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Plata o Plomo
Por Alejandro Hope
Alejandro Hope es un investigador obsesionado con las drogas, el delito y varios puntos intermedi... Alejandro Hope es un investigador obsesionado con las drogas, el delito y varios puntos intermedios. No es legalizador, pero tampoco prohibicionista. Cree en racionar el castigo, pero no se le ocurre que la inseguridad se arregla nada más con escuelas y hospitales. Cuando no bloguea, dirige el Proyecto MC2 (Menos Crimen, Menos Castigo\\\", iniciativa conjunta en materia de seguridad pública del IMCO y MéxicoEvalúa. Síguelo en @ahope71 (Leer más)
No traigo cash (ni quiero traer)
Por Alejandro Hope
3 de abril, 2012
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México 2030: sales de tu casa un poco apurado, sin nada en el bolso más que tu teléfono celular (las llaves son una reliquia: la puerta de tu casa se abre con tu voz). Caminas al metro y accedes con sólo acercar tu teléfono a un dispositivo y tu rostro a una cámara: los boletos y las tarjetas dejaron de existir hace más de un década. En el tren, te sientes perfactamente seguro: no hay nadie que robe porque no hay nada que robar. Como tú, nadie porta efectivo: el dinero no es más que bits en la nube a los que se accede mediante el teléfono ¿Pero no podrían robarte el celular? No tendría mucho sentido: para usarlo, se requiere identificación biométrica, ya sea la voz, el iris, la huella dactilar o el reconocimiento facial. Lo compruebas al entrar a comprar un café: el sistema te pide que des tu nombre para validar la operación.

Bueno, algún ladrón podría intentar robar un reloj o una joya ¿no? Sí, claro, pero ¿a quien se lo vendería? Por definición, todas las transacciones dejan rastro y no hay por tanto mucho mercado para mercancías robadas (además, en una de esas, el reloj o la joya traen GPS integrado).

En tu camino, ya ni notas la ausencia de ambulantes, salvo uno que otro vendedor de curiosidades para turistas, certificado y armado, por supuesto, con su terminal de punto de venta. Recuerdas que el comercio informal se extinguió cuando desapareció el efectivo: ahora sus transacciones dejaban huella y ya no se podía evadir al fisco tan fácilmente. Sabes de uno que otro tipo que vende droga a algunos de tus amigos, pero con entrega a domicilio, tras transferencia electrónica: nadie se atreve ya a vender en la calle, ahora que se requiere una terminal. Y las transacciones más grandotas se volvieron más complicadas: ¿que narco quiere dar la alarma a las autoridades cada vez que vende o compra algunos kilos de cocaína? El narcotráfico se pulverizó una vez que. para llegar al capo, bastaba con rastrear una cuantas transacciones, algo que, desde hace varios años, no tarda más que un par de segundos.

Y el secuestro extorsivo dejó de existir ¿Cómo cobrar un rescate y guardar el anonimato si todo el dinero es electrónico? Tal vez se podría pagar con algún activo físico, pero, bueno, al momento de monetizarlo, allí estaría la huella (y eso sin incluir la posibilidad de que lo geolocalicen). Lo mismo ocurrió con la extorsión: ni modo de cobrar piso cuando el rastreo del dinero se hace en segundos. Además, los policías, los fiscales y los jueces tuvieron que volverse más honestos a la fuerza: eso de cobrar mordidas se volvió circo de tres pistas desde que dejaron de haber transacciones monetarias invisibles.

¿Pero no ha habido algunos tipos que han intentado proveer un sustituto del efectivo, una suerte de vales impresos intercambiables por mercancía? Sí, pero muy pocos comercios los aceptan y los que lo hacen tienen que cobrar un importante sobreprecio, porque al intentar monetizarlos les cobran un tremendo impuesto.

Eso sí, al llegar a tu oficina y revisar los medios (todos electrónicos, por cierto), te encuentras con toneladas de noticias sobre hackers y robos de identidad en línea y fraudes para desvalijar a la gente de sus activos virtuales. El combate entre policías y ladrones se mudó al ciberespacio: allí está el dinero, al fin y al cabo. No hay menos delito que antes, pero sí hay menos violencia: en el nuevo entorno, vale mucho más un programador malicioso que un sicario brutal. Y en la policía se enseña más a usar el teclado que el gatillo: los nuevos policías son actuarios, ingenieros en sistemas y analistas financieros. Pueden hacer suficiente minería de datos para saber con casi absoluta precisión donde se cometerá el siguiente delito físico (de los que ya casi no hay), pero tienen que estar en cacería constante para descubrir la más novedosa triquiñuela de los hackers.

¿Todo esto les suena a ciencia ficción? Pues que no les suene tanto: toda la tecnología requerida para un futuro sin efectivo ya existe. Las transacciones electrónicas están creciendo a gran ritmo en todo el mundo, lo mismo en países hiperdesarrollados como Suecia que en países de bajo ingreso como Kenia (donde catorce millones de personas están suscritas a un sistema ejemplar de pagos por celular llamado M-pesa). Google ya cuenta con una billetera electrónica y Facebook ha lanzado un sistema de pagos que facilmente pude extenderse del mundo virtual al físico. La identificación biométrica ya está aquí: Siri, el sistema de reconocimiento de voz del iPhone 4, no es más que el preludio a un futuro donde interactuaremos con cientos de maquinas por la vía de la voz.

Eliminar el efectivo depende ya sólo de la decisión de hacerlo. Se requiere, por supuesto, de un periodo de transición, para transformar la legislación relevante, robustecer la infraestructura de telecomunicaciones y equipar a la población del instrumental para comerciar sin monedas ni billetes. Es necesario también convencer o compensar a todos lo actores que se benefician del uso del efectivo (empezando por los bancos centrales, los cuales obtienen un ingreso no trivial por la vía de señoreaje). Pero nada de eso es restricción suficiente para impedir una transición relativamente rápida (¿15 años?).

Pero, ¿en verdad queremos un mundo sin efectivo? ¿No sería un mundo sin privacidad, sin los márgenes de libertad que dan los pagos anónimos? El riesgo existe, sin duda, pero se puede mitigar con barreras legales y regulatorias al uso de datos personales. Y sí, también sería un mundo con mucho ciberdelito. Pero, con todos los riesgos, es mejor ser birlado a control remoto que asaltado a punta de pistola : lo primero irrita y daña el patrimonio (aunque se puede compensar), lo segundo potencialemente mata o hiere o deja lisiado o, como mínimo, produce efectos traúmaticos de larga duración (nota: yo he sufrido ambos tipos de robos, así que hablo del impacto relativo con pleno conocimiento de causa).

Así pues, si algún candidato presidencial quiere ponerse revolucionario y proponer algo que transforme radicalmente el entorno de seguridad, podría convocar a una cruzada nacional contra el efectivo que empiece restringiendo las grandes compras con cash, pero que culmine con un apagón total de billetes y monedas en quince años (idealmente en coordinación con Estados Unidos). De cualquier modo, hacia allá va el planeta: la duda no es si vamos a llegar a una economía sin efectivo, sino cuando. Y no sé ustedes, pero yo francamente prefiero llegar pronto que tarde a un mundo donde pueda salir de mi casa sin nada más que el celular y con la total certeza de que nadie va a amenazar mi vida con tal de quedarse con parte de mi patrimonio.

PD: si les interesa el tema, este libro es una magnifica fuente de información sobre el tránsito hacia el mundo sin efectivo.

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