplegar amplios contingentes militares.

La “respuesta Camarena” sería el equivalente en el mundo del narco. Estados Unidos no puede frenar el narcotráfico, pero si puede desbaratar a cualquier grupo en lo individual. Y eso lo saben las bandas criminales: por eso, no se cansan de matar policías y militares mexicanos, pero no se atreven a tocarle un pelo a un agente de la DEA.

Tenemos pues a nuestra posible disposición una palanca de eficacia probada para modular el comportamiento de los criminales ¿Qué necesitamos para usarla? Pues pedirla, primero que nada: el Presidente Calderón (o su sucesor o sucesora) podría hacer una petición en ese sentido  al Presidente Obama (o su sucesor). Y podría hacerlo de manera discreta, si  le preocupan las posibles reacciones políticas adversas en cualquiera de los dos países ¿Habría condiciones? Tal vez, pero probablemente no demasiado severas: hay un interés compartido y manifiesto de ambos gobiernos en reducir la violencia en México (o al menos sus formas más brutales) en el menor plazo posible.

Por supuesto, contener con instrumento prestados los instintos homicidas de los delincuentes no elimina la necesidad de construir los propios. Pero si existe la posibilidad de que una advertencia de nuestros presuntos aliados evite más tragedias como la del sábado, ¿no estamos obligados a  explorarla al menos?

P.D.: sí, ya sé lo que me van a decir algunos: algún grupo se haría pasar por otro para lanzar a los gringos en contra de sus rivales. A lo cual yo respondo: a) la DEA y las demás agencias tienen demasiados informantes como para que funcione una jugarreta de ese estilo, y b) se les puede aclarar ex ante a las bandas criminales que cualquier intento de engaño que sea descubierto intensificaría la respuesta.

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