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Plata o Plomo
Por Alejandro Hope
Alejandro Hope es un investigador obsesionado con las drogas, el delito y varios puntos intermedi... Alejandro Hope es un investigador obsesionado con las drogas, el delito y varios puntos intermedios. No es legalizador, pero tampoco prohibicionista. Cree en racionar el castigo, pero no se le ocurre que la inseguridad se arregla nada más con escuelas y hospitales. Cuando no bloguea, dirige el Proyecto MC2 (Menos Crimen, Menos Castigo\\\", iniciativa conjunta en materia de seguridad pública del IMCO y MéxicoEvalúa. Síguelo en @ahope71 (Leer más)
La parábola del sheriff
Por Alejandro Hope
31 de octubre, 2011
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Era un pueblo polvoriento del Lejano Oeste, asolado por bandidos y protegido por un solitario sheriff. Un buen día, un maleante intentó robar la botica del pueblo y acabó matando al dueño. Para su desventura, el sheriff llegó pronto a capturarlo, llevarlo a prisión y someterlo a juicio. Pero el pueblo, exaltado por la muerte del boticario, no tenía tiempo para delicadezas legales. Una horda se formó rapidamente y avanzó hacia la prisión para linchar al bandido. Fiel a su deber, el sheriff salió, pistola en mano, a hacer frente a la turba. Sin embargo, tenía un problema: sólo había una bala en el tambor de su revólver. Peor aún: los lugareños sabían que el sheriff estaba casi desarmado. Pero, casi como milagro, tras oir apenas seis palabras del sheriff, la multitud se detuvo y se dispersó ¿Y qué fue lo que les dijo el representante de la ley? “El primero que avance, se muere”. Nadie quería ser ese primero, nadie avanzó y nadie murió.

Hay en esa historia tres lecciones fundamentales para una política de combate al delito:

  • Si es creíble y está bien comunicada, una amenaza puede ser suficiente para disuadir casi cualquier comportamiento. Con ello, se obvia la necesidad de castigar. Thomas Schelling, Premio Nóbel de Economía en 2005, tiene una cita muy citable sobre este particular: “La amenaza pefecta es la que nunca se tiene que cumplir”.
  • Ningún delincuente quiere ser el blanco prioritario de la autoridad. Si se le comunica de antemano que es lo que tiene que hacer para subirse al primer lugar de las prioridades, es probable que no lo haga. Y con él, todos los demás delincuentes.
  • Hay que sacarle el mayor jugo disuasivo a todas las balas que tengamos, sean pocas o sean muchas.

Como el sheriff de la historia, el gobierno federal tiene pocas balas, pero no está enteramente desarmado. Piensen en algunos casos recientes: la mayoría de los involucrados de la muerte de Juan Francisco Sicilia están tras las rejas. Lo mismo vale para los responsables de las narcofosas de San Fernando o para los asesinos de Jaime Zapata, el agente de ICE muerto en San Luis Potosí. Más aún, cuando ha habido presión sostenida sobre un grupo criminal específico, éste queda despedazado al cabo de unos cuantos meses: de la organización de los Beltrán Leyva, ya sólo queda un cascarón, y lo mismo se puede decir del cártel de Juárez. Cuando se concentran recursos. hay resultados.

El problema es que esa dosis de eficacia, esos recursos, se asignan como en lotería. Le toca al que sea responsable de un acto o de un grupo de actos que generen suficiente atención mediática o involucren a personajes conocidos o sean, por diversos motivos, particularmente ruidosos. Los grupos criminales y los delincuentes en lo individual no saben de antemano cuales van a ser esos actos: pueden matar a 15 y salirse con la suya, y, al día siguiente, matar a cinco y ser objeto de persecución sostenida ¿A que conclusión llegan entonces? A que la persecución es resultado de la mala suerte o de la complicidad de las autoridades con sus rivales, y no de su conducta específica. Es como si el sheriff, en vez de amenazar con matar al primero que se moviera, hubiera advertido que iba a matar a uno aleatoriamente: podría apostar a que la mayoría de los miembros de la turba se la hubieran jugado.

