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Plata o Plomo
Por Alejandro Hope
Alejandro Hope es un investigador obsesionado con las drogas, el delito y varios puntos intermedi... Alejandro Hope es un investigador obsesionado con las drogas, el delito y varios puntos intermedios. No es legalizador, pero tampoco prohibicionista. Cree en racionar el castigo, pero no se le ocurre que la inseguridad se arregla nada más con escuelas y hospitales. Cuando no bloguea, dirige el Proyecto MC2 (Menos Crimen, Menos Castigo\\\", iniciativa conjunta en materia de seguridad pública del IMCO y MéxicoEvalúa. Síguelo en @ahope71 (Leer más)
Los cárteles no hablan inglés
Por Alejandro Hope
23 de diciembre, 2011
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Otis Rich era un malandrín de poca monta, avecindado en la ciudad de Baltimore, en Estados Unidos. En 2009, fue detenido por distribuir cocaína que le compró a un mayorista en la misma ciudad, el cual era abastecido por un importador en Arizona que era a su vez cliente del cártel de Sinaloa. Nada raro en esa secuencia.

La historia se volvió interesante cuando el Departamento de Justicia y la DEA empaquetaron ese caso en la llamada Operación Xcellerator, una redada amplia dirigida en contra de supuestas redes de distribución del cártel de Sinaloa en Estados Unidos. En palabras de la directora de la DEA, Michele Leonhart, durante la conferencia de prensa donde se dieron a conocer los resultados de la operación, Xcellerator fue “un golpe demoledor al cártel de Sinaloa” al desmantelar “70 células de distribución en comunidades de 26 estados, del estado de Washington a Maine” y lograr la detención de “750 narcotraficantes.”

Al escuchar la noticia, un par de reporteros de AP se dieron a la tarea de rastrear los casos y dieron con el joven Otis. Al preguntarle por su conexión con el cártel de Sinaloa, respondió “¿Sina-who? I don’t know any of them guys” (¿Sina-quién? No conozco a ninguno de esos tipos). Dicho de otra manera, el individuo no había siquiera oído hablar de la organización criminal a la que supuestamente pertenecía.

La historia de Otis Rich es importante porque rasga el velo de una patraña descarada de las agencias antinarcóticos estadounidense: a la sazón, la idea de que las organizaciones criminales mexicanas tienen “presencia” en centenares de ciudades de Estados Unidos y controlan la distribución de drogas al norte de la frontera.

Esa mentira es de uso recurrente entre las agencias policiales y de procuración de justicia de todos los niveles de gobierno, así como entre políticos de muy diverso signo ideológico en el país vecino. Van algunos ejemplos:

  • En la Evaluación Nacional de Amenazas de Drogas 2009 (National Drug Threat Assessment 2009), el Centro Nacional de Inteligencia sobre Drogas (NDIC por sus siglas en inglés) aseguró que las organizaciones mexicanas del narcotráfico “mantienen redes de distribución de drogas en al menos 230 ciudades de Estados Unidos” y “controlan la distribución de droga en la mayoría de las ciudades estadounidenses.”
  • En octubre de 2009, el Departamento de Justicia anunció la detención de “3o3 presuntos miembros y asociados de La Familia Michoacana en 19 estados”, como parte del denominado Proyecto Coronado.
  • En junio de 2010, el Departamento de Justicia anunció, como parte de los resultados del Proyecto Deliverance, la detención de 2200 individuos, pertencientes a “redes de facilitadores y células de transporte controladas por las principales organizaciones mexicanas del narcotráfico”.
  • En una declaración a medios en 2011, Gil Kerlikowske, director de la Oficina Nacional de Política de Control de Drogas (el “zar anti-drogas”) señaló que “los cárteles mexicanos del narcotráfico están presentes en más de 200 ciudades en Estados Unidos”.
  • En mayo de 2011, Michael McCaul, representante (diputado) republicano por un distrito del estado de Texas afirmó que “más de 450 miembros de los cárteles han sido detenidos en todo el país”.

Esa es la línea oficial, pero lo interesante viene cuando los funcionarios dejan el cargo o cuando no los miran los reflectores de los medios. Consideren, por ejemplo, estas afirmaciones recientes de Tony Coulson, funcionario retirado de la DEA y ex-titular de la oficina regional de esa agencia en Tucson, Arizona (algo ha de saber sobre el tema):  “Una persona puede vender droga de los cárteles, pero eso no lo convierte necesariamente en miembro de los cárteles. Habitualmente, los miembros de los cárteles están en México, no aquí”. Asimismo, añadió que presentar la detención de distribuidores medianos y pequeños como un golpe a un cártel de la droga era “empaquetamiento de la DEA”. Y remató cuestionando la supuesta presencia de los cárteles en 200 a 300 ciudades de Estados Unidos: “Otra manera de describir a esas personas sería como clientes de los cárteles”.

Consideren igualmente la acusación presentada en 2009 por el Departamento de Justicia en un tribunal federal de Chicago en contra del Chapo Guzmán, el Mayo Zambada y otros narcotraficantes mexicanos, así como contra Pedro y Margarito Flores (entre otros), presuntos importadores de cocaína. Cito a la letra (traducción mía):

Fue igualmente parte de la conspiración que los inculpados Pedro Flores y Margarito Flores eran clientes de la facción Guzmán Loera y de la facción Zambada García , así como del cártel de Beltrán Leyva, que adquirieron y distribuyeron toneladas de cocaína, usualmente en envíos de cientos de kilogramos cada uno, y recibieron simultáneamente de ambas facciones envíos de varios kilos de heroína, en Chicago, Illinois y otras localidades.