¿Qué pasaría si les aclararamos la confusión? ¿Qué sucedería si el gobierno federal se comprometiera de manera pública, explícita y reiterada a perseguir con particular vigor al primer grupo criminal que, a partir de una fecha determinada, cometiera un acto específico? En la medida en que los grupos criminales no se coordinen, y lo más probable es que no lo hagan (tienen algunos pequeños problemas de confianza mutua), tenderían a no cometer el acto y a esperar a que otro lo cometiera primero. Luego entonces, nadie lo cometería.

¿Cómo funcionaría esto en la práctica? El gobierno federal podría seleccionar (aleatoriamente, aquí si) a un grupo criminal. Durante tres meses, ese grupo sería objeto de una persecución en todos los frentes: se reforzaría la vigilancia en las carreteras y los cruces fronterizos que previsiblemente utilicen para mover drogas, se les cerrarían narcotienditas y giros negros, se les trasladarían presos a reclusorios donde no tuvieran influencia (si son de Tamaulipas, se les manda a Sinaloa y viceversa), se intensificaría la persecución de sus líderes y cuadros medios, etc.

Al cabo de tres meses, ya con un ejemplo en la mano, las autoridades podrían realizar una suerte de road show por las principales prisiones del país, así como en plazas públicas de ciudades con alta presencia de delincuencia organizada (reforzado todo con una campaña de medios). En esos eventos, se podrían mandar los siguientes mensajes:

  • A partir de una fecha específica, no se van a tolerar más homicidios múltiples con ocho y más víctimas (por dar un ejemplo),
  • Todo incidente con esas características va a recibir atención prioritari< de parte de las autoridades
  • El primer grupo que desoiga este mensaje se va a llevar un tratamiento similar al del grupo al que nos acabamos de surtir.

Es probable que, en una primera ronda, haya uno o varios grupos que no hagan caso (es posible que no se la crean). Se procede a tupirle al primero que se pase de listo y a investigar con vigor excepcional los demás casos “proscritos” (sin dejar de investigar, en modalidad estándar, todos los demás). Se repite el road show, ahora con un nuevo caso ejemplar. Después de dos o tres rondas, pueden estar seguros que van a empezar a pensar que la cosa va en serio. No más masacres indiscriminadas. En ese punto, la regla se aprieta y ahora se proscriben los incidentes con seis y más victimas. Se repite el procedimiento. En cada ronda adicional, la credibilidad de la amenaza será mayor y por tanto, se tendrá que cumplir con cada vez menor frecuencia. Después de algunas vueltas, se empiezan a incluir homicidios individuales particularmente brutales o públicos. Misma fórmula, hasta regresar a un equilibrio de baja violencia.

¿Pero no podrían los grupos criminales esconder sus barbaridades o intentar atribuírselas a otros grupos? Tal vez, pero si eso sucede, ya se ganó la partida. Por una parte, significaría que el mensaje está pasando (y que a lo mejor habría que tomar algunas medidas anti-evasión, como castigar peor al que cometa el acto proscrito y luego lo intente esconder). Por la otra, hay un buen pico de violencia que si no es pública, no es: si no se puede presumir un cadáver, para intimidar a rivales o a soplones o a la autoridad, es muy posible que el homicidio no tenga sentido y no ocurra.

Como todo, el éxito de una estrategia de este tipo dependería de la implementación. Pero si se hace medianamente bien, es muy probable que funcione: allí está el caso del Boston Gun Project, replicado luego en decenas de ciudades, como modelo. Recuerden al sheriff: nadie quiere ser el primero en moverse. Y si no funciona, se revisa, se rediseña o de plano se abandona. Lo único imperdonable es esperar a que todo cambie para que algo empiece a mejorar.

Nota al márgen: llevo todo el día en entrevistas radiofónicas, hablando de mi capítulo en este reporte del IMCO. Sólo va una aclaración: nunca dije en el texto que la probabilidad de ser asesinado se había quintuplicado. Dije que se había casi triplicado, lo cual es una afirmación inobjetable, dado el hecho de que la tasa de homicidio pasó de aproximadamente ocho a 22 por 100 mil habitantes. Lo que se quintuplicó fue el número de homicidios presuntamente vinculados a la delincuencia organizada o, como le llaman en Presidencia, fallecimientos por presunta rivalidad delincuencial.

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