Fue igualmente parte de la conspiración que diversos miembros de la banda de los Flores fueron responsables de a) desembarcar los envíos de narcóticos, b) transportar los narcóticos a diversos lugares de almacenamiento, c) dividir los narcóticos en paquetes más pequeños para su distribución a clientes de la banda de los Flores, y d) entregar los narcóticos a clientes de la banda de los Flores.

La banda de los Flores vendió la heroína y la cocaína a clientes mayoristas en la zona metropolitana de Chicago, así como a clientes en las zonas metropolitanas de Detroit, Michigan; Cincinatti, Ohio; Nueva York, Nueva York; Filadelfia, Pensilvania; Vancouver, Columbia Británica; y otras localidades. A su vez, los clientes mayoristas en esas ciudades distribuyeron la cocaína y la heroína a otras regiones, incluyendo Milwaukee, Wisconsin.

¿De que acusan entonces a los hermanos Flores, líderes de una banda ubicada en Chicago? ¿De pertenecer al cártel de Sinaloa? No, de comprar toneladas heroína y cocaína a una organización mexicana para luego revenderla al mayoreo a sus propios clientes ¿De dónde sale entonces que las organizaciones mexicanas “controlan la distribución de drogas en la mayoría de las ciudades estadounidenses”?

Tal vez esto les parezca demasiado anecdótico a algunos. Afortunadamente, existe información más sistemática: en 2004, se levantó una amplia encuesta entre reclusos de penitenciarías federales y estatales en Estados Unidos. En una serie de artículos recientes, dos académicos (Jonathan Caulkins y Eric Sevigny) sistematizaron la información de esa encuesta para determinar el perfil de las personas encarceladas por delitos relacionados con drogas ilegales. En uno de esos artículos, dividieron a los reclusos en cuatro grupos poblacionales: mexicanos, méxico-americanos, estadounidenses sin ascendencia mexicana y extranjeros de otras nacionalidades. Asimismo, organizaron la información autoreportada sobre roles en el tráfico de drogas (lo que los reclusos dijeron que hacían). Cruzaron ambas variables y obtuvieron los resultados que se presentan en la siguiente gráfica:

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Si los cárteles mexicanos fueran dominantes en la distribución de drogas en Estados Unidos (y según el NDIC, ya lo eran en 2004), previsiblemente los presos de origen mexicano estarían sobrerrepresentados en las categorías más directamente vinculadas al comercio interno (mayorista y menudista). Pero, como se observa en la gráfica, la proporción de reos mexicanos y mexico-americanos en esos roles es similar a la proporción de la población de origen mexicano en Estados Unidos (10%, aproximadamente). La única categoria donde hay una clara sobrerrepresentación es entre los importadores, es decir, donde hay un vínculo más directo con el contrabando de drogas. Pero aún allí, vale la pena destacar que 1) la gran mayoría de los reos no es de origen mexicano y 2) los mexico-americanos juegan un rol más importante que los mexicanos, lo cual refuerza la idea de que las pandillas méxico-americanas (por ejemplo, la célebre Mexican Mafia) participan de manera destacada en llevar las drogas al mercado de Estados Unidos.

Es posible que la distribución de roles haya cambiado algo desde 2004, pero me sorprendería mucho una transformación radical. De hecho, en un reporte reciente (National Gang Threat Assessment 2011), el FBI destacó el rol de las pandillas de diversos grupos étnicos  basadas en Estados Unidos (y no de los cárteles mexicanos) en la distribución interna de drogas.

En resumen, existe evidencia abrumadora de que la “presencia” de los cárteles  en el mercado estadounidense es similar a la que tienen los productores mexicanos de aguacate, autopartes o televisiones: son los proveedores de importadores basados en Estados Unidos que suministran el producto a una serie de mayoristas, que a su vez se encargan de llevarlo al mercado detallista en centenares de ciudades.

Ese hecho tiene una implicación de primer orden: si las organizaciones criminales mexicanas no participan de manera destacada en la distribución de drogas en Estados Unidos, sus ingresos por narcotráfico se limitan en lo fundamental a lo que obtengan por exportar la mercancía ¿Y cuanto es eso? De acuerdo con el mejor estudio en la materia, publicado en 2010 por la RAND Corporation, entre cinco y ocho mil millones de dólares, con una mejor estimación de 6.6 miles de millones de dólares. Es decir, sus ingresos brutos por tráfico de drogas son de tres a seis veces menos de lo que habitualmente se les atribuye (y a eso hay que descontarle lo que tengan que pagar por los narcóticos que exportan).

Y entonces, ¿qué sentido tiene para las agencias estadounidenses magnificar el tamaño, alcance y capacidades de las organizaciones criminales mexicanas? Uno muy sencillo: obtener más presupuesto y más atribuciones (Peter Andreas ha escrito extensamente sobre este tema). Es más fácil convencer a la opinión pública y a los políticos de la gravedad del problema si se presenta como una invasión de malignos y enormes grupos extranjeros y no como una red de distribución con una multiplicidad de actores, locales en su mayoría. La complejidad y los matices no sirven para la comunicación política.

En ese sentido, la propaganda de la DEA es racional. Lo que es irracional es que en México se las compremos y discutamos nuestra política de seguridad asumiendo, erróneamente, que estamos combatiendo a organizaciones de una sofisticación intergaláctica, con tentáculos que llegan hasta el último rincón de la Tierra.Las fantasías son buenas para dar la nota, no para elaborar alternativas de política pública.

Entonces, la próxima vez que escuchen que las autoridades estadounidenses detuvieron al norte de la frontera a sabrá cuantos cientos de integrantes del cártel de Sinaloa o de los Zetas o de los Templarios, acuérdense de Otis Rich y emitan una carcajada sonora.

PD: como en muchos otros temas, Patrick Corcoran trató este asunto antes que nadie. Les recomiendo ampliamente sus muy buenas notas sobre el particular (aquí y aquí).

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